Promediando la mañana del martes 24 de abril de 1900 Freud recuerda abruptamente el sueño de la noche anterior, y descubre entonces la explicación de su enojo. El hallazgo le brinda un engañoso alivio, pero el enfado no tarda en volver. ¿Por qué habrá tenido un sueño así? Una y mil veces se había hecho esa pregunta previamente, y en más de una oportunidad la respuesta despuntó sin demora. La prueba de ello lo esperaba cada tarde sobre su escritorio, cuando hojeaba, entre vanidoso y preocupado, el grueso volumen aparecido unos meses antes, en busca de una inoportuna errata.
Al día siguiente escribía a Fliess: “Ayer pronuncié en mi Asociación una conferencia sobre Fecondité de Zola. Siempre me preparo mal, en verdad sólo durante la hora previa –al modo como damos en la escuela la lección de lengua–. La noche del lunes al martes soñé abundantemente con esta conferencia. Yo explicaba que debía ir a casa para buscar el libro, no hallaba el camino, me extraviaba, hacía un tiempo miserable, no salía del lugar, y durante todas estas dilaciones elaboré una parte de la conferencia. Por lo tanto los obstáculos no eran sino pretextos que buscaban ganar tiempo para la elaboración. Además los hermanos [de la Sociedad B’nai Brith] se mostraban desagradables y sarcásticos conmigo, una conducta apta para disminuir mi interés en el éxito de la conferencia, y por lo tanto a ella destinada”1.
El 29 de septiembre de 1897 Sigmund Freud se convertía en miembro de la Israelitische Humanitäts-Verein “Wien” B’nai Brith2. El ginecólogo Edmund Kohn había invitado a Freud a unirse a la sociedad el año en que ésta se funda (1895), pero el colega de Breuer había declinado la propuesta. El creciente clima de antisemitismo y la mala recepción que sus trabajos se granjearon por parte de los círculos médicos empujaron a Freud a reconsiderar su decisión, convirtiéndose dos años más tarde no solamente en un hermano de Los Hijos del Pacto (B’nai Brith), sino en un miembro activo y comprometido con la causa. De hecho, durante los primeros cinco años asistirá asiduamente a las reuniones, reclutará nuevos adeptos y brindará nueve conferencias. Esos datos sirven a Dennis Klein para postular acertadamente que el público compuesto por sus colegas judíos (profesionales e intelectuales en su mayoría) funcionó a la vez como un relevo de los interlocutores en quienes comenzaba a depositar menos confianza (los médicos de Viena y Fliess), y como un anticipo de las ulteriores sociedades psicoanalíticas. En consecuencia, cuando en 1902 se inician las actividades de la Sociedad Psicológica de los Miércoles, Freud comienza a ausentarse de las actividades de la B’nai Brith, situación que se hará más marcada aún luego de 1907, cuando se inauguran los contactos del psicoanalista vienés con sus acólitos en el extranjero.
De las nueve exposiciones mencionadas, dos fueron dedicadas al escritor francés Émile Zola. La primera de ellas, que motivó el sueño de Freud que abre este escrito, trató acerca de la novela Fecondité, publicada en 1899. La segunda, cuya fecha exacta no se conoce, tuvo lugar en 1902, y habría sido un homenaje al novelista fallecido en septiembre de ese año. Sabemos que el fundador del psicoanálisis hará alusión al autor de Germinal en varios pasajes de La interpretación de los sueños, pero el indicio más diáfano de cuánto apreciaba las obras de Zola se halla en la respuesta que redactó en 1906 a la encuesta sobre los “diez buenos libros” que él recomendaría a otros3. Incluyó a Fecondité en ese listado, y luego aclaraba que algo similar podría haber hecho con Le Docteur Pascal, del mismo autor. ¿Por qué el interés de Freud por la novela de 1899, piedra inaugural del último ciclo novelístico (Les Quatre Évangiles) encarado por Zola? ¿Por qué dirigió su mirada precisamente hacia esa obra, cuando tantas otras páginas del escritor francés parecen albergar nítidas resonancias con los asuntos freudianos4? Dado que no se conservan rastros de la conferencia que Freud dictara en la B’nai Brith, no podemos sino sugerir una conjetura tentativa. Dennis Klein cree que la exposición del médico vienés habría anticipado el contenido de su escrito sorbe el parecido existente entre los actos obsesivos y las prácticas religiosas, pues la novela de Zola, agrega Klein, figuraría de qué manera la culpa sexual es recubierta por la obsesión procreativa de los personajes de la ficción. Nuestra hipótesis es distinta: Freud se habría sentido seducido por la denuncia que la novela hace de las prácticas anticonceptivas. Más aún, no podría haber evitado la tentación de reconocer en las palabras de uno de los personajes, médico como él, el Doctor Boutan, la veracidad de sus teorías sobre las neurosis actuales. Dos breves ejemplos: “Él [Boutan] pretende que aquello que envejece y estropea a las mujeres no son los embarazos, sino las prácticas a que se entregan los matrimonios para evitarlos”5; “Los fraudes conyugales eran los grandes desorganizadores, incluso cuando tomaban una especie de carácter normal en las mojigatas alcobas burguesas. Por su frecuencia, por los trastornos con que sacudían el organismo, ellos determinaban los peores estragos...”6. Un segundo elemento de Fecondité habría cautivado el pensamiento de Freud: la novela remarca insistentemente los peligros acarreados por la costumbre de confiar la crianza y amamantamiento de los niños a las nodrizas. Y quien haya leído los escritos freudianos de 1896 recordará que esos molestos personajes eran señalados como los principales agentes de la seducción, cuyos nefastos efectos eran explicados por la teoría que lleva ese nombre. Para concluir, nos permitimos preguntar: ¿no delataría el sueño de Freud el atolladero en que se veía atrapado su saber a comienzos de siglo, deseoso de proseguir las nuevas sendas, pero incapaz de prescindir del todo de viejas hipótesis (toxicidad y seducción)?
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1. Freud, S. (1985) Cartas a Wilhelm Fliess (1887-1904). Buenos Aires: Amorrortu; 1994, pp. 449-450.
2. Al respecto véase el documentado libro de Dennis Klein (1985), Jewish origins of the psychoanalytic movement. Chicago & London: The University of Chicago Press, pp. 69-102.
3. Cf. Freud, S. (1906) Respuesta a una encuesta «Sobre la lectura y los buenos libros». En Obras Completas, Tomo IX (pp. 223-224). Buenos Aires: Amorrortu; 1999.
4. Jean Borie es tal vez el autor que más lúcidamente trabajó en esa dirección. Cf. Borie, J. (1971) Zola et les mythes. Ou de la nausée au salut. París: Éditions du Seuil.
5. Zola, E. (1899) Fecondité. París: Eugène Fasquelle; 1903, p. 60.
6. Op. cit., p. 496. |