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   Entrevista

Gabriel Rolón
  Por Emilia Cueto
   
 
Habiéndose recibido de Perito Mercantil comenzó sus estudios en Ciencias Económicas, carrera que dejó para pasar al Profesorado de Matemáticas, a la par que se encontraba en análisis. ¿En qué momento y por qué decide pasar del lenguaje de los números al lenguaje del inconsciente?

Yo soy profesor de música y en ese entonces daba clases en un colegio secundario. Eso me permitía adentrarme en el clima del colegio, para quedar enganchado y cuando me recibiera de profesor de matemáticas, seguramente quedarme allí juntando experiencia docente. Y en un momento entendí que más que enseñarles a los chicos, me gustaba escucharlos. Me di cuenta porque en las horas libres, mientras todos los profesores se reunían a fumar, a tomar café y relajarse en la sala de profesores, yo me iba al patio a hablar con los estudiantes. A veces interrumpía la clase y decía: “Bueno, ustedes hagan otra cosa pero en silencio” y acercaba a algún chico adelante para conversar con él porque lo veía mal, o me decían: “¿profe, puedo hablar con usted?” Y me empecé a dar cuenta de que más que trasmitirles conocimientos, lo que me gustaba era escucharlos, tratar de ver si los podía ayudar de alguna manera. Eso me hizo un clic y me di cuenta que lo mío pasaba por el lado de la psicología.
Había tenido mucha lectura de Freud y otros autores antes de la facultad, me apasionaba. Incluso había leído como cualquier adolescente de mi época, cosas que hacían a la psicología oriental: Castaneda, Gurdjieff, Ouspensky. Asimismo accedí a otras lecturas en esa búsqueda adolescente por romper moldes o por encontrar algo que se diferencie un poco del entorno. Lo mío siempre había ido por el lado de la psicología. Así, tomé conciencia de que no tenía que seguir estudiando docencia, porque si me recibía, el trabajo demandaría ocupar 40 horas o más para vivir de eso, entonces lo mejor era que cambiara rápidamente de barco y me pusiera a estudiar psicología. No fue sin un cierto temor, un esfuerzo, porque tenía 26-27 años e iniciar una carrera a esa edad me parecía un poco fuerte. Mi imaginario marcaba que uno empezaba una carrera cuando terminaba la secundaria o un poquito después, pero por suerte me decidí, de lo contrario me hubiese arrepentido mucho.

Una de sus pasiones, como menciona, era y es la música, lo que a su vez le permitía solventar sus otros estudios. Fue por la música que conoció a Alejandro Dolina, ¿cómo se produjo ese encuentro?

Yo trabajaba como guitarrista de tango. Alejandro estaba buscando guitarristas porque tenía ganas de hacer una grabación y era amigo de uno de los cantantes de Hernán Salinas, uno de los cantantes que yo acompañaba. Entonces, charlando Hernán le dijo: “Bueno, te voy a presentar a los violeros míos a ver qué te parecen”, y fue así como fuimos un día a casa de Alejandro los tres guitarristas. Yo ya lo leía, lo admiraba, lo escuchaba, pero personalmente lo conocimos ahí, nos quedábamos y empezamos a armar temas, a juntarnos una vez por semana. Poco a poco se fue dando que terminaban los ensayos, los demás se iban y Alejandro y yo nos quedábamos conversando. Empezamos a descubrir que teníamos algunos temas en común: la literatura, la mitología. Se dió así que alguna vez por ahí recibí un llamado un sábado a la noche: ¿qué vas a hacer? “Yo nada”, “¿Querés que salgamos a tomar un café?” Salíamos a conversar y se genero una amistad. Con Alejandro trabajé por primera vez colaborando en una investigación periodística, también desarrollé una cierta colaboración en guiones de un programa de televisión que él hizo con Lalo Mir, que se denominó Fuga de cerebros. Yo ya había participado como músico con él, como invitado en algún espectáculo teatral suyo, o acompañándolo en su programa de televisión con las guitarras. Y un día me convocó para hacer una suplencia de Guillermo Stronatti, quien no podía asistir al programa por cuestiones personales durante dos semanas. Ya había transcurrido mucho tiempo, me había recibido de psicólogo, y la idea de hacer algo con la música, con el arte, era un sueño abandonado por mí. Apareció esa contingencia, y me quise dar el permiso de cumplir un sueño, porque para mi trabajar con Alejandro, cuando yo tenía 23-24-25 años era uno de mis sueños. “¡Cómo me gustaría trabajar con este tipo!” decía cuando lo escuchaba o cuando lo leía, se dio esa posibilidad y me fui. Fui a Mar del Plata por 2 semanas y me quede 15 años.

