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   Entrevista

Néstor Braunstein
  Por Emilia Cueto
   
 
Habiendo nacido en Córdoba, Argentina, en 1974 debió exiliarse en México. Allí dictó los primeros cursos universitarios sobre Lacan, y publicó el primer libro escrito en México sobre el tema. ¿Cómo llegó a la enseñanza de Lacan?
Como tantos de mi generación: Raúl Sciarretta, Juan C. Paz, Marie Langer y, fundamentalmente, en Córdoba misma, Paulino Moscovich, con quien anduvimos juntos el camino de descubrir a Freud por detrás de las espesas nieblas de los freudianos que imposibilitaban el acceso, y de los marxistas que lo condenaban sin audiencia ni apelación. De Paulino, mi verdadero maestro, recibí en préstamo, en 1962, el volumen, editado por Desclée de Brouwer, que incluía las consideraciones sobre la causalidad psíquica; leyéndolo pude comprender los abismos agolpados en mi formación filosófica que me divorciaban de toda capacidad para responder al sufrimiento de quienes me consultaban. Por ese tiempo publiqué en Pasado y presente, la memorable revista editada en Córdoba por marxistas heterodoxos, un trabajo en que criticaba mi breve pasado por la reflexología. En ese mismo número aparecía ¡qué casualidad! un trabajo de Oscar Masotta que era, creo, la primera vez en la que un argentino dedicaba un artículo a la enseñanza de Lacan. De ahí en más el camino estaba abierto y seguí las rutas de la época: Althusser (Freud y Lacan), las versiones de los seminarios 5 y 6 de Pontalis, los artículos sobre el “psicoanálisis francés contemporáneo”, etc.; a medida que comprobaba en mis pacientes del Hospital de Clínicas la justeza de las posiciones lacanianas que criticaban las intervenciones hechas desde el “saber” siguiendo malamente las indicaciones de Freud acerca de la interpretación analítica. Sería injusto no mencionar en este instante a dos compañeros: una, la mujer con la que anduvimos juntos hasta que la muerte se interpuso en nuestro camino, Frida Saal, una psicoanalista de lucidez excepcional, cuyo pensamiento está registrado en un hermoso libro Palabra de analista (México, Siglo XXI, 1998); el otro, un compañero con el que sostuvimos mientras pudimos una difícil relación y con el que acabamos por separarnos y seguir distintos derroteros, Marcelo Pasternac. Junto a nosotros, estaba también Gloria Benedito, actualmente en México. Entre los cuatro escribimos ese volumen que sigue siendo en buena parte, justo, Psicología: Ideología y ciencia que publicamos, con prólogo de Marie Langer, en 1975 y que lleva 23 ediciones. Un verdadero clásico de la impugnación a la psicología académica, un libro que no se parece a ningún otro que se haya editado sobre el tema antes o después. Cuatro éramos los autores pero uno el inspirador ausente: Paulino Moscovich.

