I. El agotamiento del discurso político de los últimos tiempos, cuyo síntoma más notorio es la proliferación de utopías edificantes y banales –agotamiento teórico y práctico, es casi obvio decirlo–, ha hecho que se acuda, ¡cuándo no!, al caudal siempre generoso de Michel Foucault para promover una noción tan fecunda en su poder descriptivo como incierta en su estatuto; me refiero a la así llamada biopolítica, expresión que Foucault opuso años antes de morir a la así llamada también con una expresión plástica anatomopolítica1; mientras esta última se ocupa del disciplinamiento de los cuerpos individuales, para vigilarlos, castigarlos, premiarlos, conducirlos, la biopolítica, desarrollada a partir de fines del siglo XVIII, se ocupa de la población como tal, de la especie humana, en suma, de la vida como tal. Así se pasa de administrar la muerte a administrar la vida a través de la higiene pública y de la medicalización de los habitantes aprehendidos como conjunto. Emergen entonces los problemas de la natalidad, de la reproducción, de la morbidez, pasan al primer plano las condiciones que disminuyen las fuerzas del trabajo y traen costos económicos sensibles. Y no se trata tan sólo de la aparición de instituciones de asistencia, distintas de las tradicionales, ligadas a la caridad eclesiástica, sino también de mecanismos más sutiles y racionales de organización, por ejemplo, de la seguridad y el ahorro de la población.
Ahora bien, la simplificación ideológica y la difusión propia del mercado que condiciona el producto gracias a las gacetas periodísticas, las solapas, las contratapas, la propaganda en revistas culturales, etc., tiende a convertir esta noción en una contraseña, e incluso en un salvoconducto, que abriría las puertas a una nueva especialidad y hasta a un nuevo territorio del saber. ¡Pronto, muy pronto tendremos una licenciatura o quizá incluso una maestría en biopolítica!
Se advierte, de entrada que la noción de biopolítica tiene tan sólo un alcance descriptivo, sin duda fecundo, a condición de que no incurramos, una vez más, en el desconocimiento más extremo: los historiadores no necesitaron de la invención del término para analizar el fenómeno.
Digamos, para ser gráficos, que después de la Primera Guerra Mundial gobiernos tan distintos entre sí como la socialdemocracia sueca, el nazismo y el facismo, la URSS de Lenín y de Stalin, los Estados Unidos del New Deal rooseveltiano, pusieron en marcha mecanismos biopolíticos. En suma: la biopolítica no es por sí misma política alguna, se integra en diversas configuraciones de poder, en diversos mitos y ritos, en organizaciones y estrategias heterogéneas entre sí tanto en el nivel estructural como en el histórico.
Para decirlo con la mayor claridad posible: la biopolítica es un aspecto derivado del crecimiento cualitativo y cuantitativo del Estado desde el siglo XIX hasta el presente; y el neoliberalismo no alteró en lo fundamental esta tendencia, le hizo cambiar de dirección por un breve período, pero tan sólo para que las fuerzas estatales se reordenen.
Para atenernos a algo cercano y que nos concierne, el historiador uruguayo Barrán estudió lo que llamó “El disciplinamiento” de la sensibilidad en el Uruguay entre 1860 y 1920, época que opuso a la anterior, denominada con un término sarmientino “bárbara”, la transcurrida entre 1800 y 18602. Ese disciplinamiento nos interesa porque en textos posteriores Barrán estudió la medicalización de la cultura del Uruguay moderno que responde al mismo fenómeno biopolítico y que, obviamente, por la semejanza de las estructuras, también puede extenderse a nuestro país3.
El papel obsesivo que llega a desempeñar la higiene, el énfasis en la seguridad social y en las prácticas de ahorro, entre otras manifestaciones, no responden sólo a los imperativos técnicos e ideológicos de la acumulación capitalista en la era de la industrialización dirigida, en buena medida, por el capital inglés. Están en cuestión y en no menor medida la represión de la violencia privada en beneficio del orden público, la supresión de los juegos “bárbaros”, las formas groseras de exhibición de la muerte –ya no habrá ejecuciones en las plazas públicas, por ejemplo–, y por cierto la vigilancia extrema sobre las conductas sexuales, de la cual forma parte la idealización sentimental de los afectos amorosos. (En este punto ya no sé si es válido en general diferenciar nítidamente la llamada anatomopolítica de la biopolítica).
