Usted ubica a las entrevistas de pareja como la antesala de lo que podría llegar a ser el inicio de un análisis individual para uno o ambos integrantes. ¿Qué indicadores pueden ser tenidos en cuenta para considerar que ha llegado el tiempo de concluir las entrevistas de pareja?
Efectivamente considero que el abordaje psicoanalítico de las entrevistas de pareja podría pensarse al modo de las entrevistas pre-liminares para luego, dar comienzo a un análisis. Cuando pensamos en concluir con las entrevistas de pareja hay varios indicadores a tener en cuenta. En principio se trabaja descoagulando sentidos, imaginarios que repiten conductas estereotipadas. Luego si se escucha que la insistencia de una repetición o significante particular devela que eso que se escucha, pero que no se dice, pertenece a la historia singular de uno de los miembros de la pareja y que de aparecer, daría lugar a lo obsceno o aquello que escaparía a la posibilidad del trabajo con la pareja. Cuando me refiero a lo obsceno, señalo todo aquello que pertenece a la intimidad de cada quien y que llevado al terreno público, de lo cual no se puede volver atrás, traería aparejada “información que necesita ser velada y no revelada” para con el partenaire. Otro punto a tener en cuenta para concluir implica la reformulación del pacto amoroso, en tanto que aquello que amenazaba con convertirse en un destino funesto de la miseria neurótica se transforme en acontecer del infortunio cotidiano, dando lugar al humor frente a los mitos familiares que toda pareja suele intentar sostener aún a altísimo precio –cuando ciertas fijaciones gozosas se alivianan o diluyen para permitir que el falo circule–. Por otro lado es posible poner término al trabajo con parejas, cuando uno de los miembros deja de cargar con el peso de ser el agente o responsable de todos los problemas o la encarnación del superyó que atenta contra la felicidad conyugal. Recordemos que el prójimo suele ser la ocasión para transformarse en un objeto a ser gozado o en un agente gozador.
En algunas circunstancias la secuencia es a la inversa, es decir aún cuando uno o ambos integrantes estén en análisis se indican entrevistas de pareja ¿cuándo se torna necesario generar esta modalidad de abordaje?
Esta modalidad es necesaria dado que hay cuestiones que no se pueden decir aún, a pesar de que alguien se encuentre en análisis. Por ejemplo ciertos rasgos de carácter, mostraciones y ciertas repeticiones, no advertidas e indefinidas y sin la posibilidad de alguna pregunta o cuestionamiento, que sólo pueden subrayarse o advertirse en la escena de las entrevistas de pareja y ante el señalamiento de un tercero. En dicha escena emergen ciertas coordenadas y presupuestos inéditos que suelen sorprender a los miembros de una pareja. A veces me preguntan si esto es un límite del análisis personal, creo que no. Como decía antes sólo pueden advertirse si se despliegan en una escena que pueda ser leída por un tercero, en presencia real, para recién luego ser llevadas dichas dificultades al trabajo del análisis personal.
En el caso que un análisis individual dé lugar a entrevistas de pareja, ¿es conveniente que sean realizadas por el mismo analista?
En mi experiencia de trabajo no es conveniente porque de antemano despierta una serie de aprehensiones imaginarias transferenciales de parte de cualquiera de los miembros de la pareja. De acuerdo a la historia de cada uno el analista puede transformarse en un aliado o en un perseguidor.
Lo que suele suceder, si alguno de ellos no está en análisis individual, cuando culminan las entrevistas de pareja, es que se solicite al analista que ha escuchado a la pareja, un análisis individual.
¿Qué efectos imaginarios podrían producirse en el análisis y en las entrevistas y de qué manera se lo trabaja?
Los efectos imaginarios son múltiples y depende de la historia singular de cada quien, es decir en el caso por caso. Se suele imaginar que el analista tiene simpatías o antipatías de acuerdo al sexo, es muy común intentar buscar alianzas entre el mismo sexo, con el supuesto de compartir “creencias o saberes de género”, o creer que dos del mismo sexo están en contra del otro. También se puede correr el riesgo de producirse una idea persecutoria o un acting-out o pasaje al acto de parte del analizante. Asimismo se puede plantear que al escuchar al partenaire se lo prefiera y se desestime lo que el analizante ha venido diciendo. Es necesario agujerear estos efectos imaginarios para poder ubicar que cada espacio o dispositivo tiene sus coordenadas particulares.
Algunos sectores del psicoanálisis de orientación lacaniana han manifestado fuertes resistencias frente a toda aplicación del psicoanálisis que no fuera bajo la modalidad individual, ¿Cuál es su experiencia al respecto?
