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   Estrategias clínicas

De la muerte como estrategia a la estrategia de la incertidumbre
  Por Hugo Dvoskin
   
 
“Las pruebas de la muerte son estadísticas...”
Jorge Luis Borges

Paciente: —Mis ingresos son demasiado variables. Uno depende de decisiones de otro. Alguna vez escuché aquí lo de el azar según el deseo, también lo de al deseo lo sostiene cierto trabajo. Creo que el trabajo lo hago y al deseo lo sostengo, que al azar lo trato de ayudar. Ahora me acuerdo de al que madruga dios lo ayuda.

Analista: Tenemos una visita o, quizá, una promesa de ayuda.
P: —Siempre creí ser ateo pero me da miedo decirlo en voz alta, como si tuviera miedo...
A: —Dios no existe pero es retaliativo con quienes dicen no creer en él.
P: —Es que eso del azar me pone más ansioso. ¿Viste la película Match Point? Ahí yo ya no entendí nada porque el azar podría jugar para quien hace las cosas mal. Yo había llegado a una frase que me gustaba. Era así: si hacés las cosas bien no sabés como salen, ahora, si las hacés mal, seguro salen mal. Con esa frase andaba más o menos bien, porque justificaba el trabajo, no me daba garantías pero al menos no garantizaba el fracaso. Pero con Match Point cagaste. El tipo se salva por hacer las cosas mal.
A: —Detalle, no las hace mal... hace una cosa que suponía que estaba bien, y le sale mal.
P: —Todo es reinseguro, no tenés garantía de nada. Claro, salvo que uno se muere. Justo eso es lo único seguro.
A: —¿Estás seguro de que sea seguro que te vas a morir?

Incertidumbre. La dirección de la cura tiende a erosionar, poco a poco, las supuestas garantías a las que el obsesivo se aferra para sostener la consistencia y la existencia del Otro. Refranes o creencias que habitan en sus (supuestas) no creencias; más adelante, en el recorrido, la nómina se extiende: una hojeada a la ligera al horóscopo o la tentación de que le tiren las cartas “para ver si los dioses hablan en las manos del tarotista, ¿viste?”; y casi al final del camino las cábalas, manifiestas u ocultas, los pequeños detalles que traerán suerte. “Me regalaron un gato chino, ¿los conocés?, traen suerte”. Debe haber algo que detenga la incertidumbre sería el sintagma que sostiene esa búsqueda desesperada. Algo que sea cierto, que se signifique a sí mismo, que no sea un hecho de discurso, que tenga la estructura de lo verdadero y no la estructura de ficción en la que se sostiene la verdad. El obsesivo constituye la estrategia de alguna certidumbre y puede encontrar en el analista un sorprendente aliado en su búsqueda de sentido al sin-sentido de la existencia y en su búsqueda de algo que no dependa exclusivamente del sujeto. Sin embargo, “la mejor manera de comenzar a darle sentido, sería no creer que ella misma (la vida) es el sentido”1.

A los cinco sentidos que todos conocemos como modos de acceso a la realidad, Lacan en L’étourdit le suma el fantasma como siendo el sexto. “...el fantasma sustenta nuestra realidad, lo que no es poco, puesto que es todo, aparte de los cinco sentidos, si es que quieren creerme”2. Sin embargo, ya Freud había insistido, en Más allá del principio del placer, en que la muerte era la vía para que algún sentido fuera posible, y por ello alguna forma de organización del mundo por parte del sujeto. La muerte, entonces, nuestro séptimo sentido. En nombre de la castración y de la muerte como límite, es el analista mismo el que provee la certidumbre. Es cierto que es una certidumbre que angustia, pero en su condición de certidumbre impide atravesar la angustia estructural que implica la incertidumbre. “Ustedes tienen mucha razón en creer que van a morir, desde luego; eso los sostiene. Si no creyeran en eso, ¿podrían soportar esta historia?" 3. En Intermitencias de la muerte4, Saramago pone en evidencia cómo la organización social humana incluye a la muerte como un componente al que supone necesario en lo social, lo afectivo y lo económico. A la falta de certezas sobre las circunstancias de la muerte de cada quien y sobre los circunstanciales de tiempo, lugar, instrumento, etc., las resuelve con el dato estadístico como lo puntualiza la cita de Borges: no sabemos quiénes se van a morir, pero sabemos cuántos deberían hacerlo hoy.

