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   Colaboraciones exclusivas

Discusiones sobre psicoanálisis, cultura y realidad [Primera parte]
  Diálogos polémicos con un amigo
   
  Por Germán Gárgano
   
 
El siguiente texto es producto de un diálogo polémico sostenido verbalmente y por escrito con León Rozichtner a propósito de sus posiciones –radical y virulentamente contrarias- con respecto a Lacan y al lacanismo en general. La forma en que está expuesto es la de una carta tal como le fue enviada, con ciertos ajustes necesarios a los efectos de su publicación. Para una mayor referencia respecto de sus posiciones, abundan en distintas publicaciones suyas, y con respecto a la que originó este debate, su texto pronunciado en la EOL, a propósito del centenario de nacimiento de Freud, puede encontrarse en el siguiente site:http://www.topia.com.ar/articulos/edipos

A manera de introducción.

La cuestión a discutir no es que la determinación cultural sea o no negada (en ningún momento de mis cuestionamientos a tu pensamiento ha sido negada) sino que parecería que sólo la occidental y cristiana es vapuleada, mientras permanece impoluta la judía. Lo malo de un lado y lo bueno del otro, es la disociación que me parece perjudica todo análisis.

Por tener una distancia más que suficiente con respecto a “mi” tradición cultural, puedo coincidir con vos en su cuestionamiento. Lo inaceptable para mí es que pareciera que la judaica no merece más que aplausos, o al menos la suponés mejor, de hecho una (judía) sería neurótica vs. la otra (cristiana), psicótica. Y en esa corredera sitúas también el origen judaico (Freud) del psicoanálisis vs. su lectura e interpretación cristiana-católica (Lacan). En síntesis: no creo que una cultura sea mejor que otra; sí, que toda tradición cultural debe ser analizada en lo que promueve de vida y en lo que conlleva de muerte.

Decís que me ofusco como cristiano. Quizás vos quisieras que así fuera. Me ofusco sí por la radicalidad de un “materialismo” que pareciera exclusivamente judío (y que sigo denominando sin ironías: mater-idealismo), versus un “espiritualismo” exclusivamente cristiano. Y por extensión, esto te hace suponer que distorsionadas por “nuestra propia cultura actual” y por el “cristiano” Lacan, las posiciones frente al capitalismo quedan irremediablemente perdidas.

Reaccioné, y fuertemente, ante una lectura distorsionada de tu parte, y tu suposición de que, al menos respecto de nuestra cultura, en lo judaico está lo mejor (Marx y Freud incluso con reparos, y Rozichtner, que aún marcado por nuestra cultura cristiana encuentra a fondo la pureza judaica), y te hablé sí de racismo inverso.

Entra también en el debate la discontinuidad y el corte versus ese continuo-discontinuo que planteás. Corte que al situarse en el significante como castración fundante, según tu lectura, evita “cobardemente” conectarse con el continuo de un fuego materno (que Freud y tu cultura judaica –así como otras culturas ab-orígenes-, mantendrían siempre vivo). Cobardía que llevaría al lacaniano a “implorar” una castración normativizante que identificás con el Verbo cristiano que fractura al sujeto en mente-cuerpo. Es justamente en lo que discrepamos, o al menos yo discrepo con vos. Y a que “esto tiene consecuencias en la teoría”, agrego: no sólo en la teoría sino en nuestro obrar de todos los días.

Y por supuesto que puedo pensar que alguien, en este caso León Rozichtner, siga interpretando, leyendo, lo que dejaron abierto (como en toda verdadera producción) un Marx, un Freud, y por qué no un no-judío Lacan. ¿O será que sólo los judíos producen teorías abiertas? ¿No pesará como exceso en tu tradición judía, ser “el pueblo elegido por Dios”? ¿No habría ahí un punto ciego?