El abordaje psicoanalítico de pareja, fue duramente cuestionado por algunos analistas lacanianos, era considerado una herejía. En mi práctica clínica surgió a partir de las demandas de parejas que, por distintos motivos, querían ser escuchadas por un analista. Al acoger esas demandas, comencé a investigar el tema y a tallar también contra mis propios prejuicios, conocedora de que el trípode freudiano, articulado al deseo de analista, es el que permite sostener la praxis psicoanalítica.
Si bien parte de la idea de considerar a la función paterna como siempre fallida, en “Violencia familiar” ubica que actualmente “hay una vacante de esa función que es de otro orden”, relacionando ésto con el aumento de las neurosis de carácter narcisista. ¿Cuál es este “otro orden”? y ¿por qué vincular sus efectos con las neurosis narcisistas y no con algunas de las presentaciones de las psicosis?
Es una excelente pregunta que me da pie para sostener la hipótesis acerca de en qué tiempo de la estructuración subjetiva, podemos ubicar la falla de esta función. A diferencia de la psicosis donde la forclusión del Nombre del Padre deja al sujeto bajo el efecto de la primera identificación, en estas neurosis ha operado la segunda identificación y la ley castrativa del Nombre del Padre con algunos matices que mencionaré. Este “otro orden” lo pienso en relación a las serias dificultades en poner el cuerpo para ejercer la función, en el registro de la inhibición. Podríamos preguntarnos acerca de qué padre ausente estamos hablando. Actualmente podemos pensar la dificultad para internalizar la función del Padre Muerto, aquel que es garante de la Ley y que vehiculiza la deuda en tanto simbólica, anudando el hijo a la vida. Sin esta internalización hay una inhibición en encarar dicha función, ya que aunque la misma sea fallida por estructura, implica un tiempo primero de aceptación del Padre Muerto, ese que en su origen, al ser muerto permite el acceso a las mujeres. Inhibición de ejercer la función, escabullir el cuerpo al ejercicio, con una especie de renegación acerca de la función “si pero no obstante”, creo que esto marca una diferencia con aquellos desfallecimientos que Lacan advirtiera y señalara con la trilogía de Claudel. Este conflicto actual opera sobre el obstáculo de la transmisión de una filiación: nos preguntamos ¿hijos, de quiénes?, ¿padres de quiénes?, ¿sociedad de huérfanos?, ¿de los que se hacen a sí mismos?
Al comienzo de mi práctica clínica, hace treinta años, algunos colegas pensaban a este tipo de pacientes como inanalizables ya que los ubicaban en el campo de la psicosis. Mi trabajo y el de muchos analistas contemporáneos ha demostrado que no pertenecen al campo de la psicosis. El tropiezo de las neurosis narcisistas se halla en la limitación o escollo de acceso al registro de la tercera identificación “a lo imaginario del Otro real”. Esta problemática se localiza en el brete de extraer al niño del fondo del espejo del Otro. Este tema es extensamente trabajado por Silvia Amigo. Ha operado el Nombre del Padre de la prohibición pero ha estado impedido el Nombre del Padre que prescribiría la posibilidad de acceder a goces legítimos ligados a la posibilidad deseante, es decir aquel que habilitaría al sujeto al juego por la apuesta por la vida y no por la inmovilidad del Yo ideal. Ese Yo ideal rígido y pétreo, generalmente sometido al embate superyoico que deja al sujeto en una encerrona trágica –“así como el padre debes ser, así como el padre no debes ser”– sin poder estar nunca a la altura de las circunstancias, ya que nunca podrá alcanzar el Ideal, con lo cual también se verá dificultado el armado de su propio ideal del Yo. En la clínica se constatan estas dificultades en el registro yoico, aplastados bajo el peso de lo imaginario compacto pero sin desanudarse, el sujeto queda atrapado en un torbellino, pero al restablecer lo simbólico con el agujereamiento de lo imaginario, descoagulación de los sentidos, el sujeto retoma su camino castrativo y es conducido a encontrarse con su reservorio deseante.
La información que nos llega a través de los medios de comunicación abunda en hechos de violencia, que tienden a la repetición, fundamentalmente hacia los jóvenes y por parte de éstos. Habitualmente se vincula estos sucesos con el deterioro de la familia, ¿cuál es su lectura?
