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   Colaboración

Posmodernidad (IV)
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
Entonces podemos decir que el “estado de excepción” de Schmitt y, sobre todo, las implicaciones de su postulación, es uno de los paradigmas posibles y más fértiles de la modernidad tardía disimulada en las ideologías de la posmodernidad.
Se dirá, no obstante: ¿estoy invocando una práctica de la llamada “interdisciplina” o para usar otro término habitual de los prospectos burocráticos de la Universidad, de la “transdisciplina”?

Lo sabemos por experiencia, por experiencia universitaria justamente, por haber leído decenas y centenas de informes, proyectos, esbozos de tesis, tesis, tesinas: la apelación a la interdisciplina –porque nivela y justifica de antemano lo que no debería ni justificar ni nivelar– es el salvoconducto para el marasmo, la esterilidad, la renuncia al pensamiento en nombre de la concordia (la indiferencia) liberal de las disciplinas que ocupan confusamente el campo de las llamadas “ciencias humanas”. Entre nosotros sirve para, entre otras cosas, confundir la asistencia social con el psicoanálisis, la sociología de la familia con los fantasmas edípicos, y la ley de la castración con la ley jurídica. Este es, también, un síntoma posmoderno.
No hay disciplina que no tenga lagunas de indecibilidad, zonas de contradicción1, paradojas en las cuales los caminos contrapuestos llevan ambos al mismo resultado, desequilibrios estructurales productos de la disparidad de los desarrollos. Las disciplinas –es esto lo esencial– se comunican fructíferamente entre sí cuando hay pólemos, es decir, cuando hay conflicto y en ese conflicto algo excedentario se transmite de un lado al otro de la frontera: sólo las fracturas comunican. Pero no hay ninguna regla metalingüística que podría ordenar estos intercambios: por ello el intercambio efectivo es suplementario, está fuera de código, es, en definitiva, acto, un acto que lleva en sí la razón de su legalidad, porque ejerce concretamente el dominio de posiciones rivales a las cuales supera.

El estado de excepción de Schmitt es un buen ejemplo de tales intercambios. “Es soberano quien decide el estado de excepción”, dice la primera frase del pequeño tratado Teología política (1922)2.
¿Cómo definir estos términos? Aquí aparece la originalidad del texto: no hay soberanía primero y luego un acto de decisión que la realiza; sólo la decisión es soberana. Del mismo modo, el estado de excepción no se deja definir por conceptos meramente jurídicos, como por ejemplo, nuestro estado de sitio. Si fuera previsible, no sería estado de excepción. Soberanía, decisión, excepción, se fundan circularmente aunque no de manera meramente recíproca, porque son partes de una constelación histórica que sólo puede mostrarse y describirse en situación, existencialmente.
En virtud del estado de excepción la historia se torna discontinua y las leyes predictivas pueden operar en tanto las circunstancias no cambien; es decir en tanto persista la normalidad institucional cuya eficacia es, en última instancia, necesaria de hecho, no necesariamente necesaria. O, para decirlo de otra forma, su necesidad es una necesidad en suspenso.

Es fácil establecer vínculos analógicos, propiciados, de otra parte, por los intercambios que circulan en nuestro medio. El estado de excepción inspiró la concepción de la historia de Walter Benjamin y no cabe la menor duda de que la excepcionalidad del significante en demasía que postula Lacan en diversos lugares, pero de manera particular en el seminario 14, converge con ciertos aspectos de la obra de Schmitt.
Ahora bien, con las analogías no se va muy lejos: es preciso indagar en las fracturas; porque ellas son índice no sólo de errores y falsedades sintomáticas sino de lugares donde la verdad resplandece como corresponde, envuelta en escorias, ella misma escoria.

Es que el estado de excepción de Schmitt es ajeno a la polémica actual tan rica sobre los alcances deterministas del azar y el valor de las inconsistencias de las estructuras. Quiero decir, aunque imprevisible, surge de circunstancias, motivos, determinaciones; de un plexo de relaciones lacunarias que lo provocan y así abren el camino para una posible decisión que resuelva la crisis. Pero esto es ajeno a Schmitt para quien el estado de excepción en tanto es el soberano el que lo declara y lo resuelve, posee una eficacia creacionista en el sentido literal: surge de la nada y se correlaciona con lo que la teología llama milagro. En un sentido estricto, puedo afirmarlo, con y contra Schmitt, el estado de excepción no es determinado por la decisión, la provoca, constriñe a ella aunque sea imprevisible cuál sea la decisión y si esta tendrá lugar.

