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   Problemas y controversias

Fetichismo y sublimación
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
Quien lea este título quizá se sorprenda ¿cómo comparo el fetichismo con la sublimación, si el primero desmiente la castración y la segunda, según la definición canónica, opera sin represión?
Como se sabe, el fetichismo hace su entrada en la escena analítica como célula elemental de la perversión. Pero con el curso del tiempo, se evidenció la necesidad de distinguir el fetiche que es condición general de acceso al objeto femenino desde la posición masculina1, del fetiche que llega para reemplazar a la mujer. Una cosa es la liga en la pierna y muy otra la liga en el lugar de la pierna.

La última figura es una perversión particular; la primera, se integra, junto al horizonte fóbico en su carácter de articulador de la neurosis.
En realidad, podemos decir que el proceso fetichista, en el sentido neurótico de la expresión, inscrito en la cultura –el malestar freudiano está articulado por dispositivos fetichísticos, cuya garantía es el dinero, equivalente de valores y objeto de acumulación2–, es el complemento de la fobia, pero no en el sentido habitual, trivial, de la expresión: no que repulsión y atracción sean un puro anverso y reverso, sino de algo más profundo y verdadero, que no deja, por otra parte, de recoger la verdad parcial de esta aseveración. Quiero decir: la repulsión es primera y así se torna condición de la atracción, cuyo fondo es repulsivo3.
En la neurosis, la inhibición inaugural del movimiento hacia el goce que tematiza Lacan en su seminario La angustia, se genera, en su matriz infantil, mediante un dispositivo fóbico. El temor al objeto podrá o no desaparecer más tarde, pero el dispositivo inhibidor subsiste como el núcleo suspensivo y cristalizado4 de todo proceso sintomático.

(El núcleo fóbico siempre está presente: angustia su presencia, inquieta su posible desaparición del horizonte de la vida inmediata.)
Según la perspectiva freudiana, es muy difícil situar la sublimación, porque Freud postula una desexualización del objeto y de los fines pulsionales, pero ¿cómo plantearlo de este modo si la sexualidad freudiana es el conjunto de los desvíos de lo que se supone sexual5? La madre libidiniza a su crío y es el primer objeto prohibido: he aquí el primer desvío. Desde el punto de vista del contenido nada es sexual y todo lo es, porque sólo cuando interviene la configuración de las zonas erógenas según una doble prohibición –prohibición del incesto y puesta en escena de la castración–, podemos hablar de sexualidad, sea cual sea el contenido. Se dirá: la sublimación es una respuesta a una pregunta sobre el origen y el alcance de la creación intelectual. Seguramente. Pero habría que buscar, en primer término, por el lado de ese pequeño y genial artículo de Freud llamado “La negación”. La creación intelectual tiene una condición de posibilidad, el llamado “juicio de atribución”, fundado en la expulsión (Ausstossung) de un objeto: lo que el sujeto expulsa y postula como ajeno es la ajenidad más íntima que posee. Un segundo momento concierne a lo que Hyppolite denominó hegelianamente en el artículo publicado en los Escritos de Lacan, “negación de la negación”6: se levanta la negación para que el pensamiento se libere de trabas, pero lo esencial de la represión persiste. Vamos así del desconocimiento al reconocimiento que, no obstante, deja subsistir lo esencial de ese desconocimiento primero. Ahora bien, los guardianes, por así llamarlo, del desconocimiento primero, que sólo es primero de manera retroactiva, ¿qué son sino un núcleo fóbico rodeado en espiral por un aura fetichista? Recuperemos un término de Lacan, quien definió a la sublimación como la elevación de un objeto a la dignidad de la Cosa. El término en cuestión es “dignidad”.
Los objetos fóbicos y fetichísticos son habitualmente cosas menores y hasta insignificantes, cuando no ridículas. Dignificarlas implica restablecer su nexo de valor excedentario: son cuerpos extrañamente íntimos con los cuales el sujeto se defiende de la intromisión del Otro.

