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   Entrevista

Esteban Levin
  Por Emilia Cueto
   
 
¿Qué fuentes y lecturas constituyen la base del trabajo en la clínica de niños con discapacidad?

El trabajo con niños con problemas en diferentes aspectos de su desarrollo: genéticos, neurológicos, neuromotores y otros, nos enfrenta a situaciones que una sola disciplina no puede responder. Rompe cualquier postura dogmática y se ponen en juego diferentes saberes. Las fuentes teóricas y clínicas que están relacionadas con el psicoanálisis, los problemas del desarrollo infantil y la filosofía son a mi entender los referentes más fuertes. Básicamente se trata de una articulación entre lo neuromotriz y el campo de la constitución del sujeto. En este sentido, por ejemplo, son esenciales los aportes de la neurología en relación al concepto de plasticidad neuronal y en los últimos años he propuesto articular con lo que denomino plasticidad simbólica. La plasticidad neuronal, la neuroplasticidad, demuestra fehacientemente que la experiencia deja una huella en la red neuronal. Es decir que más allá de lo innato, de la herencia genética, la experiencia para nosotros significante deja una huella que modifica y transforma la anterior.

Comprobamos entonces que la plasticidad simbólica de la experiencia infantil enmarcada en el campo del Otro modifica la conexión y transmisión entre las neuronas y estos cambios son tanto del orden funcional como estructural. De este modo la plasticidad introduce una nueva concepción del cerebro y lo neuronal, como así también de la experiencia infantil, ya que la plasticidad demuestra que la red neuronal durante el desarrollo del niño se encuentra abierta a la experiencia y los acontecimientos de la infancia como en ningún otro momento de la vida.

Se abren así los caminos para reconsiderar tanto el llamado determinismo genético como el determinismo psíquico. El trabajo clínico cotidiano con niños pequeños con patologías, síndromes y problemáticas diversas nos permite constatar los puntos de encuentro entre la plasticidad genética y la plasticidad simbólica. La idea de plasticidad simbólica, significante, entrelazada a la plasticidad neuronal inaugura una concepción original de la niñez y la experiencia infantil.
Siempre se consideró que los niños con problemas en el desarrollo no poseían ningún saber, simplemente son considerados en su deficiencia. El niño de este modo lleva siempre el peso de su patología y del estigma social que soporta. Entre estos dos paradigmas, ¿cómo construir la subjetividad? Por el contrario, al considerarlos sujetos nos encontramos con que ellos portan un saber, es ese saber el que podemos anticipar cuando de una estereotipia anticipamos un gesto, o, cuando a un grito lo transformamos en llamada. Ellos nos enseñan a detenernos en el mínimo gesto para poder establecer un lazo. Es a partir de ese lazo, de esa relación transferencial que los niños con problemas en el desarrollo nos enseñan la ética de lo posible frente a lo imposible de su patología.

Desde esta perspectiva en el libro Discapacidad clínica y educación. Los niños del otro espejo, ubico a los niños del otro espejo como aquellos a los que generalmente se los clasifica, tipifica e institucionaliza en prácticas terapéuticas, clínicas y educativas especiales de acuerdo con pautas, pronósticos y diagnósticos que estigmatizan la estructuración subjetiva y el desarrollo.
En este escrito propongo la inclusión en el otro espejo, apartándonos entonces de lo que supuestamente estos niños no pueden hacer, ni crear, ni decir, ni representar, ni simbolizar, ni jugar, para ubicarnos a partir de lo que sí pueden construir, pensar, imaginar, hacer, decir y realizar aunque parezca extraño, desmedido, caótico o imposible. Desde allí intento comprender lo que le sucede al niño frente a su problemática y los efectos que la misma suscita en el entorno familiar, escolar, clínico y social.

¿Qué es la clínica psicomotriz?