Pero si criticamos la apelación al milagro y el carácter absoluto que Schmitt otorga al acontecimiento excepcional –es un modo ejemplar de confundir el vacío de la situación, núcleo de indeterminación en un complejo determinaciones, con la fábula de la creación ex nihilo– ¿no deberíamos extender esta crítica al propio Lacan, quien ha propiciado esta fórmula –“creación ex nihilo” se llama un capítulo de La ética del psicoanálisis−, que manifiestamente no describe la experiencia pulsional sublimatoria, porque ella parte no de la Nada, sino de una pequeña nada, el vacío del objeto, vacío delimitado y por eso en modo alguno confundible con la pura nada. El estado de excepción, si lo reformulamos, ¿acaso no muestra la futilidad de hablar de cuatro discursos, como banal y confuso sustituto de la filosofía de la historia?3

La fractura permite leer y transforma, como frontera, a todos los términos y relaciones implicados en ella en un despliegue donde no sabemos de antemano quién conduce y quién es conducido.
Estos sumarios apuntes nos permitirán recuperar la dimensión decisiva del estado de excepción, de sus relaciones con la normalidad y del valor límite que adquieren los momentos extremos, esos en los cuales toda una estructura, toda una práctica, se descubren en virtud del antagonismo disruptivo de las fuerzas que los componen.
Por el momento, para explorar con cuidado en las próximas entregas quiero transcribir unos párrafos del propio Schmitt:
“El racionalismo consecuente afirmaría que la excepción no demuestra nada y que sólo lo normal puede ser objeto de análisis científico. La excepción confunde la unidad y el orden del esquema racionalista. (…) Precisamente la filosofía de la vida concreta no debe apartarse de la excepción y del caso extremo, sino interesarse en ellos en grado sumo. La excepción puede revestir mayor importancia para ella que la regla, no a partir de la ironía romántica de la paradoja sino con todo el rigor del conocimiento que profundiza más que las generalizaciones claras del término medio repetido. La excepción es más interesante que el caso normal. Lo normal no demuestra nada, la excepción lo demuestra todo; no sólo confirma la regla sino que la regla sólo vive gracias a aquella. En la excepción, la fuerza de la verdadera vida rompe la costra de un mecanismo cuajado en la repetición”.4

No creo equivocarme al pensar que estos dos elementos que se copertenecen “excepción y extremo” forman parte del núcleo mismo de la modernidad que las ideologías llamadas “posmodernas” –en sentido estricto el posmodernismo es un encubrimiento de la modernidad tardía–, desean expulsar en nombre de una racionalidad tecnocrática y de una neutralización de los conflictos mayores de la época.
Podemos decir, de manera preliminar, que la regla, si se entiende por tal no el promedio en términos estadísticos, sino el límite de variación del fenómeno, se funda mediante la represión de la excepción que, fuera del conjunto, inscribe su fractura en el interior del mismo conjunto, afectado por ello de inconsistencia.
____________________
1. Pongo por caso el ejemplo de la luz, que admite dos explicaciones opuestas – como corpúsculo y como onda –, incompatibles y no obstante coexistentes en la descripción de los fenómenos. A propósito de esto Bachelard habla de una “penumbra conceptual que reune lo corpuscular y lo ondulatorio, lo puntual y lo infinito. Es no obstante en esta penumbra que los conceptos se difractan, se interfieren, se deforman”.
(Bachelard, G., La philosophie du non, P.U.F., Paris, 1973, p.112.)
2. Carl Schmitt, teólogo de la política (selección de textos), F.C.E., México, 2001, p.23.
3. Sin duda Lacan forjó un quinto discurso, el llamado “discurso capitalista”, cuya futilidad analizaré en algún momento. Por el momento, baste decir que un simple juego de letras no puede dar cuenta de ninguno de los problemas que plantea actualmente el orden capitalista.
4. Ib. nota 2, p. 29.
 
 
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