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   Homenaje

Homenaje a Oscar Masotta
  Palabras de Norberto Ferreira y Teodoro P. Lecman
   
  Por Emilia Cueto
   
 
En ocasión del 30º aniversario del fallecimiento de Oscar Masotta, pionero de la transmisión del psicoanálisis lacaniano y fundador en Buenos Aires de la Escuela Freudiana,
Imago Agenda lo recuerda en palabras de Norberto Ferreira y Teodoro P. Lecman

NORBERTO FERREIRA

¿Qué significó para usted, en cuanto a su formación y el desempeño de su práctica, el encuentro con Masotta?

El encuentro con Masotta fue fundamental en mi formación. El estudiar con él y poder captar e instrumentar la lógica que se desprendía de la lectura de Freud y de Lacan que Masotta proponía fue lo más efectivo y claro en su transmisión. No se trataba de ninguna novela, ni de psicología, se trataba ya de un discurso: su lógica y su teoría. Y es por y con ésto que mi práctica como analista fue tanto cuestionada como transformada.
Puedo decir que para mí fue mi maestro, él también me consideraba su discípulo, como se sabe en eso no va una cosa sin la otra, necesita ser recíproco para que sea efectivo.
A veces yo exponía algunos análisis en lugares que no eran del medio en relación a Oscar y me decían, ya sea con cierto asombro o con sorna, que ese trabajo era muy (demasiado) freudiano. Así que usted ve cual era el estado de cosas en esos años, a principios de los ’70.

¿Cuáles fueron las resonancias que la fundación de la Escuela Freudiana produjo en la comunidad analítica de mediados de los ’70?

La repercusión fue extraordinaria no sólo por la cantidad enorme de personas que se acercaron a la transmisión que se hacía en la Escuela, sino también por la cantidad de personas que querían formar parte de la Escuela de algún modo. Era el año 1976. Se practicó algo muy parecido al dispositivo del Pase, por los pasos a seguir: entrevistas, de quien solicitaba entrar, con dos personas, luego estas dos personas informaban a otras tres que decidían si la persona que lo había solicitado entraba o no a la Escuela. Fue un antecedente de lo que luego en otros lugares se practicó como Pase a la entrada en un momento. Acá no se trataba de ello, del pase, pero usted ve que el interés estaba puesto en lo que alguien decía para entrar a la Escuela y de cómo esto se transmitía y llegaba a tres personas que no habían ni “visto” ni “oído” a la persona que solicitaba entrar.
Fundar una Escuela, la primera en relación a Lacan y a la Escuela Freudiana de Paris fue más una consecuencia lógica que un pedido de autorización, ya que fue el movimiento de la transmisión lo que nos llevó a ello y no la consulta, o el ¿y ahora, qué hacemos? Sabíamos, casi todos, lo que queríamos hacer, por supuesto había en esto, como es necesario, diferencias.

¿Cuáles fueron las implicancias que tuvo para usted ser parte de esa fundación y sostener luego de la partida de Masotta a España un lugar de dirección en ese ámbito?

Bueno, no sólo yo sino todos los que ocupábamos un nivel de dirección en la Escuela tomamos ese trabajo, esa tarea con toda la responsabilidad que cada uno podía tener y aportar. Y también la mayoría de los miembros aunque no estuviesen directamente en la dirección. Se acordaba que el paso dado era muy importante al fundar la Escuela Freudiana y que la cuestión era sostenerlo.
Es cierto, que el diálogo (a través de cartas y/o teléfono) con Oscar era intenso, pero eso no impedía ver que él ya no estaba en Buenos Aires y sí en Londres primero y luego en Barcelona, en España.
Personalmente fue para mí una experiencia más que importante, porque me dí cuenta de que aunque uno desee o anhele algunos imposibles sabe también que son imposibles, pero eso no impide que ese o esos imposibles sean, en definitiva, la orientación de lo que uno hace o propone desde un lugar de dirección. No fue, para mi, nada agobiante. Lo que sí resultaba agobiante era, a veces, el discurso de la burocracia que se instala en todo grupo, toda institución inevitablemente. Se trabajó mucho. Había diferencias entre nosotros mismos en la dirección pero eso ya era parte del movimiento lacaniano, que era el campo donde se movía la Escuela. Fue una experiencia hecha con alegría, imagínese, estábamos construyendo algo inédito y en este sentido la orientación de Masotta era necesaria e importante. El hecho de que Masotta tuviera que irse del país a los meses de fundar la Escuela es evidente que nos dejó una responsabilidad importante, pero se pudo hacer lo necesario para sostener esa fundación, y, como dije, Masotta desde el extranjero era muy importante en la orientación, en la dirección de la Escuela.