Usted plantea que en la actualidad asistimos a la dominación de un nuevo discurso, al que denomina “discurso de los mercados” –situándolo a partir del año 2005–. ¿Por qué a partir de ese momento? ¿Cuáles son las características de ese discurso y cuáles sus manifestaciones más destacadas en la clínica?
Creo que los tres tiempos de la historia del psicoanálisis corresponden a tres modos de pensar el mundo y a tres modos de escritura. Me explico: el primero está gobernado por la lex romana, por el padre edípico y por el pensamiento monoteísta: Freud es la respuesta y la rebelión. Como decía Marcuse en 1956, Freud ya era “anticuado” en el momento de formular sus propuestas. La escritura propia del discurso del amo es la manuscrita, con soporte material y hecha artesanalmente, copia por copia. El segundo momento histórico corresponde a la Revolución Industrial y al modo capitalista de producción cuyo primer y decisivo producto es el libro salido de las prensas con tipos móviles de Gutenberg: hay, como antes, un soporte material, pero la producción se multiplica por “n” copias. ¿Se da usted cuenta de que el libro es el primer producto verdaderamente industrial? Comprenderlo fue para mí un descubrimiento; seguramente otros lo hicieron antes. Como decía Borges hablando de Nietzsche, soy el más reciente inventor de esa ligazón. El esclavo ha dejado su lugar al obrero tipógrafo y después al proletario que produce no sólo libros sino objetos metálicos salidos de la fundición, textiles en telares mecánicos, etc. El lazo social nuevo es, en ese entonces, el discurso del capitalista. A ese modo de producción, efecto de una nueva forma de escritura –la palabra impresa– corresponde la expansión capitalista y la teoría del sujeto que de allí deriva es el lacanismo al que Lacan, en sus últimos años, va retocando para hacer lugar a un nuevo discurso que está apenas llegando al mundo. Pues a partir de 1950 surge otro modo de escritura, binaria, que no requiere de un soporte material ni de un manipulador que organice el texto con sus capacidades, su saber y sus posibilidades de fallo y equivocación derivados de la intervención del inconsciente. Esa escritura se multiplica al infinito, no requiere de tiempo ni espacio para su reproducción y su transmisión, sin fallas del emisor al receptor que queda marcado por ella aun y especialmente cuando no la lee. Es la escritura de la ciencia informática de nuestro tiempo y sus manifestaciones sobre la subjetividad se exteriorizan, como dije, principalmente bajo la forma del apartamiento del discurso como lazo social, como “comercio” de la palabra, como intercambio. En su lugar, aparece la a-dicción, la falta de palabra y, por ende, de transferencia. Una a-dicción que es también A-dicción: el sujeto no recibe la palabra orientadora del Otro, ni tampoco tiene un Otro para que escuche su sufrimiento o su plegaria. Y es también una a-dicción pues quien habla ya no es el sujeto sino el objeto en su estúpida realidad de aparato tecnocientífico (drogas y medicamentos incluidos en esta categoría) que tiene la función de suplantar a esa palabra, la del sujeto, que a nadie interesa sino es para contabilizarla en las encuestas y en las votaciones. El habitante de nuestro mundo “democrático” es un a-votante. Uno contado a quien no se tiene en cuenta. Esa es la característica del discurso de los mercados que coexiste conflictivamente con los otros dos discursos dominantes, el del capitalista y el del amo, en la actualidad.

¿Este nuevo discurso requiere de modificaciones en la posición del analista en su escucha e intervención?
Una transformación coyuntural pero no estructural. Se sigue tratando de hacer un lugar a la dicción en lugar de la a-dicción original. El paciente de los tiempos del amo y del capitalista era alguien que venía a expresar su sufrimiento y esperaba del “supuesto saber” del “médico” al que se dirigía un acuse de recibo y una “comprensión de su mensaje cifrado”. Freud y Lacan y los analistas formados en sus estelas eran los encargados de escucharlo. Freud interpretaba, Lacan descifraba el goce transmitido por el síntoma (formación de compromiso para Freud, chaveta de seguridad que ponía límite a la locura para Lacan). ¿Cómo se posiciona el analista de hoy ante esta no-palabra y ante este Sin-Fe del a-dicto de nuestro tiempo? ¿Cómo la palabra y la fe del analista pueden hacerse eficientes en esta coyuntura remplazando a eso que en el sujeto no puede decirse y ha quedado reducido al silencio? De la respuesta a estas preguntas en cada caso depende la acción del analista y la posibilidad de su “éxito”.
Otro problema que quiero dejar planteado a partir de su pregunta es la forma en que esta nueva situación discursiva y esta nueva manifestación de la subjetividad propia del discurso de los mercados debe tener consecuencias también en la forma en que se transmite el psicoanálisis y las modalidades de la formación de los analistas.
Quiero también dejar constancia de que mi tesis de las tres épocas y los tres tiempos en la historia del psicoanálisis no implica que un discurso haya venido a desplazar al anterior. Todo lo contrario: la situación actual es de la coexistencia conflictiva de los tres discursos que sucesivamente han dominado a la cultura: el del amo, el del capitalista y el de los mercados. Creo que el discurso de la Universidad está encargado de transmitir el discurso dominante que es cada uno de esos tres. Hay un discurso de la Universidad cuya “verdad” en el cuadrípodo lacaniano es el discurso del amo (S 1); hay otro discurso de la universidad cuya verdad es el discurso del capitalista (también S 1 en la única oportunidad en que Lacan escribió la fórmula de ese discurso) y, finalmente, un tercer discurso de la universidad en el discurso de los mercados cuya verdad es el saber de la ciencia (S 2) que está incorporado, built in, en el objeto pero del cual el objeto mismo nada puede saber. El sujeto de nuestro tiempo sobrenada en un campo de batalla donde se enfrentan tres ejércitos y muchas veces se encuentra perplejo, tal como sucede a muchos psicoanalistas, ante la cuestión de cuál es el uniforme que debe ponerse para entrar en la lidia. Sólo una visión de conjunto, una distinción precisa entre los batallones en acción y la compleja interrelación entre los tres, puede sacarlo (sacarnos) de esa perplejidad.

