Es un libro pequeño, yo diría “un librito”. Pero tampoco. Parece más bien un cuadernillo, pero está pegado, no abrochado. Su tapa es de un cartón apenas un poco más sólido que el papel de sus 56 páginas. Pero, como bien sabemos, los libros valiosos no siempre tienen que ser bellos. Al pie, en la tapa dice “Editores Contemporáneos”, en la contratapa “Serie Aleph Analítico Nº 6”, pero el verdadero problema es su título: no lo tiene. En realidad, en la tapa del libro hay dos títulos, que se corresponden con cada uno de los trabajos incluidos. Noto cierto problema “de cartel” –podría decirse–, ya que con una tipografía bastante más grande, arriba, puede leerse “el oriente de freud” (así, en minúsculas) de Graciela Musachi; y debajo, con una tipografía bastante menor “recuerdos sobre sigmund freud” (siempre en minúsculas), de Bruno Goetz. Este segundo título fue el que me llamó la atención, básicamente porque hace algún tiempo yo había traducido un artículo con un título bastante similar: me refiero a las “Reminiscencias del profesor Sigmund Freud” de Max Graf, el padre del pequeño Hans. El libro no tiene ninguna fecha, no puedo establecer cuándo lo compré –pero por un recuerdo algo encubridor, sospecho que fue entre el año 2003 y 2004–.
Abro el libro y comienza con un breve Prólogo de Déborah Fleishler y por algunas palabras del texto descubro que Bruno Goetz conoció personalmente a Freud y que su texto es una especie de testimonio de ese encuentro. Y luego, vulnerando el orden del cartel en tapa, aparece primero el texto de Goetz, en el que me sumerjo apasionadamente.
El título está acompañado por una llamada al pie de página que indica: “Traducción del francés de Souvenirs sur Sigmund Freud, en La Psychanalise Nº 5, 1960” –vuelvo a aclararle a los lectores que estoy copiando textual lo que dice el original, los errores están en el original–. No dice quién es el traductor.
Sería más fácil leer el texto con alguna información extra. No me costó conseguirla. Bruno Goetz publicó el texto originalmente en mayo del 1952 en la Neue Schweizer Rundschau, con el título de “Erinnerungen an Sigmund Freud”. La versión francesa es posterior y efectivamente está en La Psychanalyse Nº 5 de 1960. Mucho más tarde, en 1975, fue publicado en The International Review of Psycho-Analysis 2.
Goetz nació en 1885 en Riga, un puerto sobre la costa del Mar Báltico que desde 1918 es la capital de Letonia, y murió en 1954 en Zurich, Suiza. Escritor, periodista y poeta, aparentemente en los años cercanos a su muerte, encontró –según consta en el texto– un sobre amarillento de los años 1904-1905 que decía “Extractos de mis cartas sobre Freud”. Y es que Goetz mantuvo tres entrevistas con Freud en aquella época, luego de las cuales le envió una especie de crónica a un amigo, no sin antes guardar una copia de esas cartas. Goetz trató de fijar lo más fielmente posible las palabras que Freud había pronunciado, y tal vez por eso el texto resulte tan sorprendente, ya que Freud aparece allí haciendo largos monólogos sobre diversos temas.
Goetz padecía violentas neuralgias faciales y su malestar era tan fuerte que impedía el normal desarrollo de sus actividades. Así fue como un profesor de la universidad lo obligó –podríamos decir– a visitar a Freud, enviándole previamente (a Freud) una selección de los poemas de Goetz. Este no sabía quién era Freud, pero no demoró mucho en conocerlo debido a una incursión en la biblioteca que puso la Traumdeutung en sus manos.
Sinceramente, creo que todos los psicoanalistas deberían leer este texto, conversarlo, discutirlo. Aprovecharlo para reflexionar acerca de la historia de la técnica, del lugar fundador de Freud y, sobre todo, de sus particularidades para intervenir: el muchacho le cuenta a Freud sus fantasías con los marineros y su modo de resolución masturbatoria, Freud le responde con un “¡Vaya! Parece que ha tomado usted el asunto en sus manos” –¿es un chiste, una intervención o ambas cosas?–. Freud le exige que distinga los componentes simbólicos de su relato con los elementos provistos por la realidad: “En sus versos, el mar vuelve permanentemente. ¿Acaso quiere señalar con esto algo simbólico, o bien tuvo realmente algo que ver con el mar?”. Freud –inventor de la atención flotante– se distrae durante el relato de Goetz, y entonces le dice: “¿Cuál era esta historia de su padre y de Poseidón? Cuéntela nuevamente. Estaba reflexionando brevemente cuando Usted la contó y no la escuché atentamente” –sans parole...–.
Freud se negó a analizar a Goetz y, además, le sugirió que no intentara analizarse nunca –sugerencia que, viniendo de Freud, tomaba un valor más que excepcional–. “Sus complejos lo salvarán”, le espetó antes de indicarle una medicación para el dolor facial. Pero antes de dejarlo ir, como al pasar, le hizo un comentario acerca de su inestable situación económica. Efectivamente, Goetz vivía con lo poco que ganaba dando clases y escribiendo algunos artículos. Finalmente, vino una pregunta extraña: “¿Cuándo comió su último bife?”. Goetz respondió: “Hace cuatro semanas, aproximadamente”. Freud le extendió un sobre con doscientas coronas mientras le decía: “Permítame por una vez asumir por hoy el papel de su padre. Son pequeños honorarios destinados a retribuir la alegría que sus versos y la historia de su juventud me han deparado”1. Goetz volvió dos veces más a ver a Freud, pero la tercera fue la vencida.
Todo esto fue disparado por ese librito que a esta altura me parece bello, del que no sé si se ha reeditado, si aún se consigue y del que espero puedan obtenerse muchas intelecciones para continuar pensando el psicoanálisis y obtener acceso a otros libros, ya que siempre liber enim, librum aperit...
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1. Un tal Henry Abelove, historiador de la cultura orientado a los estudios queer, afirma que Freud no quiso atender a Goetz por ser homosexual (Véase “Freud, la homosexualidad masculina y los americanos”, en Grafías de Eros, Edelp, Bs. As., 2000). |