Entre los muchos emblemas que retornan de los años ‘60 (vestimenta, música, perspectiva utópica), merece saludarse el regreso de la figura del intelectual. Decir intelectual comprometido resultaría redundante, cuando el término intellectuel, forjado en Francia a finales del S. XIX en torno a las repercusiones del caso Dreyfus, designa precisamente a aquellos representantes de la ciencia, el arte y la cultura que se comprometen en una actividad eminentemente crítica. Frente a la influencia del chauvinismo antisemita difundido por la prensa oficial, el personaje de Émile Zola («J’accuse») se yergue desde entonces como un nuevo paradigma en el plano del debate ideológico.
En la promocionada era de las comunicaciones, los comunicadores devienen eficaces formadores de opinión, siendo la opinión pública la baza esencial de todo juego que se pretenda democrático. Diarios, revistas, televisión, radio, internet, telefonía celular, se tornan sólidos instrumentos de persuasión, orientados a la construcción de convicciones colectivas que se plantean como indiscutibles. Una suerte de totalitarismo de opinión disfraza así su hegemonía bajo los oropeles de la libertad de expresión.
Quizás podamos celebrar también el retorno de otro promisorio significante sesentista, muerto en su tiempo antes de nacer, e identificado con el nombre de contracultura. Porque la cultura multimediática ofrece, en los pliegues de su dispersa conformación, la oportunidad de una interactividad propicia a la revisión crítica.
Tomemos el caso de “Chiquita”, el más claro exponente de esa larguísima correa de transmisión de los valores del poder establecido, que ha navegado incólume las aguas bravías de la dictadura, bien predispuesta a erosionar de manera sistemática la respetabilidad de las investiduras de la democracia. Los almuerzos de la dama ocupan la mesa de las amas de casa que festejan en ella cierta distinción aristocrática, inmune al paso del tiempo y las arrugas, a la que aspirarían seguramente para sí. Gracias a los videos de Youtube, podemos volver a verla cuantas veces queramos denostando el viaje de la presidenta a Centroamérica, procurando defender, junto a la institucionalidad hondureña, el amenazado futuro de las democracias regionales. O, más crudamente, en la culminación de su inocultado gorilismo, intentando instalar la presunción del terror despótico, afirmando como una verdad de experiencia el supuesto temor de la gente a hablar contra el gobierno en una mesa de restaurant. Aunque no, evidentemente, en su mesa de televisión.
¿Pero existiría una verdadera corriente contracultural? En todo caso, frente a la uniformización civilizante que vehiculiza ejemplarmente la CNN, existen configuraciones que, de un modo u otro, y empleando sus mismos recursos, se proponen confrontarla. Foros de intelectuales, alguna revista alternativa, videos difundidos por Internet, el empleo de las llamadas redes digitales, los programas en los que la televisión se retelevisa a sí misma, ofrecen efectivamente la posibilidad de erigir un freno a la impunidad discursiva de los opinólogos de profesión, atenuando su calculado efecto subliminar. El asunto nos interesa íntimamente a los psicoanalistas, cuando nuestra praxis se inscribe ineludiblemente en un espacio contracultural. No sólo por desestabilizar obligadamente la integridad imaginaria donde el yo gustaría verse visto en el plano social y personal, sino, particularmente, por reconocer en el trabajo silencioso de la pulsión el zócalo del malestar estructural que cimenta la cultura. |