En primer lugar, quiero agradecer la invitación a Noemí y a Luis, a acompañarlos en un momento tan especial como es la aparición de un libro.
A pesar de que también trabajo como psicoanalista, en esta ocasión he sido convocado como Director de Proyectos Editoriales de Letra Viva. Ahora bien: ¿puede un psicoanalista padecer tanta Spaltung, división o esquizofrenia como para ser dos personas diferentes a la hora de leer? Digo: ¿es lo mismo un editor psicoanalista que un editor que no lo sea? ¿Acaso su experiencia con el psicoanálisis, tanto en el diván como en el sillón, no lo condiciona cuando llega a su escritorio y, como hicieron Noemí y Luis, escribe; o, como hice yo, lee algún texto?
Brevemente, quisiera contarles de qué se trata mi tarea en la editorial: soy el primer lector de los textos que los autores nos acercan con el fin de publicarlos. Debo leerlos e imaginarme cómo quedarían convertidos en un libro del estilo que deseamos sea el de la editorial. Esto no siempre es una tarea sencilla. Cuando los textos no se acercan a lo que esperamos no los rechazamos, sino que ahí se inicia un trabajo conjunto, donde el autor y su editor comienzan un intercambio muy especial.
Ahora bien, este último no fue el caso de Entre la ventana y el muro de Noemí y de Luis. Cuando me encontré con el texto, lo leí cuidadosamente y tan solo limité mi tarea a “dejarlo entrar” al circuito de la editorial (o sea, me abstuve de intervenir lo que de por sí, ya constituye una intervención).
Pasados unos meses, tengo la impresión de que hoy es el mejor momento para explicar por qué. Mi primera sorpresa fue su título. ¿Un libro de teoría psicoanalítica con un título que no incluía ningún concepto teórico, sólo una circunstancia de lugar? ¿Y si esa circunstancia de lugar fuera en sí misma un concepto aunque no presentado de la manera más clásica?
Yo no sé, y tampoco les pregunté a los autores, el porqué del título. Y como creo en la cooperación interpretativa entre el autor y el lector de un texto, este último me fue produciendo las asociaciones necesarias para alcanzar algún sentido: el que, insisto, no pretendo que valga para nadie más, es mío y ni siquiera los autores podrían negármelo –un libro escrito es una botella al mar sobre la que el autor pierde todo control–. En cualquier caso, la impronta del título me dio a entender que se trataba de leer algo puesto “en el espacio”, y como en mi trabajo como Director de Proyectos Editoriales había dado un fuerte apoyo a proyectos que sostuvieran la articulación entre la topología y el psicoanálisis (incluso había traducido una obra de excelencia sobre el tema), esa fue mi primera hipótesis de lectura.
El psicoanálisis ya cumplió más de cien años; a lo largo de tanto tiempo creció, se extendió, se introdujo en la lengua popular, se bastardeó y fue atacado desde diversos campos del conocimiento. A intervalos relativamente regulares alguno de los diarios de gran tirada de nuestro país publica una nota que declara el fin del psicoanálisis. Pero, entre sus peores enemigos, está el individualismo moderno que supone la coincidencia del sujeto y el cuerpo, y del cual se deduce un psicoanálisis particular: aquel que hace del inconsciente un aparato adentro del cuerpo y que debe recurrir a complejísimas operaciones para hacer pasar determinados componentes desde adentro hacia afuera y viceversa.
Para aflojarnos un poco, les cuento una pequeña viñeta clínico-editorial:
En cierta ocasión en que un autor me presentaba su proyecto de libro, me dijo: –“No vaya usted a pensar que la idea me la robé de algún otro autor...”.
Yo podría haberle respondido: –“Yo no dije eso, lo dijo usted. Y si lo dijo usted, si salió de su boca, eso estaba en usted”.
Pero no se lo dije, porque cuando se trata de hablarle a otro no creo en un adentro y afuera tan visiblemente euclidiano.
