Montaigne, se pregunta en sus Ensayos: “¿Por qué, al valorar a un hombre, lo valoras completamente envuelto y empaquetado? Nos exhibe sólo aquellas partes que en absoluto le pertenecen, y nos esconde las únicas por las cuales puede enjuiciarse de verdad su valía. Buscas lo que vale la espada, no lo que vale la vaina; acaso no darás un céntimo por ella cuando la desenvaines. Es preciso juzgarla por sí misma, no por sus adornos.”1
Pascal le contesta: “¡Cosa admirable: no se quiere que yo honre a un hombre vestido de brocatel y al que siguen siete u ocho lacayos! ¿Y cómo no? Si no lo saludo, me hará azotar con las correas. Ese vestido es una fuerza (Cet habit c’est une force)… Montaigne es extraordinario al no ver la diferencia que hay, al asombrarse de que se encuentre alguna y al pedir razón de ella.”2
Montaigne recoge la tradición estoica, Epicteto, Séneca; Pascal pertenece al siglo XVII, al siglo de Marino, Góngora, Gracián, para el cual todo –salvo la muerte, salvo Dios–, es apariencia y apariencia de apariencia, desde la túnica y el cetro real hasta la pompa de los entierros nobiliarios, la maquinaria escénica de las fiestas callejeras y los horribles rituales del patíbulo público.
Pascal se asombra de que Montaigne se asombre y pida razones: ¿qué es un hombre sin sus atributos? ¿Qué son los atributos sino vestimentas que se ven e identifican el lugar de su portador, qué son sino aspecto y color sonoro que muestran el ensalmo de la voz de orden, sea grito, imperativo, sugestión que amenaza?
Juzgamos a Sócrates un ser austero y de intensa moralidad gracias a la tradición y, sobre todo, a la distancia histórica que sube algunos al pedestal y lanza a otros a ciénagas y pantanos. La virtud (y su contrario) es virtud atribuída. El atributo es tributo del Otro –y también tributo al Otro–. Un reconocimiento aparentemente inmotivado, sorpresivo, y un botarate se despierta, de golpe, a la inspiración, al talento. No estoy hablando de arbitrariedad; o mejor, la arbitrariedad en el origen, cuando se consolida, cuando cristaliza en un nudo de relaciones, adquiere el aspecto y la consistencia de la fuerza decisiva: el vestido es una fuerza. Es una fuerza constrictiva como la que evoca Pascal con esa mezcla tan suya y tan jansenista de precisión cartesiana y de agudeza para captar el fenómeno del poder.
El agudo Blumenberg dice: “…el velamiento de la verdad parece garantizarnos la posibilidad de vivir: ‘La verdad es la muerte’ escribe el viejo Fontane a su hija María (24 de agosto de 1893). ‘Hay que estar muerto para ver las cosas desnudas’, anota una mística de nuestros días (Simone Weil).”3
Lo que hay de verdadero en esta verdad última es que allí ya no hay verdad alguna, justamente porque se trata de la Verdad, sin más e inapelable.
Hablo porque he sido hablado; transmito porque he sido transmitido; yo mismo no soy sino un intervalo vacilante, que erra y yerra, que erra y también acierta. La tentación de petrificar las máscaras, de hacer del Otro un tribunal supremo y de su voz el decreto contemporáneo de la verdad sin más, es, más que tentación, necesidad: necesidad fundada en otra clarividente expresión de Pascal –el fundamento místico de la autoridad– que Derrida tomó como divisa de un libro suyo.4
Desde luego, si admitimos que vivimos en un mundo de apariencias y no reconocemos otra fuerza que la fuerza de la apariencia, la vida de cada uno se revela incierta, exterior a sí misma, sin garantías, pero asimismo se agrieta el lugar del Amo, que nada puede hacer para remediar lo inhóspito de la existencia, y así y sólo así cada cual puede retomar su cuota de responsabilidad.
Hay en Pascal –y éste es uno de los temas más actuales de su enseñanza–, una demolición incesante de la noción de “cualidades interiores”, pero no porque no haya interioridad sino porque la interioridad es sin cualidad: un punto extremo de vacilación y decisión tomado por la constelación de atributos atribuídos.
Dice Pascal en el final del fragmento 323 (p. 206, de la ed. cit.): “No más burlas, pues, sobre aquellos que se hacen honrar mediante cargos y puestos, pues no amamos a nadie sino debido a cualidades prestadas”.
Conclusión que se apoya en un postulado suscripto en un fragmento anterior, el 320: “Las cosas más irrazonables del mundo se tornan las más razonables a causa de la sinrazón de los hombres”.
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1. Montaigne, Michel de, Los ensayos, según la edición de 1595, Acantilado, Barcelona, 2007, p.380, libro 1º, capítulo 42.
2. Pascal, Blas, Pensamientos, Fondo Nacional de las Artes, Sudamericana, Buenos Aires, 1971, tomo I, p.2003, fragmento 315 en la edición de Brunschvicg. Hans Blumenberg, en el capítulo cuarto – “La metafórica de la verdad ‘desnuda’ ” de su Paradigmas para una metaforología, Trotta, Madrid, 2003, p.110, considera la polémica.
3. Ob. cit. p.119.
4. Derrida, Jacques, Fuerza de ley; el “fundamento místico de la autoridad”; Tecnos, Madrid, 1997.
En este punto prefiero detenerme y dejar para otras notas el tema tan candente de la autoridad. Hablamos habitualmente de saber, pero ¿qué lugar tiene lo que Lacan llama “lo dicho primero decreta, legisla, “aforiza”, es oráculo, confiere al otro real su oscura autoridad” (Subversión del sujeto…)? Y también y en el mismo texto “Todo enunciado de autoridad no tiene allí <en el Otro> más garantía que su enunciación misma…”, ¿cuál es el sitio de la autoridad? ¿cuál su relación con el saber? |