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   Semblante e impostura

Semblante y escena institucional
  Por Gabriel Belucci
   
 
El analista, entre ser y semblante En “La dirección de la cura y los principios de su poder”1, Lacan lleva adelante una aguda crítica del planteo de Sacha Nacht acerca de los resortes de la eficacia analítica. La idea de que el analista no cura en función de lo que hace, sino de lo que es, es contestada por la articulación de una verdadera lógica de la acción analítica, que la inscribe en la triple coordenada de una política, una estrategia y una táctica, categorías tomadas de Von Clausewitz. Hay que notar, no obstante, que la impugnación lacaniana de la tesis de Nacht es del orden de una Aufhebung, esto es, la conserva al tiempo que la suprime. Puesto que no es otra cosa que el ser del analista lo que Lacan postula como el nudo de su quehacer. Ese ser será, de allí en más, ser de deseo, y no es casual que el deseo del analista sea introducido en este marco.

Esta torsión sobre la cuestión del ser conduce, por otra parte, en dos direcciones. La primera es la pregunta sobre el advenimiento del deseo del analista, que implica el devenir del propio análisis como aquello que hará posible a cada analista instaurar en la cura la dimensión de la falta. La segunda es que, para alcanzar su potencia operatoria, el deseo del analista deberá situarse en sustracción con respecto al campo del Otro, es decir, en el lugar de objeto-causa. Así, el ser-deseo puesto en obra por el analista habrá de causar el Durcharbeiten analítico del lazo entre el sujeto y su Otro.

Lo que Lacan agregará en su enseñanza posterior es que, para causar el trabajo del análisis, es menester que el deseo del analista se articule al semblante. Mucho se ha escrito sobre la relación entre el semblante y los discursos; nos detendremos, por nuestra parte, en su relación con una escena. En efecto, Lacan desarrolló esta noción en su interlocución con el teatro, mucho antes de referirla a lo que organiza el lazo social. No es una casualidad que, precisamente en “La dirección de la cura...”, afirme que el analista presta su persona al juego de la transferencia y que en ese punto –y en la medida en que lo hace– renuncia a reconocerse allí. Así, la persona del analista se transforma en personaje transferencial, y el analista queda ubicado entre su ser-deseo y los semblantes que lo representan en la transferencia. Si esto es así en la escena del análisis, consideremos lo que sucede cuando la escena analítica se monta sobre una escena institucional.

La institución, como condición y como escena Desde hace décadas, los analistas hemos desarrollado nuestra práctica también en el espacio público, y en particular en hospitales. En fecha más reciente, y a raíz de la proliferación de empresas de salud, algunos –cada vez más– se han incorporado también a los sistemas prepagos. En ambos casos, aunque por razones diversas, se impuso a su práctica en esos ámbitos una serie de condiciones. Como he examinado previamente2, esas condiciones son todas del orden de una restricción, esto es, nos marcan lo que no podemos hacer, por caso trabajar con plazos no pautados de antemano, recurrir al diván o (en la práctica hospitalaria) recibir del paciente un pago.
No obstante, no es éste el único modo en el que la institución se nos presenta. Hay, también, una dimensión escénica, con su setting particular y en el que, sobre todo, el analista también ocupa un lugar: agente del Estado en la escena hospitalaria, prestador contratado en los sistemas prepagos. Si lo consideramos con cuidado, la principal consecuencia de esta situación es que el tratamiento analítico se constituye como una escena sobre la escena, con los efectos que en seguida retomaremos. Y bien, la play scene, así llamada por los teóricos del teatro, remite siempre, para su lectura, a la escena sobre la que se monta: cuando Hamlet pergeña su escenificación ante Claudio, es de su propio acto criminal –aún por consumarse– de lo que allí se trata. Aplicado a nuestro campo, esto lleva a pensar que, a menos que algo suceda, la intervención del analista –en sus distintas máscaras transferenciales– quedará referida a ese otro personaje por el que es tomado en la escena de la institución. Sus actos, entonces, serán antes que nada los del funcionario público o el prestador de un servicio, que debe responder, según el caso, ante el Ciudadano o su mutación contemporánea, el Consumidor. Punto éste, agregaré, que sólo puede retornar como obstáculo, y que comporta una potencial ineficacia de los semblantes.

