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   Teoría sin clínica, clínica sin teoría

La “fetichización” de la teoría
  Por José Milmaniene
   
 
Resulta frecuente comprobar, en la actualidad, una marcada disociación entre la práctica teórica y la práctica clínica de los analistas. Esta brecha entre los axiomas universales de la teoría y su despliegue en la singularidad del caso, responde a diversas causas entre las que podemos considerar:

A. La concepción de la teoría como un sistema conceptual cerrado, que posee las claves de todo significado. La práctica deriva en tal caso en una mera traducción simultánea de símbolos y significados pre-establecidos, que genera como “efecto de retorno” en el paciente, el bloqueo del infinito deslizamiento de las significaciones. La creatividad hermenéutica ligada a la interpretación de la significación latente, es desplazada pues por una rutinaria decodificación de signos, lo que supone la inclusión forzada de la particularidad del caso singular en la universalidad del esquema universal. Este modo de practicar el psicoanálisis sustancializa al paciente y lo toma como un sujeto ya-dado-ahí, al que se le aplica un saber previo cristalizado, mediante un dispositivo de traducción de signos, lo cual limita superyoicamente la creatividad, la que resulta siempre efecto del puro juego significante y de la libre circulación metafórica.

B. La tendencia resistencial a desexualizar la teoría, la que se transforma así en un mero juego intelectual con los significantes, lo que obstaculiza la necesaria “histerización” del paciente en la cura, dado que se refuerzan mecanismos obsesivos que anclan al sujeto en el goce masturbatorio de pensamientos sin el consiguiente acto transformador. Entonces al supuesto “realismo del trauma” se responde con construcciones obsesivas esquemáticas, que buscan recuperar la historia “tal cual aconteció”, para evitar así la (re)construcción de los mitos de los orígenes. Las intervenciones del analista, cuando están signadas por los “lenguajes deseantes” y por la dimensión libidinal de la transferencia positiva sublimada, se alejan de los riesgos de las formulaciones racionalizadas y deserotizadas, las que no hacen sino reduplicar las diversas modalidades de la “histeria desexualizada”, signada por los monotemas narcisistas que embargan a los pacientes.

C. La formalización y matematización abusiva de la teoría, relega la erótica del decir poético, que es el modo más logrado de la interpretación. El discurso del analista carece en consecuencia del necesario poder de dislocación filiado en los lenguajes “de segundo grado”, que son los que atesoran el poder disolvente que porta la ironía, la parodia, anfibología, la cita subrepticia y las alusiones humorísticas. Estos estilos interpretativos son lo que pueden deshacer con la mayor contundencia la infatuación de los enunciados yoicos y la arrogancia megalomaníaca, que subyace a todo dicho sintomático.
A los discursos repetitivos, tristes y aburridos de la neurosis, se les debe contraponer pues la promoción sublimatoria del erotismo del lenguaje, desde un lugar de enunciación habitado por el “plus de vida” propio de un analista que desea encontrar la diferencia absoluta, y que, por ende, no debe reduplicar obsesiva y especularmente los goces narcisistas que capturan al paciente.

La matematización excesiva del discurso psicoanalítico suele derivar en lo que Barthes denominó asemia, régimen discursivo vaciado de sentido –que solamente existe por su sintaxis y no por su léxico– y que siempre tiende a evitar la rica “impureza” de la polisemia. Pareciera entonces que al universo tautológico y monosémico, en el cual vive alienado el paciente, se lo busca reemplazar por un universo racionalizado, que retraduce teóricamente los relatos anecdóticos del paciente, sin ganancia de saber alguno. El psicoanálisis se debe inscribir pues el universo de los lenguajes deseantes, lo que sólo se logra cuando se asume el vértigo que deriva de la producción de sentidos inéditos, y no se retrocede frente a los riesgos de la “caotización polisémica”, la que claro está, deberá encontrar finalmente, a través de las intervenciones psicoanalíticas, cierto orden de legalidad simbólica.