Si bien el Edipo freudiano difiere del lacaniano (cuestión que nunca discutí), lo que es absolutamente incuestionable para ambos, Freud y Lacan, es que el infans nace prematuro y que sólo por acción de un semejante ser hablante y deseante (aunque esta palabra pueda ser aplastada por algunos), se realizará con buena suerte ese “fiat” no divino que hace de la carne-naturaleza, un cuerpo erógeno, como primer acontecimiento fundante, corte que nada tiene de metafísico.

No puedo sentir simpatía alguna en lo que me parece entender de tus búsquedas, cuando irremediablemente terminan configurándose en el registro de una cultura contra otra.

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I.

Avance primero sobre determinación cultural y castración.


Tu concepción que cuestiona la “indebida universalización que hace Freud del Edipo”, sin embargo parte de un universal afirmativo: la simbiosis materna, como propia de lo humano y más allá de la diversidad cultural que tanto reivindicás como origen del inconsciente. Lo que uno pone en la Cosa freudiana, lo situás por un lado en los afectos (de fuente materna) y por otro, en un inconsciente determinado culturalmente. La Cosa así sustancializada y no escondida. El mito de lo no escondido, del “judío práctico” -son tus términos- de la verdad práctica. El camino terapéutico iría así, encaminado a trabajar esa conformación en lo que ha tenido de coercitiva y enfermante por lo que esa cultura promueve de la relación materna.

La materialidad histórica así entendida y que no comparto, concibe que el prematuro de la sociedad judaica, por ejemplo, se constituye como sujeto, a partir de un inconsciente singular pero judaica su constitución a partir de la peculiar relación materna que esa cultura promueve. O, el que habita la sociedad griega, tendrá un inconsciente –groseramente hablando- griego, etc.

Esta concepción en principio ignora algo que sucede en todo ser humano independientemente de la cultura que habite. Desconoce el hecho de que lo que Freud denomina identificación primera (a padre y madre juntos dice él) abre un espacio. Ese espacio no es una elucubración lacano-cristiana sino que lo encontramos ya mismo en la discriminación que Freud realiza cuando dice que esa identificación primera, se realice “simultáneamente o después”, no es lo mismo que la catectización libidinal al objeto (‘madre’, dice Freud).

Al margen y para tener en cuenta, a mi entender Freud dice aquí algo muy significativo: “es muy difícil construir una representación metapsicológica concreta de la diferencia (entre identificación y elección de objeto) aunque es fácil expresarlo en una fórmula (ser y tener)”. Metapsicología de la diferencia, que en cambio y rápidamente, tu concepción soluciona con el afecto y el continuum. Apostrofás de metafísico si se la plantea en el origen, y como ideología y mito cristiano. Y esto es lo que yo acuso de ideologismo.

Ese espacio es abierto en tanto el humano viene preparado y abierto a lo que denominamos lenguaje (cultura), vaya a saber por qué don de la naturaleza humana, complejización neurobiológica, etc., y es donde Lacan ubica, sí, desde el vamos, la significante función fálica, que vos plantearías recién como posterior a un decurso, que culminaría en el Edipo.

II.

La cuestión de la Universalidad.

La diferencia entre la lógica todista aristotélica y la lógica del no-todo en Lacan permiten pensar de manera muy diferente el universal que surge de una u otra. La universalización del edipo que cuestionas en Freud, no es fenomenológica. No parte del ‘todos somos castrados’.

Desde ya, si tu respuesta es que se trata de logicizar al sujeto y de una lógica cristiana, habrás elaborado un pensamiento y una lectura tal, que todo te cierra desde el vamos. El pensamiento matemático y lógico, como disciplinas, no escapan a la determinación histórica, al modo cultural de producción, pero no por ello dejan de darnos respuestas válidas con respecto al sujeto, más allá de la cultura que habiten. Por eso es que podemos resignificar con validez lo que han escrito, pensado y hecho los hombres de otras épocas. Por el contrario, esta categoría, modo cultural de producción, debiéramos cuestionarla si por ello se entiende una especie de máquina que produce sujetos, ciencia, matemáticas, lógicas, sólo válidos para ese modo cultural de producción. Hay un resto, hay puntos que si bien producidos en los sistemas económicos-culturales, los exceden y nos dan a ver y permiten escuchar, cuestiones que tocan a lo humano a través de todos los tiempos.

