La condición posmoderna de Lyotard, ya lo he dicho, es una mezcla de cosas por momentos sorprendente, en la que es preciso indagar para separar aspectos sin duda cruciales para el pensamiento contemporáneo, de otros que comprometen su valor.
Por ejemplo, y no es un ejemplo cualquiera, la cuestión de la llamada “legitimación de los discursos”.
Tradicionalmente se suponía que la filosofía legitimaba a la ciencia y a la moral. Luego, en la época positivista, se invirtió la presuposición: la ciencia legitimaba (o deslegitimaba) a la filosofía. Un poco antes, a fines del siglo XVIII, Kant comienza a cambiar –y radicalmente– la situación; Lyotard, experto en Kant, lo sabía con claridad.
Aunque se suponga que hay una unidad final e ideal, (final, ideal e inalcanzable) de la Razón, el lenguaje epistémico, el ético y el estético marchan por carriles diversos: Kant descubre (o redescubre, más bien) la esencial heterogeneidad y complejidad de planos de la Razón.
A partir del mundo conocido como “La Viena de Wittgenstein”1, a partir del pensamiento de Mauthner, de Musil, de Hoffmannsthal y del propio Wittgenstein, entre tantos, se impone una tendencia que hoy es dominante y forma parte del escenario “posmoderno”2.
La ciencia no puede legitimar a la ética, pero tampoco puede legitimarse a sí misma.
Por su parte, la filosofía ha fracasado en legitimar a las ciencias “duras” (las que tradicionamente merecen el nombre de ciencia, aunque mucho habría que decir de esta supuesta “dureza”). Como lo ha dicho Feyerabend, provocativamente, el científico es un “oportunista” y el epistemólogo que sistematiza esos hallazgos en un sistema, es un mero propagandista. Cuando la ciencia moderna nace, aparecía a los ojos de sus contemporáneos como “insensata”. En la medida en que es una construcción que renuncia a las causas primeras y cuya legitimación empírica es posterior en gran medida a su desarrollo y depende, además, de este mismo desarrollo, podemos decir que ella se ha impuesto con una fuerza constrictiva tan cabal como infundada: nadie ha sabido hasta ahora dar cuenta del vértigo de su nacimiento, el vértigo de estos “sonámbulos” (así llamó Koestler a Galileo, a Kepler y a su tribu), ahora que se nos muestra como ciencia “normal” y ligada supuestamente al sentido común. (Desde luego, la fuerza constrictiva que ejerce y que desaloja a otras concepciones rivales, es una prueba en sí misma, una prueba inmanente que sólo trasciende en virtud del dominio que ejerce: no hay otro criterio de verdad.) Y aquí viene lo interesante: el lazo social –dice Lyotard– es lingüístico, “...pero no está hecho de una única fibra”3.
Acude a la noción de juegos de lenguaje de Wittgenstein. Un juego4 lingüístico es un campo de intercambio reglado de mensajes; reglado, sí, pero no saturado. Asimismo no se concibe que un juego sea parte de un juego mayor: no hay un juego de juegos y sólo asistimos, por lo tanto a la diseminación de los juegos.
Lyotard acude a un ejemplo del propio Wittgenstein, que pertenece a sus Investigaciones filosóficas5; ejemplo del que luego sacaré otras conclusiones que las de Lyotard. Wittgenstein compara a los juegos de lenguaje con una ciudad en la cual coexisten barrios viejos y antiguas callejuelas de trayecto irregular con otras construcciones de zonas más modernas y de calles rectilíneas. A la ciudad vieja, agrega Lyotard, se suman ahora el simbolismo químico, las notaciones infinitesimales, las matrices de las teorías de los juegos, el lenguaje del código genético, etc. Mas, todo esto, ¿meramente coexiste como lo quiere, ya lo hemos visto en una nota anterior, Rorty? Para éste las nociones clásicas de verdad y método han desaparecido y por tanto –sostiene– “hay cosas que funcionan y otras que simplemente no lo hacen”.
Es cierto: no hay un metalenguaje universal que pueda regir y codificar el conjunto de lo que llamamos cultura. Esa es la razón por la cual me he opuesto a ciertas extrapolaciones de términos nuestros –“significante”, “real”, pongo por caso–, a otros campos sin ninguna restricción, lo cual lleva a la más torpe de las intrusiones. Lo que llamamos “significante” es una unidad de segundo grado con respecto a la noción de signo, que pertenece a un primer grado. Unidad que funciona como interpretante que descompone, problematiza y reordena elementos del signo, pero bajo ningún punto de vista puede pensarse como una suerte de término metalingüístico general que despejaría la esencia del lenguaje, entre otras razones porque la realidad de las disciplinas que estudian el lenguaje son ya plurales desde el inicio6: hay que hablar de lenguajes, en plural, y no de lenguaje, en singular.
No obstante, la misma metáfora de la ciudad puede llevarnos a otro lugar. Descartemos el modo más clásico de concebir la unidad de la cultura a partir de una instancia constante, homogénea, idéntica a sí misma a través del tiempo y que controla todas las instancias sin ser a su vez controlada por ellas. Pero una ciudad no es un mero agregado de sitios; algunos tienen prioridad, aunque sea circunstancial, otros se eclipsan en tal o cual período para reaparecer más tarde con esplendor: hay conflictos, interferencias, dominios circunstanciales, desplazamientos de los condicionamientos a través de las épocas. En términos de Wittgenstein: los juegos ni son paralelos ni se disponen en un orden único y cerrado de jerarquías. Se solapan, embrollan, intefieren constantemente entre ellos pero de una manera que varía con el tiempo: tal o cual disciplina que hegemonizó a otras durante un período, luego puede pasar al olvido. De otra parte, el tiempo es esencial: en tiempos de crisis del orden social, las ideologías en conflicto producen un efecto de brutal simplificación al buscar (y muchas veces encontrar) la contaminación de los otros discursos. Hay que mantener un difícil equilibrio entre la heterotopía –la diversidad estructural de las instancias sin que remitan a centro alguno que las gobierne–, y la existencia de equilibrios inestables, circunstanciales, pero efectivos; lo cual implica que hay asimismo jerarquías también coyunturales.
Una noción descubierta por Carl Schmitt y luego utilizada en distintos ámbitos, incluso en el estético, por Bejamin, el estado de excepción, es la que debemos pensar para no obstinarnos ni en un pensamiento obsoleto ni tampoco en el conformismo escéptico.
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1. Véase el excelente libro de Toulmin, S., y Janik, A., La Viena de Wittgenstein, Taurus, Madrid, 1983.
2. Que se consolide en el mundo vienés de fines del siglo XIX y comienzos del XX, revela mejor que nada que el llamado “posmodernismo” es la modernidad en su etapa culminante; lo cual, sin duda, es un relato y no precisamente menor.
3. “La condición posmoderna”, cit., p.77.
4. La noción de juego supone la de apuesta y correlativamente la de incertidumbre: no hay reglas sintácticas o semánticas que puedan decidir unívocamente sobre el alcance de los intercambios lingüísticos.
5. Wittgenstein, L. Investigaciones filosóficas, UNAM, México, 1988, p.31.
6. No existe una ciencia del lenguaje sino diversas escuelas. De otra parte, como lo muestra el ejemplo clásico de Benveniste, una misma disciplina admite niveles diversos y diversidad metódica. |