Nada mejor que apelar a situaciones cotidianas para adentrarse en el rico y complejo edificio teórico del psicoanálisis. Por ejemplo: el episodio de un conocido programa de televisión nos explica por qué la dimensión del semblante trasciende por largo la mera dimensión imaginaria.
Freud distingue identidad de percepción de la identidad de pensamiento. La primera refiere a la identificación con el objeto allí actualizado –por ejemplo– ante mis ojos. Por algo, ante el inesperado encuentro con la mirada del Otro, solemos correr la vista a causa de la incomodidad –rayana en la angustia– que nos provoca el sentimiento de quedar atrapados por una mirada de medusa. El fenómeno del doble –tan bien descrito por Otto Rank en su texto homónimo– ilustra acabadamente esta encerrona.
Por el contrario, la identidad de pensamiento habilita el espacio donde el trabajo psíquico de la cadena significante equivoca la demanda invocante del Otro. De esta forma vemos, escuchamos y sentimos de acuerdo al deseo que imprime nuestra propia fantasía. Así, el campo de la singularidad subjetiva queda resguardado en el malentendido ínsito a la lengua.
Sin embargo, es notable advertir que el amor en su fase más narcisista se asemeja al fenómeno del doble: nos miramos y ya nos entendemos, pareciera que nos conocemos desde siempre suelen decir los tortolitos bajo la luna o chateando en la web. En efecto, tal como Tristán e Isolda en el acto final, amante y amada se confunden en un todo indiscriminado hasta que alguno comienza a escuchar y así esta locura pasajera –tal como Freud define al enamoramiento– da lugar, en el mejor de los casos, a una relación entre dos seres hablantes, es decir entre dos sujetos de deseo cuyas respectivas identidades de pensamiento se confunden en el malentendido de la lengua. No en vano el psicoanalista francés tematizó en una frase esta confluencia a trasmano que posibilita el trabajo psíquico y la fantasía: “Tú no me ves desde donde yo te miro”*.
Es curioso, “Tratame bien” se llama el programa de TV donde una adolescente experimenta el goce de ser mirada por un hombre que oculta su rostro: es decir, que no se sabe desde dónde la mira. Sacate ponete, hacé esto o aquello dice el desconocido en la computadora mientras la sensualidad se agita al compás del consentimiento. Sólo estalla la angustia cuando el fisgón adivina que el muñeco usado en los juegos lleva el nombre de la joven. Sólo allí ella se siente desnuda… es decir: sin máscara, en plena identidad de percepción.
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*. Jacques Lacan, El Seminario: Libro 13, “El objeto del psicoanálisis”, clase 19 del 25 de mayo de 1966. Inédito y Jacques Lacan, El Seminario: Libro 16 “De un Otro al otro”, clase 24 del 18 de junio de 1969, Buenos Aires, Paidós. |