En una entrevista publicada en la Revista Noticias refiere que: “La teoría psicoanalítica es maravillosa y a veces los psicoanalistas no hemos estado a la medida de los cambios de los tiempos para adaptar el método”. ¿Qué cambios propondría y por qué?

Considero que básicamente hay que recordar que Freud expresaba que la realidad es una cuarta instancia psíquica, e intentar aplicar fríamente lo que en Paris o en Viena funciona, puede llegar a ser una torpeza para la realidad argentina. No, por supuesto, a la hora de escribir en el pizarrón la formula de la metáfora paterna, o de dibujar el gráfico del jarrón invertido, eso funciona en todas partes al momento de pensar. Pero si uno no entendía, por ejemplo, en el 2000 o 2001 que cuando un paciente pedía pagar la mitad, o venir cada 15 días, no era una resistencia, sino una realidad, creo que se estaba perdiendo la posibilidad de escuchar lo que estaba pasando.

Me parece, por ejemplo, que se puede hacer psicoanálisis cara a cara. Yo utilizo mucho el diván. Pero cuando no, desde mi misma técnica, desde mi misma teoría, hago psicoanálisis cara a cara, sin ningún problema. Me parece que hay que evaluar muy bien cuáles son los pacientes posibles para nosotros los analistas; y en cuáles, con humildad –porque nuestra técnica está castrada como nuestra teoría–, debemos reconocer que no son casos para nosotros y confiar –por qué no– en otras teorías que aunque estén enfrentadas en el modo, inclusive de pensar al sujeto, para ese sujeto en particular pueden ser, en ese momento, mejores que la nuestra. Yo trato de tener una actitud abierta, me parece que el psicoanálisis, básicamente, tiene que ver con no olvidar que pensamos al paciente como un sujeto del inconsciente y que sostenemos la castración en nuestra escucha. Después si los tuteamos, si le hablamos en el ascensor, si pasamos por un bar, están sentados y nos dicen: “sentate” y nos quedamos un minuto charlando, no pasa nada, no pasa nada.

Por suerte tuve un analista, digo por suerte porque uno es hijo de su análisis también, muy abierto. Tuve un analista que estuvo junto a Oscar Masotta y la gente que introdujo a Lacan en Buenos Aires, que estaba más allá de los estereotipos y las cuestiones religiosas que a veces tiene el psicoanálisis. Era un tipo totalmente abierto, que no tenía problemas en decirme -si estaba muy agotado por estar en el consultorio desde las 8 de la mañana siendo las 8 de la noche: “¿Le jode si la sesión la hacemos en el café de la esquina, que no salí en todo el día?” ¡Vamos! Y he tenido unas sesiones bárbaras y no se le caía ningún anillo, ni se me caía ninguna transferencia por esas cosas. Lo que a mí, humildemente, me parece es que hay que tener cuidado y no transformar al psicoanálisis en una religión. A veces escucho charlas que me parecen ciertamente discusiones religiosas y eso me preocupa. Me preocupa a la hora de pensar si quiero integrar eso o quedarme. Me preocuparía quedarme, yo prefiero irme de esos lugares, de los que seguramente me echarían igual, no hace falta que me vaya, pero seguramente ellos están encantados de que yo no pise sus entidades. Por mi parte, también estoy encantado de no hacerlo. Me parece que, excepto que lo veamos como algo filosófico, el psicoanálisis tiene que estar piel a piel con la gente. El psicoanálisis es un método clínico, no existe un analista si no hay un paciente. Si después todos los analistas del mundo queremos encerrarnos a discutir está todo bien, pero esas ya son cuestiones más filosóficas. Y cuando de esas cosas se deduce, que el que no acepta esta nueva fórmula que nosotros hemos planteado es un hereje, eso es algo religioso. Afuera sigue estando la gente con los mismos dolores y los mismos sufrimientos de siempre, mientras nosotros por ahí nos encerramos a discutir. Desde que me recibí siempre he ejercido, no he estado un solo día lejos del paciente, y casi desde que me recibí no estuve jamás en reuniones de analistas.

La relación entre la comunidad analítica y quienes participan en los medios de comunicación ha sido compleja.

Sí, sí, conflictiva diría yo.

Lo que suele aparecer es la exclusión, el cuestionamiento. Así lo refirió Eva Giberti cuando abordamos este tema en un reportaje realizado hace unos años o José Abadi cuando habla del “prejuicio de desjerarquizar la teoría” al promover la divulgación ¿Usted coincide en que se trata de un prejuicio? y de ser así ¿qué subyace a esta posición?

