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Tres dispositivos: análisis, supervisión, comentario
  Por Gabriel Belucci
   
 
La publicación, en 1958, de La dirección de la cura y los principios de su poder, puede considerarse un momento crucial en la conceptualización de la cura analítica. Ese escrito, aún hoy, conserva su vigencia, a pesar de que el corpus teórico del psicoanálisis no está por cierto en el mismo punto que hace medio siglo. Entre otras propuestas formuladas allí por Lacan, destacaré la diferencia y articulación que, siguiendo en esto a Von Clausewitz, establece entre los niveles de la política, la estrategia y la táctica. Recordemos que esta última está referida a las intervenciones, mientras que la estrategia da cuenta de la maniobra transferencial, y la política, sostiene Lacan, concierne a la posición que el analista haya alcanzado respecto de la falta-en-ser. Lacan afirma, asimismo, que la libertad que el analista tiene al intervenir está enmarcada en las vicisitudes del lazo transferencial, que hacen que esa libertad no sea ilimitada, y que el lugar que el analista tome en la transferencia esté a su vez condicionado por lo que haya devenido de su relación con la falta1.

Estos nexos, bien entendidos, permiten pensar los distintos niveles de la acción analítica, ya sea que ésta tome la forma de una cura en sentido estricto, de un tratamiento (allí donde razones de estructura o circunstancia obstaculizan ese horizonte) o de una intervención, que no por ser puntual carece de lógica. Intentaré aquí elucidar, sirviéndome de esa tripartición, el vínculo entre tres dispositivos en los que he tomado parte en estos años, en las distintas posiciones que en ellos es dable ocupar. Entiendo, en efecto, que desde estas coordenadas es posible esclarecer las relaciones recíprocas entre el propio análisis, por un lado, la supervisión, por otro, y un dispositivo sobre el que se ha pensado y escrito en medida mucho menor, como es el comentario. Todos ellos constituyen instancias en las que los analistas ponen en revisión su práctica, y esa revisión involucra las tres dimensiones de su acción, pero –ésta es la tesis– no en la misma medida. Hay, por el contrario, un énfasis diferencial en alguna de ellas, que aquí interesa destacar.

Comencemos por el análisis. No hay otra vía, entiendo, por la que un analista pueda revisar su posición con respecto a la falta que nos es constitutiva, ya que un análisis no es otra cosa que una tal revisión, en cuyo hilo serán trazados los distintos caminos, desvíos y atolladeros en los que cada quien se ha comprometido en respuesta a esa falta. En la medida en que la acción analítica implica un saber-hacer con la falta, la política de un analista está condicionada por el punto al que haya llegado en su recorrido analítico, y en esa medida el propio análisis es una instancia ineludible de formación. Todo analista sabe que, inevitablemente, su posición en determinada transferencia o tal o cual intervención serán materia de sus decires en sesión, pero es en el nivel de la política donde se sitúan los efectos más decisivos del propio análisis.

La supervisión, por su parte, no es ajena a este nivel, y comprende sin lugar a dudas cuestiones tácticas, como la pertinencia de intervenir o haber intervenido de cierto modo en una coyuntura cualquiera del análisis. No obstante, es en la estrategia en la que recaerá el acento en este marco. Hay en toda supervisión una lectura de lo que llamaré «las coordenadas del caso», no exenta de alguna orientación diagnóstica –si fuera el punto darla–, pero esa lectura concurre a una formulación de la estrategia transferencial porque, en primer lugar, no hay caso que no se articule en transferencia, y porque situarse en el caso es ya leer la posición que se ocupa en él. Hay además, en esa formulación estratégica, un nivel de cálculo que sería insensato exigirle a la táctica, que sin embargo lo supone operante. Si algo caracteriza a una supervisión que ha cumplido su función, es precisamente el trazado de determinadas líneas de fuerza de las que el analista podrá servirse para tomar posición en la transferencia y encuadrar su acción. Sin ese balizamiento, la táctica se achata y las intervenciones pierden su norte.

En cuanto al comentario, más que en los otros dos dispositivos se tratará de interrogar allí la táctica, que no puede tomar en él otra forma que la de aquello que ha acontecido como intervención. Es cierto, como todo analista convocado a comentar un caso podría atestiguar, que tienen lugar no pocas veces «efectos de supervisión», por lo que quien conduce ese análisis podría replantearse sobre la estrategia de la transferencia; o incluso efectos analíticos, si concebimos como tales aquéllos que inciden en la propia posición. Pero precisamente por ello es notorio que la función del comentario es más bien otra, pues contribuye a producir las escansiones que, en un relato clínico, hacen legibles aquellos puntos en los que la intervención analítica ha hecho su obra. Esos puntos distan de ser una obviedad, y la eficacia de un comentario radica entonces en proponer a la lectura de aquellos a quienes se dirige una lógica que enlace las intervenciones del analista con el tempo de cada tratamiento. Son esos movimientos (entendidos en su sentido musical) los que permiten sostener que la limitación del cálculo que es inherente a las intervenciones no es sinónimo de pura deriva.

Diremos más. Las intervenciones que en una cura escanden sus distintos movimientos no sólo no son obvias, son también reducidas en número. Como hace poco tuve ocasión de formular, en un caso que pudo articularse como una fobia, podían leerse en el curso de ese tratamiento dos grandes inflexiones signadas por la intervención analítica. Una vez establecida, a partir de la transferencia al nombre del hospital en el que aquél se desarrollaba, una primera espacialización (que operó un acotamiento de la angustia), la modulación temporal de un «ahora no, más adelante sí», referida a cierta decisión que el paciente entendía perentoria, restituyó la segunda de las coordenadas en las que Kant hizo descansar el registro del mundo. Esa temporalización se conjugó con lo que la propia analista denominó con acierto «encadenamiento»: su preguntar –no exento para ella de incomodidades– promovió allí que a la contundencia de ciertos S1 se anudaran diversos sentidos posibles que, en tanto S2, aportaran la lógica mínima que haga posible, en lo que vendrá, la escritura de una historia.
Queda como tarea el avanzar en la teoría de la cura, conceptualizando en términos precisos –con la formalización como frontera– la relación entre el quehacer del analista y los movimientos que en cada tratamiento se encadenan, así como entre ese quehacer, su marco estratégico y la posición que cada analista haya sabido darse. Esa tarea tiene como condición la comunicación clínica, cuyas modalidades importa formular, pero cuya existencia ha sido siempre pilar fundamental del progreso del análisis.

__________________
1. Cf. LACAN, J., «La dirección de la cura y los principios de su poder». En: Escritos 2, Siglo XXI, Buenos Aires, 1995, pp. 566-572.
 
 
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