Llegado el momento de la escisión usted ocupó un lugar particular, el de repartir las cartas que Masotta le enviara desde España entre los miembros de la escuela, ¿Qué significó ese pedido para usted y cómo se sintió frente a ello?

Sí, Masotta me envió esas cartas desde España. Creo que lo hizo porque me tenía confianza, no era el único al cual en ese momento le tenía confianza, me conocía y quizás vio en mí algo que yo aún no sabía. Creo que se trataba de la posibilidad de la continuidad de la Escuela desde esa perspectiva, desde esa posición en relación al nombre de Masotta como nominando a que se abriera un surco de transmisión. Algo que se confirmará luego con la continuidad de la Escuela bajo el nombre de la Escuela Freudiana de la Argentina. Para que ello fuera posible fue insoslayable también el lugar de Anabel Salafia en esa realización.
Hice lo que había que hacer. Llegaron todas las cartas a todos a quienes tenían que llegar (los miembros de la Escuela) y luego de una asamblea se definió la separación.

¿Cuál es el resto que a modo de causa persiste, y qué se ha perdido de la figura de Oscar Masotta?

Lo que queda como resto funcionando como causa para otros serían sus escritos, sus libros, los hechos de discurso que produjo. Es decir, lo que queda como resultado de su dialéctica con el Otro y con los otros.
En lo que se puede tener como referencia a Oscar Masotta es que no sólo se lo puede evocar, sino lo que puede ser transmitido con su nombre –y no en su nombre–, en relación al psicoanálisis, es una posición en la transmisión que él hizo posible en la Argentina, ese surco particular que antes le decía.
Esto fue de una importancia tal, a mi entender, que para explicar por qué Buenos Aires es una de las dos o tres ciudades del mundo, donde el psicoanálisis encuentra su grado más importante de expansión y desarrollo discursivo, no se puede dejar de tener en cuenta la transmisión de Lacan obviamente, sea que se lo siga o no a Lacan. Es un hecho que Lacan reavivó el psicoanálisis. Y aquí en Buenos Aires, sin ser el único, Oscar Masotta fue quien dio un gran impulso a que así sea. Se podría hasta llegar a decir, y se lo digo, que ese lugar de Masotta fue una cuestión necesaria e indispensable.
En cuanto a lo que se ha perdido de la figura de Masotta, me parece que en un sentido no es así, porque en muchos lugares se lo tiene como figura, como nombre sin que en esos mismos lugares la transmisión tenga una referencia clara a lo hecho por Masotta en el sentido que antes mencionaba.
Este año van a hacer 30 años que Oscar Masotta murió, a los 49 años y yo quisiera repetir lo que escribió en un diario de España un amigo de él, Alberto Cardin,… “ha muerto un psicoanalista…” Es esta una frase que me representa en relación a Masotta. En psicoanálisis nada se tiene por herencia, como dije, en cuanto el saber-hacer que le corresponde como práctica de un discurso a cada uno. Oscar Masotta daba lugar a que eso ocurriera.


