UNO. La iconografía suele ser el espacio ciego en que deslizan los relatos perdurables, hechos de reiteraciones cuidadas y silenciamientos igualmente afanosos. Las imágenes de Freud son el envés más estricto de su legado, el apacible manto que complementa la urdimbre inquieta de su pensamiento. Primero sus fotos. En todas ellas –salvo en las excepcionales, en las tomadas por algún familiar en un momento en que el gesto olvidó la ceremonia de la sepia– Freud aparece incólume, reservado, casi frío. Es cierto que en ese entonces la fastuosa y esperada liturgia del flash garantizaba ademanes ensayados. Pero algo similar ocurre con las otras imágenes, con esas que se destilan de las biografías, con aquellas que una tradición hecha de fragmentos disímiles estampa en la memoria de quienes se interesan por la figura del médico vienés. Aquí y allá Freud, el retratista de las emociones ocultas, el arqueólogo de las tristezas inconfesadas y los placeres furtivos, se alza como la imagen pétrea e inquebrantable de alguien que nada sabe, salvo por su pluma y su oído, de las pasiones inquietas, de los sentimientos desordenados. Los principescos desmayos dedicados a Jung, el punzante sufrimiento por la pérdida de una hija o un nieto, la eterna frase referida al dolor más intenso que un hombre puede atravesar, son los desperdigados indicios que nos han quedado de un Freud que parece tomar un respiro, y dejar a un lado el personaje estoico y trabajador que sus fotografías calcan para nuestra mirada.
DOS. Tiene 67 años cuando logra llorar por primera vez en su vida1. Volverá a hacerlo -o al menos la imagen de sus lágrimas temblando en sus ojos será captada nuevamente para la posteridad- el 14 de Junio de 1936, cuando Thomas Mann, en una ceremonia íntima celebrada en la casa del psicoanalista, lea en su presencia el texto “Freud y el porvenir”2. Se trataba del escrito con el que el autor de La montaña mágica había participado el 6 de mayo de ese año de los homenajes por el octuagésimo aniversario del nacimiento del analista de Dora, realizados en Viena por la Sociedad Académica de Psicología Médica. El agasajado no había asistido a estos últimos pues no creía en esas celebraciones, y menos en aquella en particular, para la cual habían sido convocadas ciertas figuras que Freud apreciaba poco3. Los regalos que más lo complacieron tenían que ver con su casa: en primer término, el 5 de mayo de 1936, en Berggasse 7, a sólo dos cuadras del hogar de la familia Freud, había sido oficialmente inaugurada la nueva sede de la Sociedad Psicoanalítica de Viena, cuyas reuniones durante muchos años (desde 1902 hasta 1910) habían tenido lugar en la sala de espera del consultorio del maestro; en segundo término, la visita de Thomas Mann. En su conferencia, el escritor germano ubicaba el valor del psicoanálisis en la importancia que éste asignaba a los mitos, pues según el discurso de Freud el secreto del sujeto se halla en el modo en que éste quedó atrapado en tramas míticas que se remontan a la infancia de la humanidad.
TRES. Unos años más tarde, en 1951, Mann publica una de sus últimas novelas, Die Erwählte (El elegido)4, en la cual reescribe una popular leyenda del medioevo, conocida como La vida de San Gregorio (Vie de Saint-Grégoire), cuyas primeras versiones son de origen francés y datan del siglo XII5. El mito narra la historia de los dos hijos del duque Grimaldo, quienes tienen una relación incestuosa, a resultas de la cual nace un niño que, en aras de cuidar el prestigio y el status de la familia, es arrojado a las aguas del mar en un tonel provisto de oro y de una tablilla que contiene escrita la historia real de su concepción. El niño sobrevive, es rescatado por un párroco de una isla y confiado al cuidado de una familia de pescadores. En su juventud descubre que no es hijo de su madre adoptiva, y siente el impulso de recorrer el mundo en búsqueda de su verdad. Huye de la isla y llega a un territorio sitiado por el pretendiente de una reina que se rehúsa a contraer matrimonio con hombre alguno. Gregorio salva al reino y se casa con quien resulta ser su madre. Cuando ambos descubren la realidad, él decide expiar su infame pecado refugiándose en una roca abandonada en medio de un lago. Tiempo después, merced a la mediación de la divinidad, es ungido Papa.
El comentario de esa novela podría servir de impensado epílogo a la historia del problema del incesto aparecida en esta sección –y hará las veces de respuesta a algunas de las atinadas observaciones que los lectores nos hicieran llegar-. ¿Qué valor tiene esta ficción, al parecer tan apegada a la tragedia de Edipo, aunque en realidad poco tiene que ver con ella? La leyenda rescatada por Thomas Mann señala los límites de nuestro designio de ubicar la problematización freudiana de lo incestuoso en una genealogía que a fin de cuentas se inicia muy tardíamente, a mediados del siglo XIX. En efecto, un estudio que contemple las investiduras simbólicas e imaginarias del incesto -y es imposible negar que el decir freudiano está saturada de ellas- debería considerar una historia más extensa de las relaciones de parentesco y de sus prohibiciones. En dicha senda, hay que tener presente que el parentesco moderno y occidental es una creación del cristianismo temprano (siglo IV); más aún, debemos enteramente a éste la delimitación y definición del incesto6. Tal y como han propuesto diversos historiadores, la apropiación de esta última problemática por parte de la Iglesia fue una de sus estrategias esenciales de lucha en contra del poder de la nobleza, fundamentalmente el territorial. Y es por ello que durante siglos (tal y como se ve en la historia de San Gregorio) la discusión teológica sobre el incesto poco tenía que ver con la salud de la descendencia, y mucho con la regulación de los linajes y las alianzas. En tal sentido, ¿no es notorio acaso que las formulaciones freudianas sobre el incesto poco se distancian del pensamiento de Santo Tomás?
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1. Cf. Jones, E. (1953) Vida y obra de Sigmund Freud, Tomo III. Buenos Aires: Nova; 1962; p. 105.
2. Cf. Mann, T. (1936) “Freud y el porvenir”. En Mann, T. (2000) Schopenhauer, Nietzsche, Freud. Madrid: Alianza. El mismo volumen recoge otra disertación del escritor alemán, tal vez más rica y densa, pronunciada en mayo de 1929 en Munich, que lleva por título “El puesto de Freud en la historia del espíritu moderno”.
3. Véase carta de Freud a Binswanger del 4 de Abril de 1936. En Fichtner, G. (2003) The Sigmund Freud-Ludwig Binswanger Correspondence. New York: Other Press; pp. 205-206.
4. Mann, T. (1951) El elegido. Barcelona: Edhasa; 2002.
5. Para un estudio detallado y consistente del texto, véase Guerreau-Jalabert, A. (1988) “Inceste et sainteté. La Vie de Saint Grégoire en français (XIIe siècle)”. Annales, 6, pp. 1291-1319. Mann se basa en verdad en la versión alemana (Gregorius), escrita por Hartmann von Aue.
6. Cf. Goody, J. (1983) The development of the family and marriage in Europe. Cambridge: Cambridge University Press. |