¿Hay, entonces, alguna maniobra que restituya su lugar a la escena analítica? Sostengo que la hay. Si, entre otros aspectos, la acción del analista supone operar con determinados imposibles, de modo de, situándolos, habilitar el campo de los posibles –a contrapelo de la obra de la neurosis–, hacer lugar a las diversas condiciones institucionales, no desconocerlas, tendrá una doble consecuencia. En primer término, precisará el margen de nuestra intervención, trazando límites a los que quedará sujeta. En segundo lugar, que la institución sea enunciada como condición negativa neutraliza su presencia como escena, dando relieve a la escena que allí importa, que es la del tratamiento. Sirviéndose de la condición institucional, el analista despeja su posición, devolviendo a los semblantes su relación con la causa. Cuando estas condiciones son desconocidas, la escena institucional se abre paso como obstáculo. Como en otros terrenos, se comprueba aquí que todo desconocimiento concurre a perpetuar lo que se desconoce.

La Otra escena No podríamos concluir estas reflexiones sin una referencia a lo que constituye uno de nuestros rasgos distintivos: la dimensión de la Otra escena. Porque ningún tratamiento podría calificarse de analítico si apelara únicamente a la escena en la que quien consulta se presenta; el analista, si algo sabe, es que el sentido de esa escena sólo se esclarece en una escena segunda. Es la interrogación del analista la que viene a quebrar la pretendida clausura a la que ciertas psicoterapias querrían confinar la situación del tratamiento, imbuidas como están de un ideal de brevedad. Incluso en la más casual de las preguntas de un analista está implícito que una historia se compone del juego lógico de escenas, de las que al menos dos son necesarias.

Esa Otra escena, nótese bien, no es todavía el inconsciente, aunque sí su condición lógica. Si un tratamiento –breve o prolongado, «privado» o institucional– puede considerarse analítico, ello depende de que Otra escena ocupe su lugar. No importa, para el caso, que alguien encuentre en lo infantil un antecedente de lo que hoy lo hace padecer, o que alguna ficción literaria o cinematográfica nos preste su auxilio, o incluso que recurramos a una información periodística, lo esencial es allí que algo Otro interrogue la pretendida consistencia del «problema». Dicho lo cual, un análisis será aquel tratamiento en el que el inconsciente adviene al lugar de la Otra escena. Discurso del Otro, su emergencia pone término al tiempo que, desde ese momento, será juzgado preliminar. Ese tiempo previo al análisis supone, antes de que el Otro ocupe su sitio, un discurso de la realidad3 que es preciso tratar como lo que es, o sea, un discurso, sin olvidar que es en la escena de la transferencia que ese discurso se articula.

Estamos advertidos del punto al que nuestro recorrido nos conduce, a saber, la pregunta sobre la posibilidad o no de un análisis bajo las condiciones de la institución. Esa pregunta es legítima, sin dejar por ello de engañarnos. No se trata, entiendo, de invalidar de plano que lo que allí sucede tenga que ver con el análisis, pues la relación del analista con su deseo y los semblantes que lo representan se funda, más que se inhabilita, al hacer lugar a la condición institucional. Por otra parte, el modo en que acogerá el discurso que se le dirige presupone en ese discurso Otra escena, y la convicción del analista sobre el inconsciente –extraída de su experiencia– le es consustancial. Cabe suponer, en estas coordenadas, que alguna maniobra sobre el malestar será posible. La pregunta es más bien hasta dónde podremos acompañar al sujeto en su interrogación, y si ésta supone necesariamente que el escenario cambie y el marco institucional desaparezca. Sea cual fuere nuestra respuesta, la pregunta nos plantea un problema: cómo diferenciar distintos cierres posibles, tomen éstos la forma de una interrupción, una conclusión o un verdadero fin. Y una conjetura: que esa respuesta deberá dar razón no sólo de una búsqueda, sino del carácter fortuito de cada encuentro con la posibilidad de un análisis.

__________________
1. Cf. LACAN, J., «La dirección de la cura y los principios de su poder». En: Escritos 2, Siglo XXI, Buenos Aires, 1995.
2. En algunos artículos y en mi más reciente seminario, dictado en el Hospital Borda y titulado “Las intervenciones analíticas”.
3. Figura ésta que es conveniente desarrollar, y que esbocé en mi reciente ensayo sobre las psicosis. Cf. BELUCCI, G., Psicosis: de la estructura al tratamiento, Letra Viva, Buenos Aires, 2009, p. 113.
 
 
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