TEODORO P. LECMAN


En el Diccionario de Psicoanálisis de Elisabeth Roudinesco y Michel Plon podemos leer: “Agradecemos a Teodoro Lecman, quien durante un año realizó numerosas investigaciones bibliográficas sobre la historia del psicoanálisis en la Argentina, y además averiguaciones en el terreno”. Respecto de Oscar Masotta y el movimiento que se generó en torno a él, ¿sus investigaciones lo llevaron a encontrar discrepancias con las versiones más frecuentes? De ser así, ¿cuáles fueron las más significativas?


Sobre Masotta no hubo hagiografía, como dice Roudinesco, historia de santos. No hay San Masotta, como San Cayetano. Hay versiones, tímidas, apenas firuletean con su figura. El firulete puede ser muy lindo, es un arte, como en los paragolpes de los camiones: Masotta y Lacan cuando se pintan es para ir a la guerra. El psicoanálisis es un movimiento muy complejo en la cultura, una Ursache, así lo escribí en www.elsigma.com.
Maud Mannoni, una ricachona, criada en las colonias y heredera de un instituto del padre, más allá de su mérito como psicoanalista, teórica y antipsiquiátrica, en su libro La teoría como ficción tiene el tupé de llamarlo a Oscar Masotta: una especie de gurú. ¡Él, que los recibió cómo duques a los Mannoni en las Jornadas Sigmund Freud en Buenos Aires, en el Teatro San Martín! Pero ellos prefirieron el leclairismo de la APA: ahí había dinero y poder.
Lo mismo Roudinesco cuando vino acá la última vez, se alió con lo peor, hasta Vezetti se lo dijo. Pero ella quería público y poder, al revés que Wright Mills: poder, política y pueblo. Son intereses, ¿quién no los tiene?, pero hay que tener un poco de consecuencia, lean Sexo y traición en Roberto Arlt de Oscar Masotta, sin la city.

Masotta tendía a circular por fuera de los espacios “oficiales” y la legalización que ofrecen los títulos, por ejemplo no terminó la carrera de filosofía ni obtuvo ningún título de grado. ¿Por qué entonces, fundar y sostener una institución que a su vez tuviera como referencia y fuera reconocida por la Escuela Freudiana de Paris?

Oscar siempre fundaba, era un maestro, un disparador. Después se iba, creo que no podía sostener tanta careta o tanta responsabilidad: para lo primero le hacía falta ginebra, para lo segundo, ser un líder burgués. Nada de eso. Pero abrió el campo de Lacan. Yo creo que él creía que era como fundar el Di Tella, pero no sabía que había tantos grumetes a lo Conrad o lo Salgari. Lacan dijo que era demasiado autobiográfico y Miller irrumpió un día con Chamorro muchos años después, en el Círculo Italiano, para ver quién era ese Masotta. En Barcelona Masotta tuvo que fundar bajo el título de Biblioteca, los europeos son muy severos con el reconocimiento académico. A mí me bancan porque tengo todos los títulos. Pero nada más: ¡andá a conseguir laburo de lavaplatos! Después todo es poder a poder. Salvo que seas un careta máximo, como Bianciotti. O un reflejo de la eternidad, como Borges.
A Oscar le faltaba la dimensión de la práctica clínica, si bien sus clases son fundamentales para la clínica, soberbias. Pero, dentro del lazo social, la clínica te da ese agarre de parroquia, esa garra para pelear con los lobos o los leones, como le dice Freud a Groddeck. Y al final, si te agarrás a tu sillón, sabés que el psicoanálisis está allí, en tu propio dificilísimo e interminable análisis. Incurables los analistas, como decía Almafuerte en su “Soneto Medicinal”, cinco segundos antes de la muerte, no cinco minutos. Y a veces luchás contra la marea del tiempo, como en la splendid isolation de Freud. Oscar siguió y adelantó la ola de su tiempo. Se lo llevó el maremoto, el tsunami de la mediocridad. No era un patrón chef de service como Lacan. Libertino, un poco. Creyó en el reconocimiento filosófico. La sociedad psicoanalítica es una sociedad de hienas, como la humana. De la barbarie de horda nunca salió. Como la Iena de Hegel, del amo y el esclavo. Ahí vino la razón, las luces, y luego la desilusión en la que vivimos. Freud terminó hablando con su perro: está en su Diario, Kurzeste Kronik. Y asqueado. Pero siempre se apuesta por algo, se descubre algo, por ilusión, per amore, por perseverancia.
Masotta persevera, más que Lacan en algunos puntos. Como la identificación. Las escuelas lacanianas siempre tuvieron problemas con el nombre.
Pero Masotta no estaba hecho para amo, sino para maestro, por suerte en castellano no se dice igual, aunque acá los asesinan en la Patagonia. Fuentealba.
Hay que gritar ¡Fuenteovejuna!