Sí, sí. Creo que en los medios uno puede ser regular, malo, más o menos bueno, muy bueno, como en todas partes. Hay cuestiones que obviamente no son aptas para hacer en un medio, uno no puede hacer clínica en un medio de comunicación. Lo que sucede es que, así como hay muchísimos que tienen una escucha generosa y abierta para lo que uno hace, hay otros que no. Por ejemplo, a mi programa Terapia única sesión, en chiste le pusimos ese nombre porque me causaba mucha gracia un artículo que había leído acerca de la terapia única sesión, que se estaba practicando en Estados Unidos. Me resultaba gracioso que alguien pensara que en un día, porque se pasaba todo un día con el psicólogo, se iba a curar. A modo de chiste dije: “bueno, ya que vamos a hacer una sola entrevista pongámosle terapia una sola sesión”. Y por ser analista, buscamos una rima escenográfica que proponía, que en vez de cara a cara, se acuesten en un diván. Pero que no era otra cosa más que un periodístico, íntimo, pero totalmente respetuoso. Yo les preguntaba a todos y cada uno de los invitados de que tema querían hablar. Jamás hice una interpretación de nada a modo de lapsus, nada. Era una entrevista como las que yo soñaba, como las que Jesús Quinteros hacía en el Perro verde o el Negro Guerrero Marthineitz en A solas. Simplemente con el chiste escenográfico del diván.

¿Tiene alguna idea, acerca de qué es lo que puede haber detrás de ese prejuicio?

Pareciera haber una idea generalizada, no solo en el ámbito psicoanalítico, que conlleva el juicio de que todo lo que es exitoso tiene que ser “berreta”. Así, pareciera que si un tipo es bestseller no puede escribir bien. Por ejemplo, a mí me causó gracia, cuando una vez me dijeron: “Usted que es escritor de bestsellers”, y yo me reí mucho. ¿Cómo se escribe un best seller? ¿Cómo sabe uno cómo escribirlo? Un libro se puede convertir en best seller después de publicado, cuando empieza a vender y se ubica, y vende mucho, pero ojalá uno fuera escritor de best sellers. En ese caso, en nuestra profesión por ahí el bestseller por excelencia sea Sigmund Freud y nadie podría decir que Freud escribiese mal. Premio Goethe de Literatura en 1930 y escritor delicioso. Me parece que cuando alguien masivamente llega, existe la tendencia a creer que es malo. Entonces este prejuicio actúa.

En el reportaje anteriormente mencionado, dice que desde que se editó Historias de Diván aumentaron la consultas a psicoanalistas, ¿Cómo arribó a esa conclusión?

En realidad por comentarios de analistas que están más ligados a círculos que yo, que están en la Universidad, que son amigos, o que atienden y me dicen: “La otra vez estábamos hablando en la reunión de cátedra tal y salió el tema de tu libro y de los que estábamos ahí, el 80 porciento habíamos recibido dos o tres pacientes que vinieron a consultar a raíz de tu libro”. Y por ahí me han dicho algo del estilo de la reinstalación de la palabra diván. Una de mis grandes luchas en todo lo que he hecho, y no porque esté en contra de lo otro, pero sí porque creo firmemente en el psicoanálisis, fue reestablecer la palabra análisis.
Pienso que hay ciertos significantes que he intentado volcar en el conocimiento general, como reinstalar la idea y la palabra diván, la idea y la palabra análisis, sostener el lugar del inconsciente y del “todo no se puede”, en medio de doctrinas facilistas que vienen a intentar transmitir que querer es poder. El libro El secreto dice: “usted piense mucho esto y lo va a atraer”. Y yo jamás he hecho, jamás vendí un libro, un artículo, basándome en querer jugar al juego fácil de decirle a la gente lo que quiere escuchar. Podría haber escrito –de hecho la editorial así lo pensaba– el libro: “Las 50 preguntas que usted le quiere hacer a un psicólogo”. Y aconsejar acerca de cómo hablar con los hijos, acerca del divorcio, cómo comunicarle a los padres la identidad gay, cómo manejar una separación. No quise eso, me metí a escribir sobre la muerte, la pérdida, el dolor, los duelos. Pero bueno, esa parte no la ve ninguno de los que se enoja conmigo, porque soy un analista que intenta hablar claro. Mi primer libro fue automáticamente, por su título y su cosa, al estante de autoayuda y costó mucho modificar eso. El otro día me di cuenta que -para mí fue un mimo, pero me parece que está un poco equivocado- fue catalogado como psicoanálisis. Eso es un paso.