El trabajo psíquico de la pulsión de muerte en su función destro-constructiva7, consiste en recorrer una y otra vez el espectro de la búsqueda de objeto, desde toparse con un objeto-tapón que es la cicatriz fóbica en el corazón de la neurosis –el “núcleo patógeno” de Freud–, y que jamás se capta directamente: sólo desplazada, metonímicamente, es tocada circular y periódicamente, y ese alcance más bien asintótico, se hace justamente con el sostén del fetiche elevado a la dignidad eminente del resplandor de la belleza, lo cual también eleva el momento fóbico a la repulsión que se articula con lo sacro, último velo de lo incestuoso.
Sin sacralidad y sin belleza no hay trabajo creador, otro de los nombres posibles para la sublimación.
Ahora bien, la sublimación no explica la génesis de una obra, sino la disposición para ella. No hay pasaje alguno del sujeto a la obra, por la sencilla razón de que media entre ambos una formación discursiva a cuyo género y especies pertenece la obra en cuestión.

Pero sí hay un trayecto inverso: de la obra al sujeto que, en definitiva, aunque sea su autor, es un lector, ese lector constituido por el horizonte cultural de su época.
En cambio lo que sí explica la sublimación es un movimiento pulsional propio del sujeto; en ese sentido, es un destino de pulsión. Pero habría que agregar: del momento creador de la destructividad de la pulsión de muerte.
Quien crea intelectualmente debe, literalmente, romper con los impedimentos que obstaculizan su capacidad de decir “no” a esa exigencia del principio del placer que está ahí para que nadie se aventure más allá, como si fuera necesario vivir como animal asustado, refugiado en su cueva.
De cualquier modo, la cicatriz de la fobia infantil –que inmoviliza lo que se mueve, pero que también anima lo que está a punto de perecer–, y el talismán del fetiche, con su aura de velo protector, son límites que sólo pueden sublimarse –y aquí sublimación equivale a una forma de desvío, obviamente, y contra la opinión corriente–, a partir de un umbral, de una matriz de belleza y sacralidad que está presente, de un modo más inmediato en las humanidades, pero que constituye un valor más universalmente neurótico de todas las actividades que, a falta de otra palabra oportuna, seguimos llamando “creadoras”.

_________________
1. Las fans de un ídolo que le arrancan lo que sea –pañuelo, corbata, cartera–, lo hacen, indudablemente, en posición masculina, mientras su objeto se feminiza, adquiere un cuerpo, una figura que vacila entre presencia y ausencia, rasgo diferencial de la feminidad.
En las fintas amorosas ( hoy en día cada vez con más frecuencia) las mujeres asumen una falicidad masculina: penetran antes que ser penetradas y así vencen el temor femenino a la intrusión masculina.
2. Me refiero, obviamente al Marx de El Capital, pero asimismo a la Filosofía del dinero de George Simmel. En esta obra Simmel (Madrid, 1977, pp. 104/105) habla del dinero como “símbolo visible” y luego agrega “… en ningún otro símbolo exterior se expresa de modo tan completo la miseria general de la vida humana como en la necesidad perpetua del dinero, que oprime a la mayoría de los seres humanos”.
3. Véase en Scilicet, Nº 1, Paris, Seuil, 1968, Fétichization d’un objet phobique.
4. La primera inhibición es inhibición del movimiento hacia el goce, y por lo tanto pertenece al campo de la represión primaria. La segunda, que aquí llamo “cristalización”, es lo que corrientemente se denomina “inhibición”: un núcleo cristalizado del síntoma que, a diferencia de éste, ya no habla.
5. Lo mostró Lacan suficientemente: todas las funciones sexuales tienden a un centro que literalmente está ausente. De aquí se deriva la definición más estricta del falo: es lo que le falta a la mujer.
6. El autor lo incluyó en una selección de de sus textos bajo el mismo título con el que apareció en los Escritos, “Commentaire parlé sur la Verneinung de Freud”, en el primer tomo de Figures de la pensée philosophique, PUF, Paris, 1971, pp. 385/396.
7. Habría que recordar que el punto más enigmático de la pulsión de muerte no es el masoquismo erógeno sino el hecho de que sin destrucción no hay posibilidad de construcción. Es la condición más básica para que se pueda hablar de sublimación.
 
 
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