En Freud X Masotta, libro de su autoría aún no publicado dice en el postfacio: “Cuádruple valor el de estas notas sobre las clases de Oscar Masotta: personal, arqueológico, histórico y de transmisión, sobre una huella que no es transcripción ni taquigrafía.” ¿De qué manera se pone de manifiesto el valor de esas notas en cada una de estas categorías?

Arqueológico, porque en el sentido de Foucault está la periferia de un saber del que va a surgir la episteme, y a veces prefiero dejar las notas casi tal cual, para la investigación, la lectura y la creación de cada uno. Histórico por todo el contexto cultural de los años ‘70, riquísimo, todavía vigente y por el pasaje Sartre-Freud-Lacan vía estructuralismo, algo que ahora me da risa.
De transmisión, fundamental, porque es una lectura exquisita de Freud, elevado a la potencia Masotta, más que por, y muestra los problemas de la transición o el vel Freud-Lacan. Hay que leer el prólogo y el postfacio para entender esos conceptos, donde Masotta y yo nos fundimos en lo que incorporé de él, mal o bien.
Me olvidaba de lo personal. Mejor olvidarse, para mí es el sentido de este acto. Cosas mías. Para los otros será un tesoro personal si saben apreciarlo, aprovecharlo y quererlo. Será como un barco hundido con un tesoro que se reflota: se necesita con qué, y expertos en buceo y aparejos apropiados. Pero todo llega aunque el cuerpo no aguante 100 años, como sí pudo el juez y escritor Filloy, el de Opploop, Estafen.

También, en el texto de referencia plantea que el programa de Masotta no se ceñía al índice de Miller de los Escritos, como algunos seguidores han declarado, ¿Cuál es su lectura de este hecho y en qué radica la importancia de destacar esta diferencia?

El índice de Miller atomiza, como cualquier índice analítico, pero además está llevado por un afán logicista que destruye la teoría psicoanalítica convirtiéndola a lo sumo en una progresión guiada por un periodizador: 1, 2, 3, 4. Los programas de Masotta sobre Freud son una invitación extraordinaria a la lectura, que es personal, sintomática, transferencial, sistemática, como escribí hace muchos años, en los grandes surcos de la cultura. Marcan además un vel, una transición entre Freud y Lacan que no tiene solución, es como la bolsa o la vida, sobre todo porque Lacan era muy avaro. No Freud. Y Masotta articula y marca diferencias, y abre a pensar exquisitamente, otra vez Freud a Groddeck. Imagínense una cura en las fastuosas clínicas europeas, las hidroterapias, Marienbad, Budapest, a pocos kilómetros de Viena. Masotta es una cura de lujo para un médico de mutual y un psicólogo de in-dependencia, o para un filósofo o un autodidacta loco dando vueltas por Corrientes. Hasta los ingenieros y topólogos se asomaron. Son programas, no índices, “convichis”, convites maravillosos, como dicen los brasileños. Una invitación a la danza de los vampiros del psicoanálisis, ¡chapeau! Masotta era como el inquilino de Polanski: lo echaban de todos los departamentos por sus grupos, hasta que llegó a Acta. Y de ahí saltó a Londres y Barcelona.

La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com
 
 
 
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