Desde nuestra mirada, la psicomotricidad no tendría que trabajar lo motor sino lo psicomotor, lo cual significa, por ejemplo, que alrededor de la función del “caminar” se estructura cierto imaginario, cierta historia, mito, ritos o cierto temor que hace que un niño no pueda caminar. El psicomotricista actúa en este punto: cómo hacer para que ese niño logre armar su función de la marcha –lo motriz– dentro de un funcionamiento subjetivo. Él coloca el cuerpo como instrumento para metaforizar el deseo del niño. Pero hay que tener en cuenta la abstinencia: hasta dónde lo coloca y hasta dónde no. “Coloco el cuerpo” para que el niño coloque el suyo. Con “coloque” quiero decir ponerlo en escena, que arme una representación en el movimiento. Desde nuestro punto de vista, debe haber en la infancia una experiencia y una representación psicomotriz, esto es, que el niño va armando sus representaciones, no las tiene armadas, para lo cual tiene que colocar su cuerpo en escena en un escenario simbólico. No le basta con mirar la televisión, no le basta con la palabra: hay un momento en el cual, además, tiene que jugarla, representarla, ponerla en escena, experimentarla.

En ¿Hacia una infancia virtual? señala que “la ‘muerte’ del juego corporal en favor de la tecnología digital y maquinal delimita un mundo en mutación, en el cual la experiencia infantil perdería el sentido de otras épocas”. ¿Qué indicadores de la clínica o de la observación darían cuenta de este cambio?

En la primera infancia la constitución del sujeto, la experiencia infantil, el desarrollo psicomotor son las actividades centrales de un bebé. Nosotros no comprendemos por desarrollo solamente el aspecto neuromotriz, sino que consideramos la primera infancia como un punto de encuentro, de anudamiento entre el desarrollo neuromotriz y la estructuración subjetiva, donde el Otro ocupa un lugar central en el armado escénico de la imagen del cuerpo. Ya que la primera imagen del cuerpo es la imagen del cuerpo del Otro, sin ella, el niño no podrá estructurarse subjetivamente y, por lo tanto, no podrá representarse y representar el mundo y los objetos. Sin imagen del cuerpo el pequeño no podrá jugar, y sin jugar, no podrá construir sus espejos.

La vida moderna actual ubica a la infancia como un espacio donde se le exige cada vez más que responda al ideal del consumo. En ese sentido, se aceleran todos los tiempos del desarrollo, ya casi no se juega, o el jugar es tomado como una simple actividad para aprender y enseñar. Cuanto antes el niño aprenda estará más apto para el mercado. Aunque el costo sea que el pequeño pierda la posibilidad de vivenciar, experimentar e historizar la experiencia infantil.
Cada vez se enseña más tempranamente inglés, computación y lectoescritura, esto ocurre desde los dos años. Para ello, se instrumentan nuevas técnicas, se crean nuevos instrumentos cognitivos, se organizan nuevos tests, en función de un mejor resultado para el mundo global. Las consecuencias más inmediatas de semejante exigencia son la poca creatividad, imaginación e inventiva que los niños de las nuevas generaciones tienen, pues les falta esa capacidad propia de la experiencia infantil de curiosear, inventar y descubrir un objeto, una palabra, un personaje que no está y que él encuentra sin darse cuenta, porque se lanza apasionadamente a jugar. Cuando más técnica hay, más distancia se establece con la experiencia infantil. Actualmente, el niño pasa más tiempo delante de una pantalla, que colocando el cuerpo, usando su imagen para jugar. No hay duda de que los actuales síntomas de los niños están en relación con esta problemática.
Uno de los riesgos del uso indiscriminado de la pantalla es la distorsión de la experiencia corporal que muchas veces lleva a los niños a producir síntomas como por ejemplo, el denominado síndrome disatencional (ADD) o niño hiperkinético. Lo que nos preocupa realmente en estos niños, es que a través del movimiento corporal no pueden jugar, se mueven todo el tiempo y se encuentran en una tensión permanente en la cual consumen lo infantil de la infancia. Se desborda lo que denomino la pulsión motriz.

¿Cómo hace un niño en la actualidad para decir que está angustiado? ¿Cuál es el modo de mostrar su angustia? Inteligentemente, muchos niños encontraron una forma de estar presentes a través del movimiento incesante, una manera de presentarse moviéndose sin parar. Entonces el movimiento desenfrenado del niño encarna la angustia, el goce, el sufrimiento que entra en juego en el movimiento corporal. De este modo, la angustia se actúa a través del desborde motriz que da a ver su sufrimiento.