Más allá de la duda cartesiana, más allá del engaño de los cinco sentidos, el obsesivo encuentra en la muerte −al menos en la muerte estadística− su coartada para las garantías. Esta garantía Descartes creyó encontrarla en su “pienso luego existo” y su auxiliar el dios maligno así como el perverso supone encontrarla en el fetiche. Así mismo, la axiomática fantasmática ofrece detrás de cada frase, detrás de cada duda, una estructura gramatical que presenta límites confiables... pero de todos modos inseguros. La gramática y el fantasma resultan ser de una flexibilidad tal, que ni siquiera garantizan la vida sexual de nuestro neurótico. “Dadme algo, dice, el neurótico”, y la muerte, al menos la estadísitica, procura esa seguridad, esa garantía, que no le han dado los sentidos, ni el pensar, ni el fantasma. “Al fin algo seguro”, y se alivia. “Sin embargo no es más que un acto de fe”5. Aseveración de Lacan de grávidas consecuencias por las que no siempre el analista responde. Habitualmente, irrumpe como un sorpresivo aliado de la muerte como garantía. Por esa vía termina haciendo connivencia con la obsesión y dando satisfacción a sus demandas.
Es cierto que “la otra vida” al negar la muerte es un punto indudablemente renegatorio de la estructura. Pues esa “otra vida” niega las consecuencias decisivas de la muerte, la de los sentidos y la de los goces que acompañan la existencia: “esos goces cuyas faltas harían vano el universo”, podríamos decir, pluralizando la frase de Paul Valéry. Pero la muerte como hecho seguro, ¿está del lado de soportar la castración o es también un nombre de la renegación? La muerte se propone como hecho seguro pero sobre el cual no podrían afirmarse ni cómo, ni dónde, ni cuándo, ni por qué. Cabe, es cierto, postular un para qué: para que el obsesivo encuentre su punto de garantía. No se trata, aquí, de una discusión biológica sobre el hecho de la muerte, sino sobre la necesidad imperiosa con la que se encuentra el sujeto obsesivo de decir, de afirmar, de reafirmar y de reafirmarse en ese hecho que le “aseguran”, y que él necesita y al que le demanda certeza.

Poner en cuestión la seguridad de cualquier futuro es la táctica clínica para sostener la estrategia de la incertidumbre, única política en la que el sujeto deseante tiene posibilidad de afirmarse en cuanto tal.
Lacan, luego de aseverar que la creencia en la muerte es un acto de fe, vacila y agrega “¿por qué no habría uno o una que viviera hasta los 150 años?” Pero la cuestión no es la cantidad de años sino que la muerte es simplemente posible en cada caso y en cada instante, pero en ningún caso –salvo cuando se produce− es segura.
Es por ser siempre posible, en cada momento, en cada contingencia, que la muerte no es en ningún momento necesaria. “No hay pues universal que no se reduzca a lo posible. Aun la muerte, ya que esa es la punta con la que ella se articula. Por universal que se la postule, nunca deja de ser más que posible6.

La obsesión encuentra en la muerte, su último reducto, transformando lo posible en necesario. Operación que el obsesivo hace también con su vida amorosa, creyéndose que un amor en la vida, uno que podría haber sido otro, es único e insustituible7. La muerte, por un lado, proveerá al obsesivo del lugar de Amo sin que tenga que tomarse el trabajo de tener que eliminarlo y así evitar los riesgos de decidir en nombre de su deseo. Y además, y sobre todo, le dará una garantía última y un sentido a la existencia que de él no proviene: “Justo eso es lo único seguro”. Sí... y no.

