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   Saber de la historia

Franceses sordos y niños enamorados (Segunda parte)
  Una historia del problema del incesto
   
  Por Mauro  Vallejo
   
¿Cuándo y dónde ingresa el problema de las uniones incestuosas al terreno de la ciencia moderna? Las fuentes otorgan una respuesta muy precisa: a partir de 1850 aparecen en la medicina francesa una sorprendente cantidad de tratados dedicados al asunto. Théophile Gallard escribía en 1869: “Esta cuestión de los matrimonios entre parientes, de las causas que han hecho que en cierta medida se los prohíba, de las consecuencias que pueden acarrear, ha sido agitada muy fervientemente desde hace algunos años. Discusiones muchas veces ardientes y por momentos apasionadas han sido dedicadas a este tema y han reunido a las mejores mentes. Ello explica y justifica –así lo esperamos– la atención particular que creemos tener que dar a la palabra consanguinidad, que hasta este momento no había encontrado su lugar en los diccionarios de medicina”1. Así anunciaba este autor francés la sigilosa y digna intrusión de la temática incestuosa en las efemérides del saber médico. Alexandre Lacassagne, en el texto más completo y erudito que la tradición francesa nos ha legado acerca del tópico que nos ocupa, atribuirá a la memoria de Ménière de 1856, titulada Note sur l’étiologie de la surdi-mutité congénitale, el mérito de haber iniciado la discusión científica y documentada del problema2. En efecto, los primeros libros que asignaron relevancia etiológica a los matrimonios entre familiares se sustentaban en sondeos estadísticos referidos a pacientes sordomudos. Además de la tesis de Ménière, cabe mencionar el texto de Chazarin de 1859, Du mariage entre consanguines, considéré comme cause de dégénérescence organique et particulièrment du surdi-mutité congénitale, y sobre todo el estudio de Jean-Christian-Marc Boudin, “Dangers des unions consanguines et nécessité des croisements dans l’espèce humaine et parmi les animaux”, aparecido en 1862 en los Annales d’hygiène publique et de médecine légale y publicado como libro ese mismo año. A partir del análisis estadístico de las cifras pertenecientes a instituciones que alojaban sujetos aquejados de aquella patología, Boudin afirmaba que “... los sordomudos de origen consanguíneo son de doce a quince veces más numerosos que cuanto cabría esperar si dicha enfermedad estuviese repartida de una forma equivalente entre uniones consanguíneas y cruzadas”3.

Ahora bien, debemos preguntarnos por las razones que explican que en un período acotado de tiempo hayan proliferado los abordajes acerca de la consanguinidad. ¿Por qué de repente se constituye la temática del incesto en algo tan esencial, al punto de ser caracterizada como “... uno de los temas más controvertidos de la medicina general”4? ¿Por qué en esos años y en Francia? Nuestra hipótesis es la siguiente: las uniones consanguíneas recibieron una abrupta visibilidad debido a que el problema del incesto se constituyó en la derivación y el núcleo problemático de las teorías hereditarias premendelianas que la medicina europea esgrimía por ese entonces. Una toma en consideración del impacto que las ideas acerca de la herencia tuvieron sobre las ciencias médicas permite comprender, primero, el porqué del relieve adquirido por lo incestuoso, y segundo, el instante particular en que se desencadena el interés por describirlo. De hecho, el incesto devino un acuciante desvelo a mediados del siglo XIX ya que es precisamente en esos años cuando se arraiga y expande (fundamentalmente en Francia, y en gran medida gracias a la obra de Prosper Lucas) un consenso referido a la importancia y efectividad de las transmisiones hereditarias. ¿Cómo situar a la consanguinidad al interior de ese paradigma hereditarista? ¿Qué rasgos de tales teorías reclamaban o habilitaban una mirada atenta sobre lo incestuoso? Resulta casi natural que los matrimonios consanguíneos se transformaran en un objeto de franca preocupación siendo que las teorías hereditarias que regían el pensamiento médico decimonónico estaban construidas en base a una lógica de los cruces y las mezclas. Para una óptica anterior a las leyes de Mendel, lo transmitido hereditariamente no eran unidades discretas de información. La herencia era reductible a una idea del cruzamiento o mezcla de sangres, conocida normalmente por los términos de blending inheritance. Mirado a través de esa lente, el incesto era una suerte de puesta al límite o condensación de los fenómenos hereditarios, pues en las uniones consanguíneas se efectuaba la fusión de lo mismo, se operaba la multiplicación de lo semejante. Para tener una noción de la importancia que la problemática de los cruces poseía en esa medicina, basta con recordar el papel regenerador y curativo que se asignaba al ingreso de sangre nueva, o a los matrimonios convenientes, en uno de los sistemas de pensamiento que más colaboró en el afianzamiento de las ideas hereditarias. Así, el Traité des dégénérescences escrito por Morel en 1857 participa de lleno de este recorrido, no tanto por el lugar –absolutamente menor y secundario– otorgado allí a las uniones consanguíneas, sino esencialmente por el modo en que a lo largo de esas páginas se recalca el poder terapéutico de los cruces con miembros de familias sanas.

Por otra parte, el hecho de que la emergencia del objeto incesto debe ser leída como un capítulo o una resultante de la transformación de la medicina en un decir sobre lo hereditario (y sobre los matrimonios) se comprueba fácilmente si se analizan los encendidos debates producidos entre los profesionales franceses. La mayoría de los autores coinciden en dividir en dos grandes bandos a los teóricos de la consanguinidad: por un lado se ubicaban aquellos que, siguiendo a Boudin, asignaban al incesto una capacidad patógena independiente de la herencia; en segundo lugar estaban aquellos que, acordando con las ideas de Dally y Sanson, proponían reducir la consanguinidad a su rol de multiplicador de la transmisión hereditaria5. De todos modos, ¿qué tiene que ver esta historia con una genealogía del abordaje freudiano? ¿Aparecen acaso en este derrotero francés los elementos que signan la definición estricta que el psicoanálisis da del incesto, según la cual se trata siempre de un deseo, de una tentación a la que se teme y se rechaza? Abordaremos tales preguntas en la tercera parte de esta serie.
_______________
1. Gallard, T. (1869) “Consanguinité”. En Jaccoud, S. (dir.) (1869). Nouveau dictionnaire de médecine et de chirurgie pratiques, Tome 9, pp. 93-115. París: Baillière; pp. 95-96.
2. Lacassagne, A. (1876) “Consanguinité”. En Dechambre, A. (dir.) (1876), Dictionnaire Encyclopédique des sciences medicales, Tome dix-nevième, pp. 652-716. París: Masson & Asselin; p. 673.
3. Boudin, J.-Ch.-M. (1862) “Dangers des unions consanguines et nécessité des croisements dans l’espèce humaine et parmi les animaux”. Annales d’hygiène publique et de médecine légale, Deuxième série, Tome XVIII, pp. 5-82; pp. 9-10.
4. Anónimo (1864) “Bibliographie”. Gazette Hebdomadaire de Médecine et de Chirurgie, 1 de enero de 1864, p. 15.
5. Para un resumen de la discusión, véase Falret, J. (1865) “De la consanguinité”. Archives Générales de Médecine, VIe série, Volume I, pp. 209-220, 338-351, 464-480.
 
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