Veamos entonces. Lo que vos entendés como error de Freud en universalizar el Edipo, es un “error” si lo vemos desde la lógica aristotélica. Tanto los que lo suponen errado como muchos de los que lo suponen cierto siguen discutiendo aún desde la lógica del todo. No se trata de pensar la universalidad fundada en un supuesto observable empírico, (todo hombre es mortal o todo hombre es castrado, o todo hombre es materno, que es tu universal) ya que cualquiera podría contradecirlo o dejarlo en veremos (quizás aparezca uno que no murió nunca, quizás aparezca la joya del arte, quizás alumbre la mejor sociedad).

Freud, en cambio y radicalmente en cambio, parte de una excepción, del “hay al menos uno, no castrado”.

Y no se trata de cualquier excepción, no se trata de que hay al menos una gallina con dientes, ni siquiera del ‘hay al menos uno, inmortal’. En el inconsciente no se trata de la muerte, dijo Freud, sino de la castración, inaugurada así por el mito del protopadre.

Justamente no se trata entonces de ningún ser-para-la-muerte heiddegeriano que, poniéndolo en relación con la muerte del padre freudiana (y donde según vos y arbitrariamente, sitúa mortíferamente Lacan a la mujer-madre) haría así, un planteo obsesivo de lo fundante, sino que la castración muestra su fundamento histérico, la cuestión del otro sexo. De la filosofía –ya sea de vida o de muerte- al psicoanálisis (que entonces y por esto, tampoco es pan-sexualismo, como advirtiera Freud).

Freud entonces, no parte del universo de oposiciones en general (día noche, claro oscuro, castrado no castrado, etc., etc.) sino de aquel no castrado mítico cuya muerte inaugura la diferencia, radical, entre el padre del goce absoluto y los hijos que matan lo absoluto y se abren al deseo y a la sexualidad.

Muerte y sexo. De ambas cuestiones nada se sabe. Y aquí también queda en evidencia la cuestión del corte que tanto negás. Negás el corte desde una postura filosófica, muy lícita desde ya, pero la evidencia clínica, no ya de concepción del mundo y de cómo leamos la cuestión, nos pone ante una objetivación que me parece irrefutable. El corte ahí se pone palmariamente “a la vista”: nada podemos saber del sexo. Nada podemos saber de la muerte. Claro lugar de imposibilidad señalado desde Freud. ¿Hay corte o no hay corte?

Porque no se puede saber del sexo y de la muerte, es por lo cual, a partir de ahí, podemos establecer el universo de oposiciones, y podemos hablar de la vida y de la muerte, de la noche y del día, del hombre y de la mujer, de la naturaleza y la cultura, y también para aguijonear un poco más tu planteo, de judíos y cristianos.

Este corte es el que opera en todo modo de producción cultural. No hay producción cultural que no trabaje a partir de ahí: nuestro malestar, que Freud no planteaba como pre-histórico abrigando esperanzas de que el hombre entrara en el bienestar de la Historia. Su respuesta a B. Shaw -“No pienso que (la) prolongación de la vida tuviese la menor ventaja, a menos que se modificaran radicalmente muchas condiciones de la vida” (la errada traducción “condiciones del porvenir”, obviamente modifica totalmente el sentido), muestra una vez más, las cuestiones radicales que preocupan a Freud como persistentes en el tiempo.

Este corte no es metafísico, muy por el contrario, da origen a la metafísica, a la religión, y a las distintas formas que ha tenido y tiene la humanidad, por la angustia que conlleva, de elaborarlo fallidamente, sintomalmente. Las guerras, los Amos, son la solución fallida, desesperada ante la pulsión de muerte. Esto es lo que Freud plantea. Solución fallida de intentar terminar con la muerte, lo que habitualmente se habla como ‘la paz de los cementerios’, una solución transaccional: seguir con vida a costa de estar muertos, pegados, codificados. La muerte en vida. No se trata entonces de “implorar la castración”, sino desde dónde se motoriza la pulsión de vida, y si te gusta más, el salvataje materno sí, cuando esa madre no es la madre cocodrilera que angustia, porque no me salva de nada cuando ella hace pendant con la pulsión de muerte.