La muerte, un significante más. El significante oferta alguna inmortalidad al sujeto por ser sujeto lenguajero. El propio Sócrates resultó inmortal al discurso por, justamente, postularse como hombre mortal. Su silogismo se hizo falacia pues “Sócrates, el mortal” se inmortalizó en esa lógica. Sin embargo, ese mismo significante −de cuya estofa estamos hechos y nos condena a la muerte del ser por el nombre propio, es decir a la muerte primera− no garantiza la segunda, la biológica, de la que nada podríamos afirmar en tanto sujetos del lenguaje. La muerte, ya decía Freud, no está inscripta en el inconsciente.
En la Subversión del sujeto8 Lacan sorprende al subrayar que su aseveración de que no haya significante último, no es un significante último. Que el significante no se significa a sí mismo, en tanto esta expresión es un significante, tampoco se significa a sí mismo. Es cierto que de su frase “el síntoma es una metáfora”, aseveró que esa expresión “no era una metáfora”. Pero allí lo asevera bajo la forma del “no ser”, no ser metáfora y no bajo la forma de que ese asertivo se signifique a sí mismo. Puede decirse que la teoría ha sido muy cuidadosa en no hacer entrar al metalenguaje por ninguna de sus aristas para evitar que Dios entre por la ventana luego de habernos tomado tanto trabajo en acompañarlo para que se retirara por la puerta.

Tampoco se trata de vías paradojales o cintas moebianas, como si las vías de retorno o doble sentido resolvieran la cuestión. En el mismísimo texto “deseo que mi deseo no sea concedido”9 −que articula el deseo histérico de no satisfacer su propio deseo− no dejan de situarse cuestiones que no se significan a sí mismas pero que tampoco se resuelven recursivamente, como si la significación de una se agotara en la paradoja de contradecirse a sí misma. Se trata en todo caso de soportar los efectos del rigor del agujero de estructura y de la falta de certeza (lo que llevó a Lacan a compararse con un psicótico, por su interés en el rigor y no porque él lo fuera).
Pero entonces ¿por qué atribuirle a “la muerte” la excepcionalidad de ser un significante que efectivamente se signifique a sí mismo y no una metáfora más? Si es una metáfora, si remite a otras escenas, si es un significante más, nos interesa saber qué puede leerse allí allende la garantía obsesiva, más allá de este último reducto.

Al suponer ser un hecho seguro y acotar con “certeza la existencia”, la muerte exige desde afuera que el sujeto tome la decisión con convicción pero sin responsabilidad, porque con y por el deseo no la ha tomado. “Lo hago porque la vida es corta y hay que vivirlo, después es tarde”. Pero allí evito el deseo que tengo y lo pongo en la cuenta de la cortedad. Es cierto que si uno tuviera todo el tiempo, podría postergarse eternamente, procastinar. No se trata de denegar la muerte, que es siempre posible, sino subrayar la necesidad del obsesivo de apoyarse en ese texto para dar lugar a aquello que anhela y pone en la cuenta del tiempo. Situar ese punto posibilitará derribar el último bastión de la garantía, la forma más sofisticada del Otro del Otro que −muchas veces en alianza con el analista− le permite mantenerse a distancia de su deseo, a fin de confrontarlo con la estrategia psicoanalítica de la incertidumbre.
___________
1. Lacan, J. Conferencia de Lovaina del 13 de octubre de 1972, inédita.
2. Lacan, J. L’étourdit. Jacques Lacan en castellano, tomo 3, p.31.
3. Lacan, J. Conferencia de Lovaina del 13 de octubre de 1972, inédita.
4. Saramago, J. Intermitencias de la muerte, Alfaguara.
5. Lacan, J. Conferencia de Lovaina del 13 de octubre de 1972, inédita
6. Lacan, J, L’étourdit. Jacques Lacan en castellano, Tomo 3, p.19.
7. Biesa, A. ¿Amores? de transferencia. Presentado en Nebrija en noviembre de 2006. 
8. Lacan, J. “La subversión del sujeto”, en Escritos, Siglo XXI Editores.
9. Hofstadter,. Douglas R, Gödel, Escher, Bach, un Eterno y Grácil Bucle, en Tusquets editores, p. 129.
 
 
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