En el libro anteriormente citado hace hincapié en la pregnancia que en la actualidad tienen los juegos digitales, incluso en los más pequeños. Entre los que describe se encuentran los de guerra, ¿qué diferencias se podrían ubicar, en tanto su influencia en los niños, entre estos juegos y los soldaditos a los que se solía acudir en otras décadas, donde también la agresión y la muerte del otro estaban en juego?
La diferencia estriba en lo que hemos denominado la violencia de lo imaginario. Es decir, una cosa es que el niño cree por si mismo una escena violenta a partir de la cual, de algún modo intente representar jugando la violencia y lo que para él no tiene representación, como por ejemplo la muerte, y de este modo generar una versión de aquello que para él le resulta imposible imaginar o pensar y otra cosa muy distinta es que un niño se refugie en el ciber espacio de las imágenes virtuales, generalmente anónimas, sin límites, donde un genocidio, una muerte digital se iguale de tal forma que de todo lo mismo sin importar ni la consecuencia ni el efecto de lo que hace, pues de todos modos es una imagen. Esta violencia de lo imaginario contrasta con la eficacia de lo simbólico y les confirma a los niños que ellos pueden pensar, hacer y experimentar en imágenes sin siquiera detenerse a pensar en ellas ya que es el goce con la imagen la que los sostiene, y la imagen no piensa ni produce de por si una experiencia infantil. Consumido por la violencia imaginaria, el niño navega en un espacio en el cual la muerte da lo mismo que cualquier otra imagen y él pasa a ser un objeto de la propia maquinaria de la imagen.
Sin embargo cuando un niño juega a la muerte busca un enigma y se desdobla para encontrarlo, por ejemplo cuando dice “yo me muero”, “me mataste”, “estoy muerto”, “ahora te mato”… En estas escenas se juega siempre a ser otro. Entonces, el niño inteligentemente juega a no ser él para “estar muerto” por primera vez, y así intentar saber algo de ella.

La temática jugar la muerte implica proyectarla hacia afuera, simbolizarla como acto singular. Al hacerlo el niño experimenta lo que podríamos denominar una “doble muerte”: por un lado la de la vida (hace de cuenta que muere) y por el otro la de la muerte, (hace de cuenta que revive, que vuelve de la muerte).
Jugar a la muerte es pensarla, perder el miedo y reaccionar frente a ella resignificándola con imágenes, fantasías que se dirigen a poder pensarla en la ficción sensible de una irrealidad que él crea. Esta es una diferencia con las imágenes virtuales que ofrece la pantalla pues son ellas las que crean la violencia imaginaria al ubicar al niño en una posición de objeto de la propia imagen.
La experiencia infantil de jugar a estar muertos no implica necesariamente violencia, sino una cierta agresividad necesaria para salir de sí y encontrarse del otro lado. Acceder al otro lado irreal, ficcional.

Usted refiere que la cultura contemporánea muestra un avance del goce de la imagen en detrimento del goce corporal, creativo y gestual, ¿Cuáles son las consecuencias para los niños?
Las consecuencias son múltiples. Paradójicamente los efectos de la aceleración y exigencia del mundo actual genera en la infancia nuevas relaciones con las imágenes y nuevos síntomas (como por ejemplo, anorexias y bulimias infantiles, depresiones, stress, insomnios, etc.) Si un niño ocupa mucho de su tiempo reproduciendo una imagen fija con la cual goza, ese goce genera un tiempo circular que se consume a si mismo, con lo cual el niño construye una experiencia que lo confina a un presente que no se resignifica. La velocidad del tiempo moderno no hace más que acelerarse en él al modo que ocurre con el niño denominado hiperkinético o ADD para el que la imposibilidad de detenerse representa una angustia gozosa y un goce de angustia.

Uno de los problemas más acuciantes que venimos planteando es que si en la cultura actual finalmente se homogenizan los lugares sociales, se invierte la promesa de padres e hijos y se pierden la simetría y el marco temporal propio de la diferencia entre las generaciones, en este marco no hay deuda simbólica como instancia esencial de la transmisión y la herencia, lo que como mínimo traería aparejado la pobreza de la experiencia infantil, la inestabilidad del lazo social, la insensibilidad hacia el otro y la creación de nuevos síntomas.

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La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com.
 
 
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