¿Cuál es su posición respecto de las estructuras clínicas sostenidas por Lacan y cómo ubica a quienes en distintos momentos de su escritura ha llamado “normales”, o a las nuevas “enfermedades del alma” de las que refiere que, ante la dificultad de aprehenderlas, se tiende a llamar “limítrofes”?
Acaba de salir un libro firmado por mí y editado por la Universidad de Guayaquil que se titula ¿Hay una patología limítrofe? donde abordo esa difícil historia y esa difícil condición llamada “limítrofe”. En síntesis, creo que hay, –como reconoce la mayoría de los clínicos franceses a diferencia de los norteamericanos que redactan el DSM– “estados límites” de la estructura en que el sujeto se ve amenazado por la descompensación psicótica. El sujeto puede caer víctima de esa descompensación, puede ceder momentáneamente a ella, hasta que una intervención del azar o la planeada por un analista advertido permite restablecer el anudamiento de lo real, lo simbólico y lo imaginario haciendo jugar la función estabilizadora del sínthoma. En términos muy escogidos, con claros fundamentos topológicos pero que puede parecer que adolecen de un deslizamiento hacia la vulgaridad: aquellos que “pierden la chaveta” pueden volver a su condición ordinaria si el clínico hace jugar al nombre-del-Padre como chaveta de lo simbólico, al ego (lacaniano) como chaveta de lo imaginario o al síntoma como chaveta de lo real, dependiendo del punto y el desencadenamiento de la mencionada descompensación. Es muy resumido, sí, pero creo que se indica la dirección en la cual estoy trabajando.
Las estructuras clínicas a las que usted se refiere en su pregunta vacilan en este momento como consecuencia de las consideraciones formuladas en torno al discurso de los mercados. Recordemos el texto de Freud que está por cumplir un siglo: “La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna”. Allí Freud se refiere una y otra vez a la “así llamada perversión” y a la “así llamada normalidad” aunque no dice nunca la “así llamada psiconeurosis”. Freud, desde antes (1905) y de nuevo en ese momento (1908) –nunca se desmintió de ello– considera que la neurosis es el negativo de la perversión. Se ha tendido a escuchar esa mención como si se tratase de algo fenoménico: el perverso actúa lo que el neurótico reprime, o como algo ligado a la fotografía: positivo y negativo de la luz impresa en una superficie, pero no como una valoración “moral” tal como se desprende del contexto del trabajo en el que se incluye: la perversión es una forma clínica positiva mientras que la neurosis es una forma negativa. Enfermos son los que sufren por la represión de sus aspiraciones goceras, no los que se permiten actuar de acuerdo a ellas. Si releemos ese artículo ya centenario encontraremos que para Freud la perversión no era una categoría clínica aunque tuviese a la Verleugnung como mecanismo para vivir aloplásticamente, transformando a la realidad. Habrá que recordar también que allí Freud distinguía a los homosexuales de los perversos y denunciaba las presiones sociales que obligaba a todos ellos a esconder las particularidades de su sexualidad, entendida en el sentido amplio. Él denunciaba a una cultura que obligaba a los perversos, a los homosexuales y a las mujeres a ocultar su goce.

En cuanto al resto de las discutibles “nuevas enfermedades del alma”, según Julia Kristeva, prefiero referirme a ellas como apartamientos del lazo social, es decir, a-dicciones. Las formas extremas de a-dicción son, para mí, la melancolía y el pasaje al acto suicida. Luego, claro, las toxicomanías con sustancias o hábitos que mandan de vacaciones al sujeto en tanto que representado por un significante ante o para otro significante. Nada que ver, por cierto, con el café o el tabaco. 

La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com.
Néstor Braunstein es autor entre otros, de Psicología: Ideología y ciencia (1975), Psiquiatría, teoría del sujeto, psicoanálisis (Hacia Lacan) (1980), Goce (1990), Freudiano y lacaniano (1994), Por el camino de Freud (2001) y Memoria y espanto. O el recuerdo de infancia (2007).
 
 
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