D. El dogmatismo y el fanatismo fundamentalista de muchos analistas, que absolutizan el discurso psicoanalítico, reintroducen la fe en tanto culto “maternal” del corpus teórico, y la ciencia conjetural del sujeto deviene en un dogma religioso. Este modo de la práctica aleja al paciente de las palabras que nunca “llenan” el vacío simbólico –condición de la sublimación–, y lo obtura, con la sacralización fetichística de “objetos teóricos” plenos.
Por el contrario, el cuerpo conceptual freudiano, está signado por la castración, y es inherente a su constitución la pregunta por la “causa” en tanto perdida, obligándonos a no hacer causa más que con la búsqueda de la Verdad, siempre “semidicha”.
Por lo tanto el dogmatismo supone la reintroducción del orden imaginario, por parte de amos endiosados no atravesados por la castración, que propician la idolatría a “fetiches” teóricos. Recordemos que la no consumación del parricidio simbólico resulta correlativa de padres dominantes y castradores que no favorecen su propia destitución.
La recuperación de las palabras reprimidas y de los Nombres forcluidos, fundamento de toda rectificación subjetiva, es reemplazada pues por el adoctrinamiento pedagógico, que constituye al paciente como un discípulo sumiso, sin creatividad simbólica.
El fracaso de la sublimación se hace entonces evidente, en aras de la reintroducción de la fe, en tanto sometimiento sacrificial a objetos-palabras fetichizados, proferidos por figuras que remedan al padre de la horda primitiva.
Entonces, la convicción simbólica en la Verdad del inconsciente es reemplazada por la certeza imaginaria en la recuperación del objeto fascinante de goce, bajo la forma de una formación de sistema totalizador, de modo tal que la transmisión del saber sobre lo sexual, es sustituida por la recaptura en las redes viscosas de los goces incestuosos, tal cual lo patentizan las sectas psicoanalíticas endogámicas.

E. El pragmatismo suele derivar en una práctica meramente artesanal, reino de las intuiciones y las vivencias que nunca pueden fundar una concepción existencial, dado que se anclan exclusivamente en las proyecciones imaginarias de sentido. Habitualmente estas prácticas se asientan en el amor y en la vocación reparatoria como ejes centrales de sus políticas, dado que descreen del valor de la teoría, a la que consideran un obstáculo para el genuino encuentro con el Otro. Y sin bien es cierto que la ética se debe asentar en el cuidado responsable y en el acogimiento hospitalario del Otro, si se carece de teoría, se corre el riesgo de generar vínculos transferenciales insolubles, a la vez que se deja al sujeto inmerso en la ignorancia acerca de sus goces y deseos inconscientes.1
El amor sin saber y la contención afectiva sin Ley, no redimen sino que sólo logran suprimir la angustia, a costa del sostenimiento de la ilusión transferencial en la completud del Otro, lo que finalmente suele derivar en nuevas formas de dependencia.

Sostenemos que la teoría no opera como obstáculo para la práctica clínica, sino que es condición necesaria para su logrado despliegue. El encuentro transferencial entre el paciente que demanda razones sobre su sufrimiento y el analista en el lugar del sujeto-supuesto-saber-, se puede desplegar adecuadamente cuando se asienta sobre los conceptos centrales de pulsión de muerte, masoquismo esencial y superyo, es decir, sobre los nombres teóricos mayores de Culpa y Goce.
Finalmente el pragmatismo se reduce a un conjunto de intervenciones tácticas y estratégicas, que se limitan a resolver escenas conflictivas en si mismas, sin lograr incluirlas en el proyecto existencial general del paciente. Las prácticas signadas por el extremo pragmatismo, si bien pueden resultar eficaces, en la medida en que elaboran estrategias para “resolver” las conductas conflictivas, no intentan develar los fantasmas fundamentales que presiden los goces repetitivos, en los que habrá entonces de recaer una y otra vez el paciente.
Evidenciadas algunas de las causas que generan la brecha entre la teoría y la clínica, debemos situar nuestro decir, de modo tal que la práctica teórica y la práctica clínica se integren en una articulación dialéctica, dado que la clínica sin teoría deriva en un empirismo inconsistente, y la teoría sin clínica se extravía en conjeturas indecidibles y en abstracciones estériles e inconducentes. Debemos pues evitar los riesgos del teoricismo –que deviene en filosofía–; así como del pragmatismo, que deriva en la mera supresión sintomática.