Cuando Spitz nos habla de la angustia de los 8 meses ante la aparición de un rostro que no es el de la madre ¡Por supuesto!! Pero no se trata de una amenaza de castración normativizante en el sentido de una beatífica adaptación cultural, que luego según tu irónico parecer, el psicoanalista lacaniano “implora” que sus pacientes acepten. Si para Lacan la angustia de castración es angustia ante la falta de la falta, es porque se angustia del probable “cierre mortífero” en ciernes, porque claro –y como creo que vos bien dirías- no ve a la madre, que es la que lo salvó hasta ese momento con su amor, del “no ser para alguien”; lo salvó de retrotraerlo, vía pulsión de muerte, al estado de naturaleza. Y Antígona, querido León, es por eso que reacciona cuando el cuerpo de su hermano queda insepulto como un animal. Tu lectura de que Lacan la identifica, y con ello identifica a la mujer y a la madre con lo mortífero, no puede ser más forzada. Antígona es pulsión de vida porque aún con su muerte preserva lo humano, y Creonte pulsión de muerte por querer matar la muerte, como Hitler que quería matarlos como a “piojos”. Quizás esto que reclamás para empezar a reconocer a Lacan –“mostrame dónde la madre en Lacan cumple un papel vital”- podés empezar a visualizarlo aunque creo que de todas maneras vas a seguir “oliendo a podrido”. Pero al menos, si hay honestidad intelectual, podrás ver que no se trata de gongorinas retóricas que no se saben qué dicen.

Siempre estamos expuestos a desaparecer como sujetos, en la cultura a la que prematuramente advenimos y en la que nos alienamos a partir de que el deseo de la madre-padre es luego para el niño, “qué me quiere”, qué quiere de mí (quiere que este llanto sea de hambre, quiere que este llanto sea de amor, quiere que este llanto sea de miedo, porque es el otro el que organiza mis estertores prematuros que yo no sé que son, porque no sé nada de mi psiquismo en ciernes. Este es el corte inaugural: no sé nada de que no he sido sujeto para nadie -el “(ello) no sabía que estaba muerto” del sueño de angustia del padre así también ardiendo. Éste es el no saber que sé. No son lindos juegos retóricos intelectuales. Este es el no saber sabido. En ese lugar “sabido” pero del que no sé, se instauran los primeros rudimentos de articular lo inexplicable, en primer lugar inconscientemente.

El sentido de lo sentido
. Lo sentido por el niño es sentido bajo las formas del lenguaje. Así eligió Freud escuchar el decir de los pacientes. El niño al dar a su llanto el sentido que le viene del semejante lo connotará placentera o displacenteramente configurando las primeras rudimentarias marcas inconscientes. No se trata de que los padres le hablan literalmente al niño. Bien podrían ser
mudos. Aquí es donde Freud dice por ejemplo que esos sentidos se rigen por las mismas leyes del lenguaje. La lengua materna porta “sentidos sentidos” que no enchufan palabras vanas en el niño sino esas marcas que van erotizando su cuerpo por aquí o por allá, y que se irán articulando como dice Freud por condensaciones y desplazamientos para que hablando podamos saber de ellas gracias al psicoanálisis; saber desde dónde nuestro cuerpo habla con placer o displacer. Es lo radical e inconscientemente sentido, cuyas transcripciones Freud, desde su experiencia clínica, eligió escuchar desde el decir de los pacientes. Se trata de ese punto de inexistencia subjetiva que ya en el mito de Edipo, ya en el del protopadre, nos plantea un lugar de exclusión.