II. Esta noción se ha insertado en un contexto francamente regresivo; y por ello podemos juzgarla de acuerdo con el impacto público de la difusión más que en el detalle del pensamiento siempre en movimiento del propio Foucault.
Sostener, pongo por caso y no se trata de un caso cualquiera, que el Estado clásico ha caducado porque ahora el principio de soberanía ha sido sustituido por el principio de normalización de las grandes poblaciones es algo absolutamente falso.
La soberanía del Estado, ejercida como monopolio de la violencia legítima, según la fórmula de Weber, sólo es soberanía efectiva cuando está encarnada. Y no rehuyo el alcance teológico de la noción: en cada uno de los vértices de las redes del poder4 hay un cuerpo, una imagen, una voz susceptible de ordenar la marea de las masas y las violencias de las contraposiciones propias de sociedades complejas. Desde luego, el poder siempre se divide y periódicamente decae, pero la tendencia a la indivisión es constitutiva y aquí irrumpe esa aparente paradoja que es propia del mundo contemporáneo: sin hegemonía no se preservan la heterogeneidad de intereses y valores que hacen a lo más entrañable de lo que deseamos; más cuando la hegemonía excede cierto nivel todo se degrada sin remedio. Difícil equilibrio que carece de fórmulas que pudieran normalizarlo.
Sea como sea, los fenómenos biopolíticos dependen de las políticas de Estado, es decir de los modos de la soberanía; esto es seguro.
Otra regresión ligada a la primera es encarnada por la obra de un pensador muy afín a Foucault, me refiero a Deleuze. Éste privilegia el bios; y así sostiene, desde un anarquismo romántico bastante elemental y ya refutado por Hegel, sostenido en las ilusiones más pobres de Nietzsche, que la vida como tal se enfrenta a las potencias del Estado. El tema da para largo pero quiero puntualizar algunas cosas.
Foucault se equivoca en un punto muy crucial: no es sobre la vida de la especie que se ejerce la biopolítica, sino sobre los hombres como seres sociales. La biopolítica no los alcanza directamente en su ser biológico. La vida por sí misma no es lujo, no es exceso, ni es creacionismo; según la sobria definición de Freud es el conjunto de fuerzas que resisten a la muerte, definición complementaria con la de Schopenhauer, para quien la vida es sufrimiento. La vida interviene en las regulaciones sociales sólo como contenido configurado, no como forma configurante, diré para usar una terminología ya tradicional. Y si tiene alguna potencia disruptiva es por el exceso de sufrimiento y no por otra cosa.
En un texto conmovedor de Nietzsche y que pertenece a Así habló Zaratustra, se dice que el dolor es profundo pero que más profundo es el Lust, el placer.
¿Es necesario decir que todo es al revés, que el placer tiene un alcance corto, que el dolor es más profundo y duradero y que más allá de ambos la muerte gana la partida?
Si el hombre es un animal político vertical (un siciliano reaccionario, Mosca, decía que hay formas diversas de gobierno, pero que todas son, en el fondo, monárquicas), es en gran medida para protegerse, en virtud de un simulacro de trascendencia, de las verdades últimas y desnudas.
No conocemos un sólo ejemplo de política en la cual la traición no sea el reverso de la lealtad y el disenso no se torne causa de expulsión; lo dicho no nivela las políticas ni justifica el desdén apolítico; las hay muy diversas y muy opuestas en sus valores, pero señala sus límites. Así como sigue siendo político rechazar la política en ciertos terrenos que preservan la dignidad humana, es ético tomar decisiones políticas allí donde la ética está siempre amenazada.
En todo caso no hagamos de la biopolítica un palio universitario para confortar el impotente pundonor espiritual del intelectual.
1. Le Foucault électronique ( versión 2001); Il faut défendre la société(1975/1976), pp. 216/217.
2. Barrán, José Pedro, Historia de la sensibilidad en el Uruguay, tomos 1 y 2, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 1990.
3. No tengo a mano el texto de Barrán sobre el papel de la medicina y del médico en su país, y por eso no lo cito.
4. La política es vertical; siempre lo fue y los intentos de horizontalizarla cometen la falta ética de desconocer los límites de lo humano. |