El analista debe sostener una teoría que devenga en operatoria clínica, es decir, la clínica es la puesta en acto de la teoría. Pero no olvidemos que si bien los axiomas universales de la teoría operan “desde antes” del encuentro singular con el paciente, es en la transferencia misma donde se produce el despliegue de la teoría, en una práctica que se crea en y a través del lenguaje. No se trata pues de “aplicar” la teoría sobre un sujeto objetivado, sino de que en un mismo acto se constituye el acontecimiento clínico como efecto mediado de una teoría que lo condiciona y determina.
La ruptura del vínculo que articula clínica y teoría, responde a una fuerte resistencia del analista, dado que la potencia del análisis reside en esta conjunción libidinal entre el decir teórico y la vivencia transferencial. Es allí, en la intersección misma de los enunciados en su encuentro con el Otro en transferencia, donde se “juega” el ser de goce en toda su plenitud y se pone en cuestión el sujeto mismo. Por eso se suele optar por el cómodo refugio que procura la teoría sin clínica, que en tanto mero artificio intelectual no pone en cuestión la castración; o bien por una clínica sin teoría, que excluye la densidad existencial que moviliza el pensamiento cuando se piensa a si mismo, convocado por la alteridad que nos interpela y de la cual somos responsables.

La huida fóbica de los analistas frente al “horror de lo real” que moviliza el acto clínico, en tanto confrontación con la falta que evocan los síntomas, y que en psicoanálisis se llama castración, adquiere pues la forma privilegiada de la disociación de la teoría de la clínica. En tales casos se cae en la impostura del como si, y quizá aquí residan las causas de tantos fracasos terapéuticos, dado que el saber teórico sin anclaje clínico, así como la clínica sin teoría, no inscriben nunca marca ni dejan ninguna huella en la subjetividad. Entonces se podrá haber transitado por un análisis sin haber tenido la experiencia intransferible de haber sido afectado en el núcleo de goce objetal que habita en el núcleo del Ser, y al que sólo se arriba cuando se despliegan las interpretaciones –que portan condensadamente el saber teórico– en el encuentro transferencial.
De modo que el “horror de lo real” traumático que despierta la clínica se puede enfrentar merced al recurso sublimatorio –defensivo a la vez que revelador– que procura la teoría desplegada en el acto clínico comprometido, tal como escribe Philippe Julien2: “Ni idealización ni desexualización, sino una ética del bien decir, un arte de la palabra que permite colonizar ese horror fundamental del goce del otro o de sí mismo. Sólo el arte de la conversación entre un hombre y una mujer, entre una mujer y un hombre, es capaz de levantar una barrera a ese más allá del bien que llamamos maldad.”
Se entiende: sólo el arte del “buen decir” en transferencia –que siempre alude a la diferencia sexual–, puede acotar el goce de lo real, y contribuir a la promoción sublimatoria y al “progreso en la espiritualidad”, objetivo último de la cura.

________________
1. Sobre la dimensión ética en la cura psicoanalítica véase el capítulo 5 “Ética y cura psicoanalítica” en Milmaniene, José: La ética del sujeto, Biblos Bs. As. 2008
2. Julien, Philippe: Psicosis, perversión, neurosis, Bs. As, Amorrortu, 2002, p. 154
 
 
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