***********

Lo que desde lo fenomenológico aparece al final, (“veo” que todos mueren ¿acaso no habrá uno (en definitiva, yo) que no?) en realidad está al comienzo, como radicalmente inconsciente. A ese inmortal, yo le tuve que dar muerte para poder existir en tanto mortal, para que lo mortal tuviera existencia en mí. A un inmortal maté, para que cobrara vida la muerte. O de otra manera: la muerte existe porque yo la inauguré. La muerte no existe per se, no me viene dada por ser sujeto de la conciencia, ni por un observable, sino que el punto de partida es: yo maté; en tanto humano, maté la inmortalidad. Que la muerte entonces no es biológica, que la muerte es cultural, es algo radicalmente distinto si se lo dice desde la antropología cultural, desde la sociología, desde la filosofía, que si se lo dice desde el psicoanálisis. Freud y el psicoanálisis no necesitaron de la existencia antropológica de los restos funerarios, ni de la razón filosófica, sino de la existencia inconsciente del asesinato del padre terrible, a partir de la clínica. Este es el punto de donde parte Freud, su singular materialidad. La muerte existe porque matamos, no porque morimos. El inmortal, excluido, es el punto de partida. No el ‘todos mortales’, sino el todo-poder, necesario de matar.

Qué paradójico que Aristóteles recurra justamente a un Sócrates, que se dio muerte a si mismo, como paradigma, a partir de un supuesto observable (todos somos mortales). Casi pareciera que Aristóteles, haya querido biologizar a Sócrates, haya querido incluirlo en la serie de los mortales, y así borrarlo como sujeto de su muerte. La muerte para Aristóteles y su lógica todista, excluye al sujeto: “¡-Sócrates no es un sujeto, es un mortal!”, es así, un caso particular del universal. Justamente la lógica que sostiene el pensamiento de Freud y de Lacan, incluye al sujeto al introducir su singularidad.

La universalidad aristotélica del edipo, y su contraria, la negación de dicha universalidad, siguen dirimiendo al sujeto como objeto de estudio; no parten de su ser hablante en sí mismo, siguen viéndolo desde arriba, desde el saber asentado en el universal. Que no hay metalenguaje con respecto al hombre y su padecimiento, de eso se trata. Lo contrario de lo que hace la lingüística, que estudia la lengua como el geólogo estudia la piedra. No se trata entonces de incluir al sujeto en el estudio de las piedras, a partir meramente de incluir su punto de observación, su punto de vista ideológico, cultural o científico. Lo que en determinados campos de estudio es muy necesario y vino a cuestionar los criterios de objetividad, hoy antiguos hasta en las ciencias llamadas duras, para el psicoanálisis aún no se trata del sujeto del inconciente, sino de un sujeto que por fuera, como un observador, hace del saber un todo. ¡Esto Freud lo señala muy bien (“nuestro inconsciente”) ya al final de la Interpretación de los Sueños (1900)!

************

Lo que planteó Freud con su protopadre, con su mito científico, ¿acaso no es una dehiscencia inaugural, previa a toda armonía, discordancia que porta la violencia, y la culpa y la violencia superyoica? ¿Es acaso pensable como mito cristiano que ignora la supuestamente genuina determinación histórica y social judaica del continuum materno?

Estas cuestiones, como tantas otras, me extraña que no puedas observarlas como un enriquecimiento del pensamiento aunque tengas tus objeciones. Acá no es el punto de acordar o no, si no de tu apostrofamiento ideológico de que todo esto abreva en el cristianismo de un Lacan o del que fuere. O bien que ridiculices, diciendo que la apelación a la lógica en Lacan es dejar al sujeto afuera, cayendo en un simplismo que me cuesta comprender en vos. Caés en lo que dicen algunos cortos de entendederas: ¡Lacan pone la matemática, quiere hacer del hombre una ecuación, una fórmula lógica, se olvida del afecto, del sentimiento, verdadero cuerpo del hombre! Lo cual no es otra cosa que golpes de efecto, golpes bajos cuando no hay deseo real de leerlo.

ESTE TRABAJO CONTINUA
 
 
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