Preferí responderle con una pregunta: –“¿Y por qué cree usted que iba yo a pensar eso?” Es notable que existe algo que Freud alguna vez trabajó como “telepatía”, y es que todos los humanos participamos y compartimos ciertas cadenas de lenguaje, y que éstas nos permiten suponer que por un momento podemos estar adentro de las ideas del otro, tanto como el otro puede estar adentro de las nuestras. Para eso, como decía Jacques Lacan, hace falta tan sólo un poco de topología.
Este modo de pensar el espacio, está presente en el libro que hoy presentamos. Sólo una línea a modo de ejemplo: “... algo del sujeto se constituye primariamente en una exterioridad...”.
Entre la ventana y el muro no es un libro místico. Tiene pasajes más difíciles que otros, pero en ninguno de ellos el estilo se torna oscuro o misterioso. Al contrario, según sus autores “en psicoanálisis, se trata de razones lógicas”. Y ellos las ofrecen, generosamente, a lo largo de sus páginas.
Este es uno de los motivos por los que creí que había que publicar este libro. Porque participa de la idea de la “reinvención” del psicoanálisis.
Con frecuencia, los psicoanalistas evitan abordar la topología lacaniana. Los motivos son casi siempre los mismos: es difícil, no se entiende, no tenemos predilección por las cuestiones matemáticas, somos hombres de letras, hipnotizados por el lenguaje. No creo en esos argumentos –o no creo en ellos de modo general, para todos los casos–. Creo más bien que el estudio de la topología exige un trabajo crítico con los conceptos del psicoanálisis, ya que no cualquier definición de tales conceptos articula con la topología. ¿Qué noción de inconsciente es la que puede inscribirse en una banda de Moebius? ¿Y cómo concebir al sujeto humano hablante para que su estructura real sea la del toro? ¿Qué realidad se desprende del corte del cross-cap? ¿Qué noción del objeto a surge con la costura de las dos bandas de Moebius autoatravesadas que da origen a la botella de Klein? ¿Cómo concebir a los tres registros para que puedan articularse en el nudo Borromeo? ¿Y qué modo del síntoma funciona como el cuarto redondel que anuda a los tres registros?
Si, como afirman nuestros autores, “el sujeto es topológico”, entonces necesitamos estos libros que no retroceden ante tales preguntas.
Pero no puedo dejar de contarles algo. Supongan que uno encuentra sobre la mesa de una librería un libro cuyo título le resulta interesante. Lo levantamos y leemos... ¡su contratapa! El texto de contratapa tiene que impresionar al lector. Tiene que producirle ganas de leer el libro, debe motivarlo e interesarlo. Por lo general, los autores no pueden escribirlo. Reducir toda su obra a un texto de trescientas palabras les suena inverosímil. No obstante, es posible.
El texto de contratapa de Entre la ventana y el muro tiene solo doscientas setenta y nueve palabras. E incluye una frase parafraseada del libro en la que dice que en esta época capitalista los sujetos pueden dirigirse al psicoanalista para comprar su bienestar, y los analistas pueden entrar a la institución que los nuclea para comprar su prestigio.
Una afirmación tal, quizás no sea políticamente correcta, pero es verdadera. He ahí otro motivo para publicar el libro y, en mi caso, para escribir la contratapa.
Para concluir, quiero contarles que en esa ventana del título, he encontrado la mirada oculta de El ser y la nada de Sartre a la que se refiere Lacan al inicio de su enseñanza; pero también a ese cuadro en la ventana de Magritte (llamado La condición humana) del que Lacan se sirve para dar cuenta de la noción del fantasma.
Y también quiero contarles que en el muro hallé al muro del lenguaje (algo que resuena en esa “función real” que aportan los autores para reinventar al psicoanálisis); pero que también encontré allí al poema de Antoine Tudal que Lacan presentó en el ’53 y retomó fuertemente en los años ’70, y que dice...
“Entre el hombre y el amor,
Está la mujer.
Entre el hombre y la mujer,
Hay un mundo.
Entre el hombre y el mundo,
Hay un muro”.
¿Qué hay, entonces, entre la ventana y el muro?
Sólo puedo decirles que para responder, hay que leer este libro. |