El delirante intento de construir un muro entre dos localidades sitas en la misma re-pública ha cosechado un sinfín de rechazos. Muchos de ellos generados en la denuncia del racista prejuicio según el cual el delito pareciera anidar sólo en las capas más carenciadas de nuestra sociedad. Si bien compartimos este argumento queremos aportar otra mirada que –por hacer referencia a la especial constitución del sujeto humano– resulta quizás un tanto más abarcadora y nodal.
Hace pocos días un joven adolescente me confesó su desazón porque en la Universidad donde se dicta la carrera que ha elegido emprender, no están bien vistos los judíos. Más que sorprendido, hice gala de mi ingenuidad cuando argumenté que tamaña barbarie constituía un acto de discriminación intolerable para cualquier institución de nuestro país. Con cierto desdén, el joven me miró y por fin, condescendiente, agregó: “No entendés, ahí nadie me hablaría”.
La universidad –que lleva el nombre de un santo– está situada al norte de nuestra ciudad, más precisamente en una localidad cuyo onomástico también porta el prefijo que distingue a quienes participan de la naturaleza divina.
Sería fácil concluir con alguna reflexión sobre los bolsones de antisemitismo que sin duda aún perduran en nuestro país. Sin embargo, en este caso –tal como con la exclusión de los pobres– hay otra cuestión más determinante y radical que intentaremos desarrollar.
Hace más de dos años, un rabino exigió cambiar la letra de la canción patria. El religioso propuso reemplazar las tres veces que se repite la palabra libertad por otras tantas del vocablo seguridad. Lo más curioso –y de allí nuestra opción por englobar el antisemitismo y la discriminación a los pobres en una perspectiva más amplia y abarcadora– es que otro religioso de la misma comunidad religiosa, criticó la propuesta de su colega cuando afirmó que ciertos judíos intentan ingresar en elites a los cuales jamás se les brindará acceso.1
Conclusión: un marginado que margina, alguien que, con la ilusión de estar incluido, se atrinchera para granjearse el favor de los poderosos sin saber que así, tal como bien advertía Nietszche, se transforma en aquello contra lo que lucha.
Narcisismo de las pequeñas diferencias lo llamó Freud: esa pasión por ser de acuerdo a la medida del otro, sea éste un ideal, una religión, una moda, un ideal estético, un nivel de consumo, etc. No en vano, en su crítica a la perspectiva marxiana, Slavoj iek2 habla de “fantasía ideológica eficiente en la realidad” al sostener que lo social está conformado por el discurso que comparten sujetos de deseo.
Pero los tiempos han cambiado y lo que hasta hace un tiempo constituía el narcisismo de las pequeñas diferencias ahora es el empuje propio de la más brutal segregación, tal como bien Lacan lo señala en El Reverso del Psicoanálisis. Desde esta perspectiva el muro no es más que el lamentable testimonio del vaciamiento simbólico al que nuestro discurso está sujeto en forma casi permanente.
Que el lenguaje sea el lugar de encuentro con el otro es tarea de la política. Cuidado con los que aborrecen de ella.
______________
1. Daniel Goldman “La nueva derecha”, Página/12 del 27 de enero del 2008.
2. Slavoj iek; El sublime objeto de la ideología, Siglo XXI. Bs. As. |