En sus libros se observa, por un lado, un gran despliegue de los casos presentados, de las vidas, los sentimientos, pero también hay una gran exposición de su trabajo, sus intervenciones. Incluye lo que dice, lo que hace, lo que siente, o por qué no puede intervenir en determinado momento con una paciente al resultarle esa situación muy cercana a su propia historia,... a su madre.

Sí, por ejemplo, ahora que cita esto: ¿la contra-transferencia la inventé yo? ¿Soy el único analista del universo al que esto le pasa? ¿O yo lo puse, lo mostré, me encontré con este problema? Y hasta mostré: cuando un analista está trabado, no puede escuchar, no le sirve al paciente. O sea, hice una autocrítica muy dura de cómo estaba trabajando y de cómo no estaba funcionando desde el lugar del analista, cómo se destraba esto, cómo fui a mi propio análisis y charlándolo pude trabajarlo. ¿No nos pasa esto de verdad a los analistas? A lo mejor la gente toma a mal que uno diga que somos sujetos humanos a los que nos pasan cosas, que no con todos los pacientes podemos, que hay momentos en donde nos trabamos porque está en juego nuestra historia. Sí, nuestro quehacer es en un alto porcentaje la lucha contra la contratransferencia. Todo el tiempo estamos tratando de no volcar, no mezclar nuestras ideas, nuestros preceptos, nuestras emociones y escuchar respetando éticamente el deseo del paciente. Yo lo cuento y dicen: “Uh, mirá este tipo, ¡mirá qué analista!, los confunde a los pacientes con la madre”. He escuchado críticas por esas exposiciones, pero lo único que intenté, y de verdad, es que la gente pudiera entender que no somos excéntricos de “Villa Freud” para personas snob, que dos veces por semana tienen ganas de tirar su dinero. Trabajamos con el dolor de la gente, y a veces eso involucra nuestro propio dolor. Y a mi me pareció que era importante, que era bueno para el psicoanálisis.

El pensador y escritor Sartori nos habla de la transformación del homo sapiens en homo videns, de la palabra destronada por la imagen y de la primacía de la imagen sobre lo inteligible, incluso habla de la importancia que tiene la televisión ¿Considera posible que la subjetividad se dirija hacia un postpensamiento acorde a la nueva cultura audiovisual?


No. Creo que la imagen no va a destronar nunca a la palabra. Porque es con palabras como uno piensa. El pensamiento se arma en función de palabras, por eso aquel que tiene más palabras puede potencialmente pensar mejor, por eso la importancia de la cultura y la diferencia entre quien no ha podido formarse y quien sí. Lo cual no quiere decir que no haya inteligencias motrices u otro tipo de inteligencias, que pueden tener otras personas. Creo que el sujeto humano es un sujeto de la palabra, y eso no lo va a poder destronar una imagen. Yo estoy totalmente en desacuerdo con la frase que dice “una imagen vale más que mil palabras”. Me parece que hay imágenes que conmueven, como hay palabras que conmueven. Puedo conmoverme ante la magnitud del Guernica y sentir un impacto, que a lo mejor a una novela le hubiese llevado 100 páginas producirme, pero si quiero entender por qué esas imágenes transmiten lo que transmiten, lo tengo que pensar. Y si me quiero enterar lo tengo que leer o lo tengo que escuchar, y lo tengo que procesar. Yo veo ese toro caído, pero será a partir de que alguien venga y me diga: “el toro representa a España” que podré enterarme de todo un contenido que alguien armó en pensamientos y después plasmó en una imagen. Por eso creo que, por suerte, los sujetos de excelencia –como los llama Ortega y Gasset– son sujetos de la palabra. La imagen está muy bien, a mí me gusta –ciertas imágenes, otras no- y uno puede contar algunas cosas con imágenes, pero no puede armar la teoría de la relatividad con imágenes, resolver el Teorema de Pitágoras, ni puede llegar con imágenes a la resolución de un conflicto de la niñez. Somos sujetos atravesados por la palabra y constituidos por la palabra. Que la imagen después sea utilizada de tal o cual manera, que los elementos de poder, que por limitaciones propias tengan más acceso a la imagen que a la palabra, provoquen impacto en afiches de tal o cual manera en vez de sostener ideas, no quiere decir que el sujeto humano, la humanidad, vaya en camino de abolir la palabra, sería un retroceso. Caerse del mundo de las ideas para entrar al mundo de las imágenes sería una verdadera tragedia.
 
 
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