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   Problemas y controversias

Posmodernidad (III)
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
Creo que hay un lazo profundo entre el estado de excepción y la inexistencia, en Wittgenstein, de un juego de lenguaje total que abarcaría la totalidad de los juegos de lenguaje.
El alcance de la expresión de Wittgenstein tiene presupuestos e implicaciones tan vastas que es preciso, por lo menos para nosotros, que somos visitantes de este campo, partir de problemas que nos son cercanos, problemas que alguna vez –hace años, cuando los analistas nos interesábamos en problemas del lenguaje–, atraparon nuestra atención. (Ya se verá que estos rodeos, que puedo darlos apoyándome en la entrega de notas sucesivas, nos llevarán de vuelta al lugar que quiero interrogar: la modernidad tardía en la que vivimos y que nos impone un horizonte teórico y práctico que recién ahora empezamos a comprender.)

Decir lenguaje en singular es un acto de fetichización encubridora. Y, sin embargo, nada parece más natural que hablar de lenguaje. Así la gramática generativa –es decir, explicativa–, de Chomsky postula que la facultad del lenguaje posee un número invariante de propiedades cuya combinación varía de lengua en lengua. Dichas propiedades son la base de la cual derivan el léxico, la semántica, la sintaxis, la fonología.
El estudio de la gramática generativa –sostiene específicamente–, desplazó el foco de atención de la conducta potencial o real y sus productos al sistema de conocimiento que subyace al uso y la comprensión del lenguaje y, con más profundidad, a la dotación innata que hace posible que los humanos obtengan ese conocimiento. (…) Una gramática generativa persigue delinear exactamente qué es lo que alguien sabe cuando conoce una lengua, esto es, qué es lo que ha aprendido de acuerdo con los principios innatos.”1 Se ha pasado del estudio de una lengua considerada como un objeto exterior –lo que denomina “lengua-E”–, a la “lengua-I”, que es un mecanismo de generación, interiormente representado en la mente/cerebro.

Se ha producido una curiosísima inversión: el descubrimiento de que el sistema de la Razón, el sistema formal cuyas normas, reglas, incluso leyes, postularon los filósofos clásicos, dependía de maneras oscuras pero efectivas de las lenguas maternas, de las lenguas efectivamente habladas, de las lenguas materiales, digamos, perturbó intensamente al pensar tradicional.
Un filósofo alemán, Hamann, contemporáneo y amigo de Kant proclamó enfáticamente “La Razón es Logos, es decir, palabra”2.
La gramática generativa invierte el proceso y restablece la ficción de la “mente” con criterio naturalista –el cerebro, producto del discurso ahora se objetiva como su origen− y deriva las lenguas en sus estructuras de superficie de estructuras profundas que son la transposición de las leyes clásicas de la Razón.

(De otra parte, ya se sabe, las gramáticas particulares generativas sólo llegan al nivel de la frase; pero un discurso, lo mostró muy bien Benveniste, no tiene a la frase como su unidad elemental, porque su estructura es tabular y no lineal.)
La supuesta interioridad del lenguaje –espejismo engendrado porque se postula una “mente” que usaría del lenguaje como de un instrumento en virtud de principios innatos–, disimula su profunda y radical exterioridad, pero una exterioridad que nos concierne hasta en lo más íntimo nuestro. No hay tal universalidad del lenguaje, no sólo porque lo que nos circunda y nos determina a la manera del horizonte nunca será por completo objeto para nosotros, sino porque la misma idea de universalidad ha sido profundamente sacudida precisamente por Wittgenstein.

Una observación aparentemente sencilla de Wittgenstein al comienzo de su Gramática filosófica, “El lenguaje (Sprache) debe hablar (sprechen) por sí mismo”.3; dice, en verdad, que es el lenguaje, el que dice: que si se lo toma por objeto, se escabulle. Como afirma Paulhan; “Persigan el lenguaje, se les escapará; huyan de él, los perseguirá.”
Es la misma noción de universalidad la que está en juego: ¿Qué decimos cuando decimos que los elementos de un juego, de un conjunto numérico, de cualquier conjunto, tienen propiedades en común? Hay parentescos, pero indirectos: “una complicada red de parecidos que se entrecruzan y superponen”.4
Es decir, parentescos efectivos pero lacunarios: un rasgo que aparece en un elemento y desaparece en otro, reaparece en un tercero: pero, a diferencia de la metodología clásica, el lugar donde desaparece es tan esencial para el parentesco como aquel en el que aparece.

Se entiende entonces, aunque sea preliminarmente: hay juegos de lenguaje, en plural y desde el inicio. Todos tienen reglas, pero no hay una regla originaria, y sobre todo, las reglas particulares son profundamente lacunarias. Y por eso podemos apelar a la decisión, un término clave en la teoría del estado de excepción. La decisión, palabra que Chomsky, quizá para evitar que algo sospechoso se infiltre en su innatismo biologista, prefiere escribir con comillas, es requerida en virtud de las lagunas que exigen interpretación.

La modernidad tardía en la que vivimos nos ha inclinado, cada vez más, a pensar en todas partes y en todos los aspectos posibles, las discontinuidades, las heterogeneidades; nos ha constreñido a privilegiar lo local sobre lo general, a desconfiar de las soluciones únicas y centrales, de las metáforas supuestamente abarcativas que creen abarcar todo en una imagen que es solo el remedio precario contra la angustia.
Lo cual es, al menos en parte, una advertencia acerca de ciertas fórmulas ritualizadas –el “orden simbólico” es una de ellas–, que no pueden usarse salvo como expediente para una posterior indagación de sus múltiples y no unitarios niveles.
Ahora bien, la pregunta que se impone es la siguiente: si hay discontinuidad entre los juegos lingüísticos, ¿cómo hay que concebir la legalidad de los procesos sociales? ¿Cuál es el papel de la necesidad y cuál el del azar?
A partir de aquí retornamos al estado de excepción, el que las constituciones modernas han a la vez descubierto e intentado disimular con las normas constitucionales.
Estado de excepción es una expresión jurídica, equivalente a nuestro estado de sitio.

Una conmoción política que justifique el estado de sitio, si es previsible deja de ser excepcional. Pero sabemos que las normas del derecho liberal intentan prevenir lo imposible de prevenir con regulaciones tan genéricas y equívocas que no pueden expulsar la arbitrariedad.
El estado de excepción no es entonces un instituto jurídico sino un acontecimiento capital de la modernidad.
Es preciso seguir sus articulaciones con cierto detenimiento.

_____________
1. Chomsky, Noam, El conocimiento del lenguaje, su naturaleza, origen y uso. Alianza, Madrid, 1989, p.39.
2. Hamann, Johann Georg, Aesthaetica in nuce, (texto bilingüe alemán/italiano) Bompiani, Milano, 2001.
3. Wittgenstein, L. Gramática filosófica, UNAM, México, 2007, p. 7.
4. Wittgenstein, L. Investigaciones filosóficas, UNAM, México, 1988, p.88.
 
 
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