Pienso que podemos ubicar varios factores, por un lado el aplanamiento de las diferencias, el “todo vale” y la conjunción de lo social donde prima lo imaginario, la pura imagen desamarrada de lo simbólico y del real del cuerpo. Ante la dificultad para encarnar la función de Nombre del Padre que limite los excesos y ordene simbólicamente la circulación de los dones, la violencia aparece como imposibilidad frente al encuentro con el otro como prójimo, en tanto diferente y también en la circularidad que imprime la relación especular, donde la única respuesta es la violencia frente a la imagen en el espejo, que al no haber Otro que sancione y permita esa salida especular deja a los individuos en el circuito infernal de la multiplicidad especular donde no permite a uno ni otros, jóvenes y adultos reconocerse más allá del espejo que el otro le devuelve. Es decir, quedan ambos capturados en un imaginario compacto sin agujerear por el registro de lo simbólico. Por otro lado en nuestro país tenemos una historia de rechazo de las diferencias, desde tiempos de la colonia y más cercanamente 30.000 desaparecidos, muchos de ellos jóvenes como asimismo los jóvenes enviados a morir en el frente de Malvinas. Esta renegación de la historia reaparece bajo la forma de otras modalidades de la violencia, con la apatía o la queja estéril del conjunto de lo social, o la melancolización seguida de movimientos maníacos y exitistas.
Quienes trabajan con púberes o adolescentes en situación de riesgo destacan que una de las mayores dificultades está dada por el hecho de que no se puede contar con un Otro en función de ley o contención, ¿es posible instrumentar dispositivos que permitan suplir esa carencia?
Hay algunas experiencias que apelan a algún otro que ejerza esa función anudando o enlazando, dado que todavía hay ciertas chances de escriturar o remediar con algunas nominaciones que hacen de suplencia de Nombre del Padre. Tanto púberes como adolescentes aún están en tiempos de armado de su propia respuesta fantasmática frente al “¿Qué me quieres?”, que se le dirige a aquel en función de estar en el lugar del Otro. Con lo cual es posible trabajar creando algunos dispositivos que permitan el despliegue de esta pregunta sobre algunos que encarnen dicha función. El adolescente navega entre dos márgenes, por un lado depende aún del Otro primordial y por otro está buscando su propia identidad sexuada, creando nuevos significantes e imaginarios que recubran el nuevo real de su cuerpo y su propio lugar en el mundo. Por otro lado la ley o la autoridad que encarne la misma, siempre es cuestionada, pero en estos tiempos resulta complejo al no estar presente en tanto tal. Entonces, el Otro social es aquel a quien es posible no sólo cuestionar sino interrogar, por eso es importante que en alguno de estos dispositivos haya alguno o algunos a quienes sea posible dirigirle alguna pregunta que posibilite y facilite un abanico de respuestas, que no sean sólo las de poner en riesgo la vida, hipotecando el cuerpo todo entero. No es lo mismo hipotecar trozos del cuerpo o fragmentos de vida al altar del Otro sin castrar, que el ofrecimiento sacrificial al todo o nada. Asimismo el análisis con púberes y adolescentes en situación de riesgo, permite que con la presencia real del analista se tejan nuevas versiones que posibiliten al sujeto hacerse de una vida digna y vivible.
En “El duelo y el fin de análisis”, incluido en Fracasos del amor, refiere que en el tramo final de un análisis será crucial el deseo del analista para evitar el riesgo “de tocar el cuerpo, provocando enfermedad o depresión” ¿De qué manera interviene el deseo de analista y cuál es su papel en esa etapa?
El deseo del analista apuesta al deseo de la máxima diferencia entre a y menos fi. Por otro lado la presencia real del analista portando su propio cuerpo, como sostén de las fuerzas pulsionales que han desencadenado un análisis, permite que se ponga en juego esa máxima diferencia entre el resto y la reserva libidinal propia de cada sujeto. Si el deseo del analista no opera en esa línea, el sujeto queda sometido a responder con el acantonamiento de la pulsión de muerte en el cuerpo o la identificación a un simple resto, donde la tensión de la pulsión de vida cae.
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Stella Maris Rivadero es psicoanalista. Miembro de la Escuela Freudiana de Buenos Aires desde 1989. Ocupó diversas funciones en los Carteles de Dirección de la Escuela Freudiana de Buenos Aires. Docente y supervisora del Ciclo Superior de Púberes y Adolescentes del Centro Dos. Entre sus publicaciones se encuentran: Inhibición , Síntoma y Angustia en el encuentro amoroso, Editorial Letra Viva; compiladora y autora de Abordaje psicoanalítico de pareja y familia, Editorial Letra Viva/Centro Dos; coautora de La angustia en la dirección de la cura, Lugar Editorial; La intervención psicoanalítica en las psicosis, Editorial Letra Viva y Fracasos del Amor, Editorial Letra Viva.
La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com. |